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Luis Angelini, Rigolleau y la Naranja

Un rompecabezas en clave naranja

Fue dirigente de uno de los procesos de construcción sindical más importantes de la provincia de Buenos Aires. Desde la fábrica Rigolleau, en Berazategui, participó de la formación de la Lista Naranja, que derrotó a la burocracia y se transformó en referencia clasista para otras experiencias de lucha obrera en la región. Pero detrás de la gesta gremial, se oculta la historia del obrero comprometido, del audaz combatiente del PRT-ERP, del compañero que todos eligen recordar con una sonrisa, divertido y entrañable.

1. El perfil de las chimeneas de Rigolleau, de lejos, ya intimida. Pero entrar a la fábrica, definitivamente, es meterse en las entrañas de un gigante. Ignacio Pérez no sale de su asombro: el proletariado, ese del que tanto leyó en los libros de teoría marxista, es exactamente esto. Una masa de tres mil obreros que va y viene por los pasillos, que ficha cada mañana en portería y atraviesa el patio, que se cambia en los vestuarios, que se distribuye en los talleres y en los hornos, que mezcla sus voces con el tronar de las máquinas. Ignacio ocupa su lugar en el Taller de Moldes, frente al ventanal que da al patio. A su izquierda, el Taller de Máquinas, donde trabaja Carlos Vidal. Atrás, los hornos incandescentes de ladrillos refractarios, y la mayoría de los laburantes concentrados en la parte de Revisación, sobre la cinta transportadora que traslada las botellas, mientras el templado del ambiente va dejando manipularlas. En el otro extremo, a la derecha, el Taller de Moldería, donde conoce a un tal Luis Angelini.



2. En los años cincuenta, el barrio Los Gauchos parece una extensión campera en pleno conurbano bonaerense. Cada tanto, alguna casilla prefabricada interrumpe el paisaje de calles de tierra, criaderos de gallinas y baldíos habitados por caballos flacos. A unas veinte cuadras de la estación Burzaco, Inés y Agustín Angelini invierten sus escasos ahorros en un terreno y arrancan la construcción de su casita de paredes de ladrillo y techo de chapa-cartón. A decir verdad, la casita no se termina de construir jamás: apenas llegan a levantar, en mitad de un desolado pastizal, un dormitorio y una cocina. Allí, en la calle Manzanares 264, atraviesan su infancia los chicos, Luis y Ángela, separados por apenas diecisiete meses de diferencia.
Treparse a los árboles, juntarse alrededor de la radio para escuchar la audición de Tarzán, caminar los dos kilómetros que los separan del colegio "Benjamín Matienzo", todo lo hacen juntos. Incluso comparten la pasión por la lectura; entre ellos se dividen los libros de lomo amarillo de la colección Robin Hood que les regala una tía, profesora de Literatura: Luis busca algún rincón con sombra para leer el Sandokán de Salgari y el Robinson Crusoe, de Daniel Defoe. Ángela prefiere Mujercitas, de Louisa May Alcott, y Corazón, de Edmundo de Amicis.
Volver del colegio, cada tarde, es cruzarse con Luis y su guardapolvo roto o sucio de verdín, consecuencia lógica de su deporte preferido: jugar a la lucha con sus compañeros. Mientras su papá se dedica al oficio de lustrador de muebles (y a derrochar parte de los ahorros familiares en el escolazo), Inés se queda en casa, con los chicos. A ellos contagia su afición por la lectura y su amor pasional por el tango. Fascinada por los poetas como Homero Manzi y Discépolo, se conoce todas las letras de memoria, una costumbre que después heredará Luis: la de poder improvisar en cualquier momento, en cualquier lugar, un tanguito sin errarle a los versos, dueño de una memoria prodigiosa.
Pero del mismo modo que establece con su madre un vínculo atravesado por un afecto profundo, no puede hacer lo mismo con su padre, que muere cuando Luis tiene veinte años: los separaba el esquemático pensamiento de Agustín, que no sólo miraba de reojo su deseo de seguir estudiando sino que teñía cada una de sus opiniones con una postura conservadora de la realidad. Mentalidad que Luis atribuyó, años después, al oficio solitario e individualista de su padre como lustrador de muebles, ajeno a cualquier experiencia obrera en una fábrica.



