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BOLIVIA

Rubén Cerdat: los bordes de una mariposa

En 1970, en el monte boliviano, una columna del Ejército de Liberación Nacional cumplió la profecía de Inti Peredo: "Volveremos a las montañas". Rubén Cerdat integró la columna guerrillera y su historia permaneció oculta detrás del silencio, el olvido y la indiferencia.

Recorrió el sendero con la fatiga de la tarde calurosa, la siesta interrumpida, las chicharras al costado del camino con su murmullo incesante. Apuró el paso, quizá esté por llegar el micro, pensó. Quizá Rubén, solo en mitad del descampado, su bolsito en el piso arenoso, una mano haciendo visera en busca de un signo en el horizonte. Apuró el paso, entonces, Emilia. Llevaba en la mano el DNI, olvidado por su hermano en la mesa del comedor familiar. Y la voz de su madre rebotaba en su memoria, confusa, incomprensible: "Llevále ya el documento a tu hermano, pero no lo abras". Por qué esa última exigencia, se preguntó ella, a mitad del calor de la tarde, arrastrando los zapatos por el sendero marcado, adivinando el final del camino, la silueta de Rubén, el bolsito en el suelo, esperando. "No lo abras", le dijo. Emilia lo abrió. Ahí estaba Rubén en la foto del DNI. Era él, sin duda. Pero su nombre era otro. Qué era todo aquello, el silencio, las caras serias, los saludos conmovidos, esos abrazos con Rubén más largos que de costumbre. Si era un viaje más... si otra vez se iba para Buenos Aires, qué era entonces ese nombre equivocado en el documento de Rubén.

Ahí estaba. Las manos en el bolsillo, el bolsito en el suelo, esperaba Rubén cuando Emilia apuró el paso y cruzó el descampado. Ella vio, entonces, la sonrisa en el rostro de su hermano. No hubo preguntas, no hubo dudas en la despedida. Los hermanos conversaron hasta que el micro anunció su llegada con una polvareda a lo lejos. Rubén agradeció el gesto y dejó a Emilia sola, rodeada de la nube de tierra seca que dejó el micro. Y la dejó con sus dudas, sus preguntas, a orillas de una historia por escribirse.

2. Sabe el historiador lo que tiene entre manos. Sabe que es la llave de una sombra, el pasillo hacia una crónica aplastada por la sangre y la indiferencia. Sabe el historiador que esa pequeña libreta color café, que se desliza de una bolsa de arpillera con el rótulo "Secreto", es la pieza del rompecabezas que le faltaba. La charla con el octogenario coronel del Ejército boliviano había terminado y la confianza le había permitido ganarse un lugar en la entrevista. Era el momento de las confidencias, con el grabador detenido, las tazas de café dispersas sobre la mesa.

"La abrí y, de sus páginas, brotó el olor guardado de las vivencias del monte, de la metralla y de la sangre definitiva", apuntó el historiador boliviano Gustavo Rodríguez Ostria. Era el diario de Osvaldo, la llave para conocer la suerte de la "columna perdida". El diario del guerrillero argentino Rubén Cerdat, entre sus manos temblorosas.

3. Es Emilia la que relata, la que cuenta que Rubén nació el 7 de mayo de 1948, en San Vicente, en las afueras de la ciudad de Córdoba. "A media cuadra del campo de la Ribera y a dos cuadras del cementerio", agrega. Que era el segundo de nueve hermanos, que ella es la quinta en la lista de los Cerdat, que Rubén hizo la primaria en el Martín Miguel de Güemes y el secundario en el Instituto Politécnico, donde recibió el título de tornero. Eso cuenta, Emilia.

"Buen hermano, muy inteligente. Se conocía toda la Argentina como la palma de la mano. Te dibujaba el mapa de la república con sus ríos, cada provincia, todos los detalles. Y nos retaba a nosotros, que íbamos al colegio, porque calcábamos los mapas... Eso nos decía siempre. Le gustaba dibujar, tocar la guitarra. Todo lo que mi otro hermano aprendía en clase de guitarra, él lo sacaba de oído en el patio de mi casa", recuerda.

Icho Cruz no queda tan lejos de San Vicente. Allí, a orillas del río San Antonio, cerca de Tala Huasi, participó Rubén, a los 16 años, de un campamento de adiestramiento guerrillero organizado por el Partido Comunista. La presión de la militancia, particularmente de la rama juvenil, había terminado por abrir una fisura en la resistencia de la dirección del PC. Para distender un poco la situación, ante la oleada de críticas y rupturas que ya se avizoraba en todos los frentes a la sombra del influjo revolucionario cubano y su modelo de guerra de guerrillas, la dirección del PC había cedido en permitir la realización de algunos campamentos de entrenamiento para los jóvenes de la Fede, allá por febrero de 1964. Icho Cruz fue uno de ellos. Desde el 15 de febrero y durante breves quince días, un grupo de siete compañeros no mayores de 22 años -la mayoría pertenecientes a la célula del barrio San Vicente- desarrollaron diversas actividades: prácticas de tiro, arme, desarme y limpieza de armas, teoría y práctica con explosivos, caminatas y cruces de río, vigilancia y exploración; además de la farragosa lectura de los materiales teóricos del Partido. Entonces, en aquellas lecturas colectivas alrededor del fogón, asomaba la paradoja para aquellos jóvenes que repasaban documentos críticos hacia las experiencias guerrilleras de América Latina, textos que afirmaban como línea única la "coexistencia pacífica" y la necesidad de conformar frentes populares con las burguesías nativas. Lecturas que se recorrían en mitad de un campamento con todas las características del "foquismo" tan criticado por el PC.

La dieta en el campamento bautizado "Camilio Cienfuegos" era austera: polenta y arroz, y algún pato cazado si era posible. Durante las prácticas, se impuso la disciplina militar, que incluía sanciones para los que se quedaban dormidos o extraviaban piezas del rifle. Tampoco faltaron las reuniones de autocrítica ni la visita de un miembro de la dirección regional.

En ese contexto fue que la policía cordobesa se topó con los excursionistas en pleno refugio. No hubo resistencia de los sorprendidos ocupantes, que de inmediato quedaron detenidos justo al mismo tiempo en que, lejos de allí, en la provincia de Salta, la Gendarmería aniquilaba la columna del EGP, al mando de Jorge Ricardo Masetti.

Icho Cruz marcó el punto final para el PC y su decisión de descomprimir la interna con experiencias de este tipo. El Partido públicamente miró para otro lado y no admitió responsabilidades por el experimento. De allí en adelante, no habría concesiones por fuera de la línea orgánica dispuesta desde Moscú. En prisión, uno a uno, los integrantes del "Camilo Cienfuegos" tomaban en secreto su decisión de alejarse del PC para siempre. Rubén, uno de ellos.

Ni la "coexistencia pacífica" ni la disputa electoral. El camino era otro.

(La nota completa en la edición gráfica de Sudestada Nº69 - Junio 2008)

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Autor

Hugo Montero