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Antihéroes

La tortuosa mano de Onetti

Mitad semblanza y mitad relato testimonial, el narrador Miguel Ángel Molfino nos propone conocer un perfil distinto de uno de los escritores singulares de América Latina. Del recuerdo de un pasado entre las rejas de la represión a la vigencia del universo onettiano en el Río de la Plata. Acompañan este artículo los dibujos de otro grande: Hermenegildo Sábat.

Un tipo fuma en lo profundo de una celda de la cárcel de La Plata. Es 1979 y tiene 29 años. Como todos los condenados espera pocas cosas, tal vez una carta y ninguna profecía que remedie la puerta de hierro terca y muda.

Lo único que se le permite leer es La Biblia y sobre la mesada de cemento está abierta (boca abajo) en el libro de Job -"Un viento grande vino desde la otra parte del desierto"-. Se distrae en el humo que huye por la pequeña reja de la ventana. El olor húmedo de la sarga del uniforme de preso le recuerda, vagamente, las noches cuarteleras de la colimba. Tenés olor a tumba, piensa. Ya se lo había dicho el peluquero del penal cuando lo rapó un mes atrás. Ya olés a tumba, anteojito, le había dicho el tipo, un petiso ancho que hacía catorce años atrás había matado con furia a dos hombres en una peluquería de Itatí.
Barbotan las cañerías del pabellón 2, es el único ruido.

En una celda es mejor no pensar demasiado en lo que pasa afuera. El tipo entonces recuerda el encuentro de Larsen con la heredera boba en el astillero. Lo ve avanzar por el gran parque devastado por el abandono y el delirio, bajo la gamuza gastada del ocaso; piensa que eso ocurrió hace mucho, sin consuelo ni sorpresa, en otra vida voraz y que nadie es Larsen y que todos son Larsen. Avanza entonces en su memoria por el parque, divisa una, dos, tres farolas de hierro y más allá, el estanque de aguas hediondas; Angélica Inés, la heredera boba, lo mira desde la glorieta, los labios pintados, sonriendo con hipitos, hinchando globitos de saliva entre los dientes, aterida por la llovizna y el frío triste del invierno.

Imagina que se enamora -no Larsen sino él, el preso- de ese animalito tembloroso, imagina que bajará la noche y que en la oscuridad, falsificando palabras de amor, tibiezas de pacotilla, la besará hasta arrancarle gemidos no porque la desee sino porque quiere que las máquinas de ese corazón bobo chirrien y que un relámpago húmedo le parta en dos la entrepierna.

Es la tarde, alguna hora de la infinita tarde de piedra. El tipo sabe que es la hora del cartero. Con el pucho prende otro cigarrillo.

Las rejas de entrada al pabellón abren su voz de cadalso y se escuchan los pasos del traedor de noticias.

A medida que el cartero progresa en el pasillo, pronunciando nombres y abriendo los pasaplatos, el tipo se reincorpora del banquito fijo en el piso y se pone de espaldas a la puerta de hierro. Por cábala o por atraer la escasa fortuna que vaga por el pesado edificio de la cárcel, se pone de espaldas. A veces, las cartas solían llegar así.

Molfino, Miguel Ángel, dice el cartero, abre el pasaplatos y tira un sobre vía aérea con matasello de España.

Cuando se espera mucho, cuando llegan finalmente las cosas que se aguardaron (y que se sospecharon perdidas), las correas del cuerpo se han tensado tanto que ya han roído la elasticidad del ansia. Entonces abre el sobre y lee: Querido hermano. Es Gustavo, su hermano menor exiliado, pero los párrafos fueron escritos por una voz tediosa que respira en el cansancio, que lo saluda y responde desde ultramar la carta secreta que el preso le escribiera meses atrás. Esa letra es Onetti. Las palabras tienen el pellejo inocultable del Viejo, que le escribe camuflado bajo la piel de su hermano.

Gustavo, el menor, estaba casado con una de las asistentes de Juan Carlos Onetti durante la larga temporada que se echó en su camada de Madrid. Y Molfino, Miguel Ángel, decidió un día desesperado escribirle al Maestro para contarle que sus textos eran los que más releía de memoria en la celda 942. Reescribió aquella carta decena de veces, bajo el látigo de la posible mirada del montevideano.

Y como en esos años de órdenes de cuero, palo y goma, no se podía escribir (ni recibir) una carta que no fuera a un pariente directo, disfrazó a Onetti de hermano y ahora él le devolvía el milagro de la farsa, le respondía.

Eran palabras cariñosas, tal vez perfectas, olían a tabaco lento, a tos, a catarro y a vino negro. Era fácil adivinar al hombre escribiéndolas, los grandes anteojos miopes persiguiendo la tinta, recostado en una pila de almohadas, mintiendo sobre la esperanza o sabiéndola inservible, palmeándole los ojos al preso que las leía.

Media hora después, se apagan las luces del pabellón. Afuera, el atardecer no termina de licuarse en la noche.

El preso se duerme cobijado por una oscura alegría. Sueña que camina por Madrid, llega al Paseo de la Castellana y sus ojos se clavan en el café Miura. Sentado junto a la ventana, Onetti lo observa y le habla. En realidad, Onetti parece hablarle pero esas palabras carecen de sonido. Una cincuentona rubia y de grandes tetas asomadas a una solera floreada, lo abraza y ríe a carcajadas.

Los ojos de la rubia despiden lágrimas que chorrean pesadas como si fueran de vidrio derretido. La mano flaca de Onetti las quita y se las coloca en sus propios ojos, detrás de los gruesos lentes, mientras miran al preso perdido en esa calle de Madrid.

(La nota completa en la edición gráfica de Sudestada Nº 92 - Septiembre 2010)

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Autor

Miguel Ángel Molfino