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Cuba en la mira

Cuba necesita cambios, aunque muchos menos de los que necesita el resto del mundo

Por José Ramón Fabelo Corzo (*)

Entre los muchos y graves problemas que afrontan los poderes instituidos del actual sistema-mundo capitalista, uno de ellos -parece no caber dudas al respecto- es con las matemáticas. Sólo así parecería explicable que el ayuno voluntario de 2 individuos en Cuba requiera más atención en el Parlamento Europeo, en la Secretaría de Estado de los Estados Unidos y en los grandes medios informáticos que los más de 1000 millones de seres humanos que según la FAO padecen diariamente de hambre involuntaria en el mundo. Igualmente, y si de Cuba se trata, parece haber graves errores de cálculo aritmético cuando la mini-manifestación de un pequeño grupo de mujeres vestidas de blanco, que caben todas en una "guagua" cubana, merece mucho mayor repercusión en los medios internacionales que la mega-marcha multicolor de millones de cubanos que colmaron todas las principales calles de todas las más importantes ciudades del país el pasado 1º de mayo, en apoyo al socialismo y en contra precisamente de la inflación mediática de hechos que -viéndolos sólo en su mero aspecto cuantitativo- fueran en cualquier otro lugar del mundo estadísticamente despreciables. Sobra decir que esos mismos medios también minimizaron la enorme prueba de compromiso social que representó la asistencia a las urnas el pasado 25 de abril de 8.207.946 votantes (el 95.86% del electorado cubano) y que la cantidad de votos válidos alcanzara la cifra de 7.478.760 (el 91.11% de las boletas), datos nítidamente contrastantes, tanto con la imagen de caos social y crisis política que intenta enchufársele a Cuba, como con el llamado a no votar o a anular boletas que los detractores del proceso revolucionario -con el favor una vez más de los medios internacionales- hicieran previo a las elecciones.

Pero lamentablemente no se trata de una simple incapacidad hacia el cálculo aritmético de los estadistas y periodistas involucrados en esta feroz campaña tergiversadora de la realidad cubana. Si así fuera, la solución sería relativamente simple: humildemente podríamos sugerirles empezar por el uso del método cubano de alfabetización Yo sí puedo, basado precisamente en la asociación de letras y números y gracias al cual ya han podido ser alfabetizadas más de 3 millones de personas de 30 países -otras cifras que volátilmente se les escapan a los medios-. Y podrían continuar después con el método Yo sí puedo seguir, equivalente a la educación primaria. En fin, si ese fuera el problema, la solución está a la mano. A propósito -y éste podría ser un tema sugerente para tantos periodistas interesados en Cuba-, estos métodos fueron creados en el país caribeño casi 40 años después de que "en casa" fuera erradicado el analfabetismo y cuando hacía ya mucho que el sistema educacional había garantizado la educación primaria gratuita para el 100% de sus niños y niñas. Otro enigma a resolver por la gran prensa sobre el extraño caso cubano.

Retomando el hilo de lo que veníamos exponiendo, no se trata de un ingenuo error de cálculo. El contraste entre lo que los medios ven en Cuba y lo que los propios cubanos viven y perciben de su realidad no es más que la expresión del radical conflicto de intereses entre los poderes instituidos internacionalmente, y que en gran parte esos medios representan, y las genuinas aspiraciones de la inmensa mayoría del pueblo cubano, mayoría representada en las cifras bien obvias que antes han sido expuestas.

Para nada esas cifras apuntan a una homogeneidad en el pensamiento de los cubanos ni a la asunción conformista del estado de cosas actual en la isla. El cubano medio es muy crítico con su sistema social, desea y exige cambios. Sólo que estos no son los mismos cambios que le piden a Cuba el Parlamento Europeo y la Secretaría de Estado de los Estados Unidos. La diferencia raigal radica en que estos últimos desean que Cuba abandone su ruta alternativa y reconstruya su realidad social a imagen y semejanza de ellos, asumiéndose a sí mismo como el modelo deseable para la rebelde isla caribeña. Pero eso es precisamente lo que menos desea la apabullante mayoría de los cubanos que sale a desfilar por millones el 1º de mayo en defensa del socialismo, una semana después de haber acudido a votar en igual o mayor cantidad no sólo para que sea electo el candidato de su preferencia, sino porque conoce que con su participación afianza un sistema social y político diferente, alternativo a ese otro que, signado la mayoría de las veces por la apatía y la abstención, pretende imponérsele como el único realmente válido.

Mientras que los cambios que pruemeven los poderes imperiales presuponen la muerte de la revolución, los cambios que la mayoría de los cubanos busca significan más revolución. Esa es la verdadera raíz del contraste. Se trata de dos direcciones absolutamente opuestas, aunque ambas realmente posibles en las circunstancias actuales.

¿Y cuál de esas posibles direcciones es la realmente deseable? ¿Cuál sería preferible desde el ángulo de los valores humanos que una y otra involucran? Me imagino la respuesta apresurada de esa "gran prensa". Al atacar a Cuba tanto ha apelado a altisonantes categorías axiológicas como "libertad", "democracia" y "derechos humanos" que le parecerá obvio que los valores estén de su lado.

