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Malditos

Eduardo Darnauchans. Tristezas de zurcidor

"No se asuste si me escucha llorar, voy a estar leyendo a Shakespeare". Las palabras dichas a su enfermera quedaron flotando en la última noche de Eduardo Darnauchans, el músico uruguayo que describió el amor y la muerte con bellísimas interpretaciones, y que plasmó en su música, inevitablemente, algunos de los aspectos más oscuros de su propia historia: internaciones psiquiátricas, la convivencia con el alcohol y la presencia de la muerte, siempre tan cerca de él y de todo lo que lo rodeaba.

Su participación en el Partido Comunista marcó, desde su adolescencia, el inicio de una serie de sucesos que lo llevarían a estar prohibido como estudiante en la Universidad, como intérprete dentro de la escena cultural uruguaya, y a cumplir con la obligación de presentarse semanalmente ante las autoridades militares por ser sospechoso de espía de los servicios rusos.

Logro forjar "la estética Darno" o, según sus propios términos, "la estética dark no chance": ropa negra, lentes oscuros y un cigarrillo humeante siempre en la mano. Resultaba extraño ver por las calles del centro de Montevideo a ese hombre que, influenciado por Bob Dylan y Leonard Cohen, decía buscar miradas cómplices que no encontraba, mientras silbaba "Blowing in the wind". ¿Habría nacido el Darno en un tiempo y lugar equivocados?; la respuesta todavía está soplando en el viento...

"Cómo quisiera escribir una canción que me volviera otro"... ("Balada para una mujer flaca").

Las fronteras de Minas de Corrales y Tacuarembó (las dos ciudades de sus primeros años) no sirvieron para contener las inquietudes de aquel muchacho fascinado por la poesía, el cine y la literatura, que actuaba para la compañía teatral del club social e iniciaba sus primeros amoríos con la guitarra.

Los años en Minas fueron "insólitos, entre endémicos y terribles". Allí su madre fundó un Comité de apoyo a la Revolución Cubana, lo que provocó que sufrieran amenazas, marginación, y que el cura del lugar difundiera a través de altoparlantes "listas negras" en las que figuraban los miembros de la familia Darnauchans.

De gran importancia fue haber tenido como profesores en el liceo de Tacuarembó a Washington Benavides (de quien, con los años, musicalizaría varios de sus poemas) y Circe Maia. A Eduardo le resultaba notorio cómo esos dos poetas, más Walter Ortiz y Ayala, fueron germen de una impronta cultural (que luego también alcanzaría notoriedad con el denominado Grupo de Tacuarembó) en "un lugar muy aislado, como en el medio del desierto. La Televisión no llegaba, radios muy pocas -y más bien, las argentinas- e intercomunicaciones con otros lugares prácticamente no existían. Eso genera -si sos una persona sensible y te gustan la poesía, la música y el cine y no tenés nada, y te querés salvar- crearte un mundo propio, acorazarte en él y tramitarlo con las personas que tenés afinidad. Es una forma de no morir. Otras dos vías básicas para no perecer son ponerte a tomar caña blanca brasileña o, la peor de todas, asimilarte al medio y ascender a la inmensa mediocridad local".

"Aprendí y aprenderé, voy aprendiendo/ me debo la canción de la sonrisa/ y me deben pentagramas de esperanza" ("Prosa").

El golpe militar uruguayo del 73 coincidió con la época en la que Darno era estudiante de magisterio. El día en que los militares asaltaron el poder, un cajón de cerveza funcionó como improvisado estrado desde donde Eduardo llamó a sus compañeros a tomar el establecimiento estudiantil de Tacuarembó para manifestarse en contra de lo que estaba ocurriendo. Por esto, fue inhabilitado para cursar estudios en cualquier parte del país por tiempo indeterminado, lo que provocó su partida de Uruguay.

Primero vivió en La Plata, donde comenzó a estudiar Letras, pero esta actividad se interrumpió tras la muerte de Perón, porque la Universidad fue cerrada.

De ahí, se fue a Buenos Aires y se instaló en el barrio de Once; por esa época, sobrevivió trabajando en diferentes lugares: una cinturonería, el puerto, una fábrica de balas y una juguetería.


(La nota completa en la edición gráfica de Sudestada Nº 91 - Agosto 2010)

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Autor

Débora Ruiz y Joaquín Amoia