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Samanta Schweblin

"La normalidad es un invento"

Los personajes de la narradora Samanta Schweblin se ven atrapados por una inquietante atmósfera, plena de tensión, de un suspenso que siempre estalla en la última línea. Con la publicación de su libro Pájaros en la boca como excusa, una charla con la autora que continúa con la mejor tradición del cuento fantástico en nuestro país.

Sonriendo y vestida de negro, caminando entre las mesas, viene, al fin, nuestra autora. Escrita la primera línea, la segunda ofrece algunos epígrafes al inicio que usted leyó: lo de al fin es más por ansiedad que por impuntualidad, y donde dice nuestra autora debería decir, mejor, la autora nuestra. Digámoslo bajito, antes de que llegue a la mesa: cuídense de Samanta Schweblin. En unos segundos la verán llegar y saludar, sacarse su abrigo mientras aún sonríe, sentarse cómoda a la mesa del bar, pero no, no se engañen, por favor. Simpática como la ven, esta chica de 31 años nos escribe, nos burla, nos enfrenta, nos denuncia: leyéndola somos peces boqueando nuestra última gota de aire, desesperados, sintiendo cómo el filo de la literatura nos abre nuestro ser.

"La normalidad es un invento. La normalidad es uno de los géneros más fantásticos que existe", se lanza la culpable de los libros de cuentos El núcleo del disturbio (ganador del premio del Fondo Nacional de las Artes 2001) y Pájaros en la boca (galardonado con el Casa de las Américas 2008). Está sentada, la Schweblin, siempre sonriente, distraída a la caza de un mozo que le traiga un café.

-En la mayoría de tus historias, creás escenarios en los que los adultos se ven perdidos, minimizados, caricaturizados. ¿Por qué?

-Siempre me gustó jugar con una mirada distraída, que la gente se encuentre en una imagen como después de haber hecho zapping. Como si fuéramos un niño, ¿no? Los niños viven así: ellos no sienten la codificación que nosotros ya tenemos de la realidad, no sienten ningún prejuicio al momento de observar algo. Te pongo un ejemplo: vos estás en tu oficina y ya sabés quién es tu jefe, cómo tenés que actuar, cuáles son los límites, los parámetros hacia adelante y hacia atrás. Hasta ahí, todo bien. Pero imaginate que estás haciendo zapping, y que de repente te encontrás en una oficina y al lado tuyo hay un tipo, pero un tipo que no estás segura de quién es. Esa situación está tan vacía que hay una obligación a reformular todo, a pensar todo otra vez: por qué estoy acá, quién es el otro, qué hago yo. A mí me pasa constantemente: yo soy tan, tan despistada.

-¿El segundo "tan" es exageración?

-¡Yo he ido a un lugar en mi auto y me he vuelto en colectivo! ¿Me explico, no? Y ese nivel de abstracción me genera, a la vez, un extrañamiento por situaciones que parecen normales. ¿Por qué estoy acá? ¿Qué hace mirándome este tipo con cabeza de elefante, aquí, enfrente mío?

-¿La idea es borrar el disco duro, repensar cada tanto lo que se cree que, por establecido, ya está bien?

-El tema es desarmarnos tanto que no haya prejuicios. Y si los hay, bueno, que sean mucho más interesantes. Carol Dunlop siempre contaba que si Cortázar y ella estaban en el living mirando televisión y de repente entraba un elefante violeta, Cortázar no iba a saltar, gritando: "¡Oh, un elefante violeta!". No, Cortázar se iba a preocupar de que estuviera cómodo, se iba a preocupar porque no tenían una silla tan grande para que se sentara, y ahí está lo interesante, no en la obviedad de que es un elefante. Hay que salirse de lo normal. Además, ¿qué es lo normal?

-¿Una adolescente que come pájaros y desespera a sus padres, como en Pájaros en la boca, es normal? Ese cuento debería recomendarse como anticonceptivo...

-Mientras armaba el libro, me di cuenta de que unas cuantas historias se trataban de la paternidad.

-Y de niños...

-Y de niños, sí. Y más que de paternidad, de maternidad, te diría. A veces me preguntan sobre qué temas escribo, y la verdad es que escribo sobre lo que entonces siento o busco o me preocupa: temas puntuales. Muchas veces cuento una historia y no sé qué es lo que quiero decir. Quizá sea el momento que estoy pasando, a los 30 y pico de años, en una sociedad en la que tener un hijo no es opcional, a nadie se le ocurre que acaso no querés tener uno. Y que si llegás a sentir eso, bueno, entonces algo te pasa. Se ve "En la estepa", el último cuento de Pájaros en la Boca: desear algo que no es lo que querés, o desear una cosa y que venga otra.

-O en "Conservas", en el que una chica se desembaraza...

-Bueno, fijate lo poco que me interesa el mensaje que recién después de haberlo escrito me di cuenta de que esa historia tenía un pasado, un anclaje personal. En "Conservas", una chica se adelgaza, digamos, y termina escupiendo su semilla.

-¿Y en tu caso?

-Y en mi caso, a los siete, ocho años, tuve un novio, un amiguito, que un día me dijo que quería tener un hijo conmigo. "Ya sé cómo se hace", me sorprendió. Por lo visto, ya se había estado asesorando. Entonces me pidió que pusiera las manos así, juntas, ahuecadas, y me dejó, de repente, una semillita. Una semillita de naranja, pomelo, algo así. "Ahora tenés que ponerte la semilla en la panza, luego tragártela y así, entonces, nace el hijo", me explicó. ¿No es fuerte? Es el cuento, igualito, pero al revés.

(La nota completa en la edición gráfica de Sudestada Nº 91 - Agosto 2010)

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