Otro periodismo

Buscar

Malditos: Jaime Bateman Cayón

Una cicatriz, una rumba, una revolución

En un retén del Ejército, en medio de la ruta, lo detuvieron. Sabían que había una forma inconfundible de reconocer al Comandante Pablo, líder del Movimiento 19 de abril (M-19): su cicatriz en la pierna izquierda era la "seña particular" difundida por todo el país.

El Comandante, con tranquilidad, se levantó el pantalón. No había cicatriz. Después de las disculpas del militar por la confusión, siguió su viaje. Inexplicablemente se había salvado: la pierna que le había mostrado al militar era la derecha... Pablo era el tipo más buscado en Colombia desde hacía más de cinco años. Porque no era afecto a los reglamentos, ni siquiera pudo haber sabido que en el de «la Sociedad de Amigos de la Escondida» el método más denostado, el prohibido, era el de estar a la vista de todo el mundo. Como si con poner cara de inocente y andar como si nada bastara para engañar a policía, ejército y servicios secretos...

Cuatro días antes de ser devorado por la selva, había festejado su cumpleaños 43 en Santa Marta, su pueblo natal: rodeado de familia, amigos, mangos y rumba. Es que, afirmaba: "La mejor forma de guardarse es dejarse ver. A mí me paran a cada rato y me dicen que me parezco mucho a Jaime Bateman". Jaime Bateman Cayón, el Comandante Pablo, el Flaco, había nacido el 23 de abril de 1940 en Santa Marta, Colombia. Cuenta su madre, Clementina Cayón, que de niño "lloraba con grito fuerte. Tenía la energía de los seres que protestan por llegar a un sitio desconocido".

A los tres años padeció de cerca la prepotencia de las multinacionales: su familia vivió poco tiempo en Guacamayal, zona bananera propiedad de la United Fruit Company; y tuvo que emigrar del barrio Sevilla porque, dice Clementina, "era de americanos, ellos tenían cine, club, neveras; nosotros vivíamos en tambos con el agua y las culebras debajo". Después de ser expulsado del Liceo por su activismo político, encontró en la Juventud Comunista un espacio desde el cual desarrollar sus inquietudes; viajó a la Unión Soviética a estudiar Ciencias Políticas y marxismo y cuando regresó a Colombia a principios de los sesenta ya se libraban fuertes luchas sociales. Por esa época, otra de sus influencias fue la de Camilo Torres, a quien respetó y admiró por su entrega; del cura guerrillero aprendió que "la revolución tiene que ser popular; hay que hacerla con todo el mundo". Así que Jaime se fue al monte junto a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), aunque al poco tiempo surgieron las primeras diferencias: El Flaco percibía que la guerrilla no avanzaba ni se desarrollaba lo suficiente en las zonas de influencia y planteaba la necesidad de combinar el accionar rural con el urbano. Esas críticas le valieron la expulsión y hasta una sospecha de infiltración, de la que se arrepentirían años más tarde.

El espacio en el que pudo articular su perspectiva de una organización nueva, que superara el dogmatismo de los grupos armados y que intentara erigirse en un verdadero movimiento de masas fue el M-19, que conformó junto con un grupo de antiguos miembros de las FARC, del Ejército de Liberación Nacional (ELN), de la Alianza Nacional Popular (ANAPO) y otros dirigentes sociales, a mediados de 1973. Tres años antes, se habían desarrollado las elecciones presidenciales en Colombia. Por el ANAPO, el candidato era el general Gustavo Rojas Pinilla (un caudillo con dudosos métodos democráticos, pero que sin duda era el más popular de los candidatos), que terminó perdiendo las elecciones y quedó en el aire una sensación de fraude. El ala socialista del ANAPO sufrió la desilusión por la pasividad de su líder ante semejante despojo y vislumbró la posibilidad de que el pueblo expresara su bronca más allá de las urnas. Iván Marino, Álvaro Fayad, Luis Otero, Carlos Pizarro, Carlos Toledo, Antonio Navarro, además de Bateman y otros compañeros, toman la fecha del fraude para el lanzamiento de su Movimiento y salen con un lema como bandera: "Con el pueblo, con las armas, al poder".

(La nota completa en la edición gráfica de Sudestada Nº 96 - marzo 2011)

Comentarios

Nadia Fink
Autor

Nadia Fink