3. Las charlas de vestuario en Rigolleau tienen un tema excluyente: la bronca latente contra la Lista Blanca. Complaciente y negociadora, la ortodoxia de la burocracia procura siempre aplacar conflictos y silenciar cualquier voz de protesta. De a dos, de a tres, de a poco, la idea de generar una alternativa va germinando. Ocho jóvenes obreros, sin experiencia sindical y cruzados por todas las tendencias políticas, se dan citan en una vieja casona sobre las vías de Berazategui, a pocas cuadras de la fábrica. En esos primeros encuentros, entre mates y bizcochos de grasa, se intercambian preguntas (¿qué hacemos?, ¿cómo se arranca?) y una sola certeza: algo hay que hacer. Las altísimas temperaturas en las que trabajan los compañeros de los hornos, las precarias condiciones edilicias que cada tormenta desnuda con un tendal de techos rotos y pasillos inundados, los salarios congelados, el ritmo de turnos rotativos que consume energías... Todo está en discusión.
Con el paso de las juntadas, la embrionaria agrupación va creciendo en número. Desde el principio, una característica marca a todos los protagonistas del intento: una perspectiva unitaria, más allá de las diferencias tácticas de aquellos que militan en diversos espacios políticos (ERP, Montoneros, Vanguardia Comunista, PST y otros): "Eso fue lo sorprendente, todavía hoy me parece extraño", admite Pérez en estos días, entonces parte fundante de aquel espíritu que busca preservar el nuevo espacio, que busca un método para acercar la problemática cotidiana de los trabajadores y vehiculizar sus reclamos. Aprenden por el camino, apelan al ensayo y error, convocan a más compañeros a participar e integrarse, siempre en silencio, procurando demorar el mayor tiempo posible cualquier presentación en la fábrica para evitar poner en guardia a la burocracia y postergar la previsible reacción "preventiva" de la patronal. Para cuando el alerta se enciende en la oficina de la Lista Blanca, una nueva alternativa sale a escena. La Naranja es la consecuencia directa de la experiencia original con la Celeste, hegemonizada en esa primera etapa por el peronismo de base. Pero con la escisión de la Celeste, cambia drásticamente la correlación de fuerzas: la base sigue siendo peronista, pero ahora la Naranja es conducida por un heterogéneo núcleo en el que conviven obreros como Ignacio (con pasado en la Fede comunista), Luis Angelini (militante del PRT-ERP) y Carlos Vidal (simpatizante de la UCR).



4. Durante su infancia, Luis y Ángela ingresaron al mismo tiempo a militar en la Acción Católica, en particular en una capillita que tenían cerca del barrio. Allí preparaban a los más chicos para tomar la comunión o también esperaban con ansias la navidad, escuchando la Misa Criolla de Ariel Ramírez y cantando villancicos, pero también se hacían un tiempo para pasarla bien, pateando una pelota. "Era divertido, muy sociable, con mucha chispa. Además, le gustaba imitar a todo el mundo, a sus amigos, a sus maestras, y le salía muy bien", evoca Ángela, su hermana.
La rutina en la etapa del colegio secundario implicaba que, apenas finalizaban las clases en el Industrial de Temperley, Luis salía a la calle a buscarse un trabajo para el verano, con la intención de pagarse los libros y las herramientas de taller que precisaría al año siguiente. No fallaba nunca: el primer día que salía a patear por los talleres, se volvía con alguna changa.



5. Noviembre de 1974 es una fecha subrayada en el calendario de Rigolleau. Entonces, la Lista Naranja derrota a la burocracia en las elecciones y se adueña de un zarpazo de la Comisión Interna. Pero pasados los abrazos y los festejos, la responsabilidad sosiega los ánimos del grupo. Todo representa un aprendizaje para los obreros de la Naranja: como la primera vez que se sientan a discutir cara a cara con la patronal. Pérez recuerda un detalle que sintetiza la escasa experiencia, ante un escenario por demás intimidante: listos para lanzar la primera medida de fuerza, le informan al gerente de Rigolleau que van a implementar un quite de colaboración. Pero el corporativo interrumpe para pedir precisiones... quiere saber a qué se refieren concretamente los delegados con ese "quite de colaboración".
Pérez no se olvida más de su vacilante respuesta a la hora de definir la medida: "Eh... y bueno, eso. Quiere decir que se suspende todo gesto de buena voluntad, toda gauchada".
Eran las primeras escaramuzas entre la Naranja y la patronal.
El 14 de mayo de 1970, Luis llegó a la casa con una gran noticia: había aprobado el examen de ingreso y empezaba a trabajar en Rigolleau, la cristalería que era el corazón palpitante de Berazategui, como oficial ajustador. En su legajo laboral, quien lo examina apunta como singularidades que Angelini es "cordial, afable y comunicativo" y por último añade: "Inspira confianza".
"Me acuerdo el esfuerzo que costaba sacarlo de la cama... Con mi mamá arrancábamos una hora antes para intentar levantarlo", recuerda Ángela sobre aquellas mañanas. La rutina familiar se adecuaba entonces al turno ocasional de Luis: se alternaba con Ángela para dormir solo en la pieza, o bien se tiraba al lado de su mamá cuando llegaba tarde y la cama estaba ocupada por su hermana. El ritual también incluía el mate compartido, tomado a las corridas, y la salida, bolsito al hombro, y la caminata hasta la Monteverde, a esperar el bondi que lo llevaba hasta el Cruce de Varela. Una vez allí, otra paciente espera, en este caso hasta divisar a lo lejos el Blanquito, que lo dejaba en la puerta de la fábrica.


La nota completa en la edición Sudestada de colección Nº 13

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Autor

Hugo Montero