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Adelanto: Oesterheld, la biografía

El viaje de Oesterheld

Del impacto de sus historietas al compromiso militante. De la imaginación en la viñeta a la decisión política. Del misterio de El Eternauta a la admiración por el coraje de sus hijas. Un viaje que se inicia en el territorio de la fantasía y que avanza hasta la realidad política de los setenta, en Montoneros. Un libro que también es bitácora de una odisea inolvidable: la del mayor guionista de historietas de América, la del narrador que decidió protagonizar su propia aventura. Un fragmento de Oesterheld, la biografía. Viñetas y revolución, de Hugo Montero.

Las visitas de Pablo Fernández Long se repitieron la semana siguiente. Y la otra. Entonces, ya no era tiempo para conversar solamente de Sargento Kirk o de Ticonderoga; ahora indagaban en un universo temático más amplio: "En vez de irme de joda a los boliches, los sábados me iba a la casa de Héctor. Nos tomábamos una botella de un whisky horrible y hablábamos hasta las tres de la madrugada". En pocas semanas, las salidas de Pablo rumbo a la casa del vecino despertaron la curiosidad de su hermano menor. Miguel espiaba esas escapadas con intriga. ¿Por qué tanto entusiasmo? ¿Qué extraño enigma encubría esa casa a tan corta distancia? Tiempo atrás, también él había tenido la chance de visitar aquel chalet misterioso: sus padres lo obligaron a participar de una cena en casa de los Oesterheld, cuando ese apellido todavía no decía mucho para el pibe de quince años que leía historietas sin reparar en los créditos autorales. Después de todo, era impensable que sus padres tuvieran como amigo o como vecino al autor de las aventuras que leía en las revistas que, cuando podía, le afanaba a Pablo, entonces más interesado en su carrera de seminarista que en el mundo de la viñeta.

Esa noche visitó el chalet para una cena formal: se trataba de un matrimonio conocido de sus padres, y había que respetar las formas. "En esa época, ser amigo de mis viejos no era ninguna referencia favorable para mí", admite Miguel, educado en el rigor católico de una familia típica de la zona norte: misa los domingos, respeto por las normas de conducta y un visceral antiperonismo. Hasta entonces, la atalaya del guionista era apenas el escenario de un ritual que Miguel repetía cada tarde desde la vereda de enfrente: buscar cualquier excusa para seguir el paso de las chicas cuando volvían del colegio. Esa noche de saludos de cortesía y conversaciones de adultos, Miguel llegó y las vio. "Me encontré con las cuatro chicas a la vez. Fue tremendo: hermosas, divinas, brillantes", describe. Los adultos comieron abajo, y a los chicos les tocó compartir una mesa arriba. La timidez de Miguel no le impidió notar la curiosidad de las chicas, que lo atiborraron de preguntas en muy poco tiempo. No se trataba de una belleza intimidante la de ellas. Lo que proponían era un diálogo donde sobresalía la inteligencia y la avidez por conocer sin imposturas ni prejuicios, con absoluta libertad. "No había nada de intimidante en ese contexto. La mayor dificultad con las chicas era uno mismo. Porque ellas habían sido criadas en un ambiente de libertad que nosotros no", reconoce Miguel.

Pero de aquella cena no quedó más que un mínimo recuerdo. Ahora era Pablo el que, cada fin de semana, caminaba esos metros que lo separaban del chalet para compartir comidas y largas tertulias. No hizo falta demasiado para que la curiosidad de Miguel obligara a su hermano a sumarlo a aquella excursión con destino al refugio del guionista. Primero tímido y silencioso en las juntadas, Miguel se hizo presencia frecuente en casa de los Oesterheld. Escuchando, metiéndose de a poco en esa dinámica informal, improvisada, casi mágica en una casa que funcionaba con otras reglas, tan opuestas que no dejaban de llamar su atención. Un espacio de libertad impensado para pibes educados en una concepción más rígida, más acorde a todo aquello que se establecía para la época.

A partir de allí, las visitas caían viernes, sábados, domingos. Y ya no bastaba con llegar un rato antes: ahora Pablo y Miguel se colaban en cualquier momento para pasar la tarde en el fondo, acompañando a Héctor mientras cortaba el pasto con guadaña, o cuando hachaba un árbol para juntar leña. Y al mismo tiempo que el hacha pegaba sobre la corteza, planificaban la cena y conversaban sobre infinidad de temas. Elsa intentó limitar esas visitas: "Te prohíbo llegar antes de las seis", le dijo con un enojo impostado, mitad en broma y mitad en serio. Pero Miguel no hizo caso porque sabía que el Viejo lo esperaba con ganas de hablar. Con ganas de escuchar.

La comida era el centro, y era el momento de Elsa. "La conexión afectiva con ella pasaba por las comidas, porque cocinaba maravillosamente bien", destaca Miguel. Pero cuando no había fondieu o pulpo a la gallega o cazuela de mariscos y había que soplar las brasas, ahí estaba Héctor en cuero, sudando a mares, tirando las achuras sobre la parrilla. Después la sobremesa, el espacio para sentarse en el sillón y servirse una medida de ginebra ("porque nuestras disquisiciones sobre el whisky escocés y el vino francés eran puramente teóricas", dice Pablo, como para remarcar los apuros económicos del Viejo) y conversar durante horas sobre el desembarco aliado en Normandía o la teoría de la evolución de las especies; acerca de las preferencias ideológicas del belga Hergé y su trabajo de registro documental para Tintín, alrededor de la convicción de los viejos anarquistas sobrevivientes de la derrota en la Guerra Civil, las diferencias entre epicúreos y estoicos en el contexto de una charla que mezclaba a Sartre con otros temas filosóficos, o el complejo tema de la fe: "Yo de religión no hablo porque te voy a sacar lo que tenés para no darte nada", aclara Héctor, comprensivo ante las creencias cristianas de Miguel, que empezaba a desandar el camino del trabajo social dando una mano en la parroquia del barrio.

(La nota completa en Sudestada n° 123, octubre de 2013)

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