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Malditos: Caballo loco

El sueño del pueblo sioux

Líder de la resistencia del pueblo sioux, Caballo Loco recibía las visiones de Manitú a través de los sueños y pasaba a la acción al mando de su pueblo. Fue el artífice de la peor derrota (y la última, por otra parte) del ejército de Estados Unidos durante las Guerras Indias. por Hugo Montero

Dejó atrás el campamento, en silencio. En pocos minutos, su sombra se perdió en la penumbra del bosque. Nadie lo vio caminar hacia las montañas. Humillado por sus jefes, despreciado por sus pares, Caballo Loco se marchó en busca de una visión. Otra vez, esperaba de Manitú las respuestas que ya no podía encontrar entre los suyos, entre quienes lo ignoraban o miraban de reojo, con recelo y desconfianza. En el refugio de los oglala en la llanura, los jóvenes ultimaban detalles para la inminente cacería de búfalos, antes de la llegada del invierno. Antes del arribo de los cara pálidas, que iban arrinconando a los sioux (ese pueblo nómade y de naturaleza guerrera, pero dividido y diseminado por las grandes praderas, que seguía la ruta de los búfalos de norte a sur) contra los márgenes del mapa americano todos los meses. Ahora, el descubrimiento de oro había desatado la fiebre entre los colonos: el ferrocarril extendía sus brazos metálicos por encima de los territorios indios, el ejército escoltaba el avance de los conquistadores y el gobierno extorsionaba a los rebeldes sioux para que firmaran, de una vez por todas, el convenio que determinara su traslado a las reservas asignadas a cambio de abandonar aquella tierra fértil para la ambición del hombre blanco.

En el murmullo nocturno de la montaña, Caballo Loco entra en trance. Él lo sabe: el mundo en el que viven los hombres no es otra cosa que una sombra del mundo real. Para entrar al mundo verdadero, hay que soñar. Y Caballo Loco sueña, y en mitad de ese viaje el Gran Espíritu Manitú se presenta con sus profecías. Pero el hechizo se rompe en algún momento, y hay que regresar a la sombra de la vida real, a ese mundo de ensueño que ya no sabe dónde comienza, pero en el que es despreciado y castigado por haber cometido un error. Había nacido en 1845, cerca de las Colinas Negras de Dakota del Sur, y antes de cumplir 12 años ya había matado a un búfalo y se había destacado por su habilidad para montar potros salvajes. Fue entonces cuando soñó por primera vez. En su visión, un caballo flotaba, suspendido en el aire; de allí el apodo que lo acompañaría toda su breve vida. Fue entonces cuando Manitú le susurró un destino de gloria y ocaso, pero también le ordenó ser siempre el primero en la batalla, nunca usar los tocados de jefe ni pintarse para el combate, y, sobre todo, jamás tomar la cabellera del hombre blanco como trofeo. Como contrapartida, nunca sería alcanzado por el sable o la bala de sus enemigos. Pero si la vida era sueño para Caballo Loco, ese sueño duraba poco. El mundo de sombras ignoraba su designio de liderazgo y no le fue sencillo destacarse entre los de su tribu. Por el contrario, durante años erró solitario, silencioso, taciturno, hasta que cometió ese error que lo marcó para siempre. Caballo Loco se enamoró de la mujer de otro, y pagó el alto costo de romper las reglas de los lakotas con un balazo en la cabeza que no lo mató de milagro, pero que le dejó para siempre la cicatriz de la vergüenza.

En 1868 algo cambió. Lejos de su campamento, en Fort Laramie, el hombre blanco intimó a un puñado de jefes lakotass a firmar un tratado que les imponía el inmediato traslado a las reservas como única opción, a cambio de un derecho de caza sobre un territorio restringido. Desatender el acuerdo era someterse a la furia de los wasicus ("perros ladrones" en lengua sioux) y de su ejército. Nube roja, el jefe de los oglala, pactó y se ganó el desprecio de Caballo Loco y de otros indios hostiles que se habían jurado jamás tratar con el demonio blanco. ¿Es que acaso Nube Roja no había observado nunca el fuego de la guerra sobre un poblado de pieles rojas? ¿No había presenciado nunca Nube Roja la escena trágica de las mujeres y los niños de la tribu atravesados por los disparos de los cara pálidas? ¿Ignoraba acaso que los durmientes de sus ferrocarriles se apoyaban ahora sobre la tierra donde descansaban sus ancestros? No, Caballo Loco jamás negociaría con el demonio blanco. Así lo hizo saber y así recuperó, de a poco, el respeto de los más jóvenes de los oglala, que lo eligieron como líder de la resistencia y lo siguieron en la batalla, que siempre encabezaba detrás del temido grito de guerra: "¡Hooka hey!" ("Hoy es un buen día para morir", en sioux). Como entre los lakotas un jefe sólo mantenía su cargo si era seguido por su pueblo, Nube Roja pasó a la historia y su lugar fue tomado por el silencioso y audaz Caballo Loco, que además aportaba en el combate algunas tácticas militares nunca antes utilizadas por los sioux.

(La nota completa en la edición gráfica de Sudestada Nº 97 - abril 2011)

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