Pero no vayas tan rápido, "gran prensa". Aunque parezca a todas luces imposible, tratemos de pensar juntos lo más objetivamente que podamos las posibles consecuencias de que Cuba tome una u otra dirección.

Comencemos por los cambios que en su mayoría quieren los cubanos. Obviando los muchos matices que acá puede haber y sin pretender un inventario exhaustivo, estos cambios apuntan a:

a) La superación del monopolio estatal sobre los medios de producción en favor de una propiedad social diversa, que incluya multitud de formas cooperativas y que garantice siempre una verdadera relación de dueño de los trabajadores hacia los medios y los resultados de su producción;

b) Un verdadero empoderamiento de las bases sociales con un mínimo aparato burocrático, siempre sometido al control, no de otros burócratas, como ahora muchas veces ocurre, sino de esas mismas bases sociales. Éste sería el verdadero antídoto contra la corrupción y evitaría el peligroso alejamiento de la burocracia de las posiciones socio-clasistas del trabajador;

c) Preservación del ser humano como centro de todo el entramado social, pero no sólo como hombre genérico abstracto u hombre-estadística (reducido muchas veces a ser un número desde que nace hasta que muere en los datos sobre mortalidad infantil, esperanza de vida al nacer, nivel educacional, etc.), sino también y sobre todo como hombre concreto y diverso, con aspiraciones y proyectos de vida propios, no necesariamente homologables con los de los demás.

d) Mayor aprovechamiento en favor de los cambios necesarios de la capacidad crítica que la propia revolución ha creado en las distintas generaciones de revolucionarios, incluidos los jóvenes, de los que dependerá inevitablemente el futuro de la revolución. Superación, por ende, del excesivo paternalismo inter-generacional que, lejos de garantizar continuidad, podría engendrar incomunicación. Asunción, por lo tanto, de cada generación como interlocutora protagónica en la siempre necesaria reelaboración y puesta en práctica del proyecto revolucionario.

Como puede apreciarse, estos cambios no significan para nada la adopción de los patrones sociales que el capitalismo central quiere universalizar y perpetuar a toda costa. Todo lo contrario, significan una profundización en los cambios revolucionarios que el propio proceso cubano ha defendido desde sus orígenes: a) una propiedad que sea de verdad social, b) un poder que sea de verdad popular, c) un ser humano que sea de verdad central, d) una revolución que sea de verdad de todos los revolucionarios.

Sobre la superioridad en término de valores que presupone un proyecto de cambios que preserve la ruta alternativa escogida por Cuba remito al lector al excelente artículo de Carlos Fernández Liria titulado "¿Quién cabe en el mundo?", en el que demuestra de manera contundente, basado en el modelo de Mathis Wackernagel sobre la "huella ecológica" aplicado al estudio de 93 naciones, que Cuba es el único país con un índice de desarrollo humano relativamente alto (0.8) que al mismo tiempo tiene un desarrollo sostenible y una huella ecológica que de universalizarse a todo el planeta podría garantizar la supervivencia del mismo. El estudio muestra que la universalización de la huella ecológica de Gran Bretaña, por ejemplo, requeriría de tres planetas Tierra y en el caso de Estados Unidos, se necesitarían cinco. De nuevo las matemáticas nos ayudan. Por supuesto que es superior un modelo social que garantice la preservación del único planeta Tierra de que disponemos y, a la vez, el alcance de un alto índice de desarrollo humano. Si el mundo fuera Cuba, la humanidad tendría fundadas esperanzas de sobrevivir a su propia autodestrucción. Y lo mejor de todo: garantizándole una vida digna a cada uno de sus habitantes. Claro que si el mundo fuera la Cuba de hoy, también necesitaría cambios, los mismos que hemos apuntado más arriba. Necesitaría cambios, pero no tantos ni tan radicales como los que de hecho hoy necesita por no ser y ni siquiera parecerse a lo que Cuba es.

Pero, ojo, las dos direcciones de cambio hoy planteadas como posibles para Cuba no son las únicas alternativas. Una tercera es la inmovilidad, el no-cambio. Y no es ésta tampoco una posibilidad abstracta, es también muy real y tiene una fuerza significativa. Tal vez sea esta posición la que más poder real tenga a su favor al interior del país porque es la que mejor responde a los intereses de una burocracia que, como cuasi-clase social, recibe provechos significativos de la actual situación y perdería privilegios con los cambios señalados aquí como necesarios. Posición muy peligrosa, más seguramente que las campañas internacionales contra Cuba o los shows mediáticos que para espectadores extranjeros monta a cada rato la llamada disidencia interna. Inmovilismo es sinónimo de conservadurismo y el conservadurismo es la antinomia de la revolución. Si la revolución dejara de cambiar, dejaría de ser revolución y perdería el consenso aprobatorio que hoy mantiene. A la larga, el inmovilismo favorecería la dirección de cambios que hoy dice combatir. Hemos de estar alerta. Los cambios fundamentales que el pueblo reclama y que la máxima dirección del país ha reconocido como necesarios habrán de hacerse de manera muy bien pensada, pero también con la celeridad que las circunstancias exigen.


(*) José Ramón Fabelo Corzo (La Habana, 1956). Doctor en Ciencias Filosóficas por la Universidad Estatal de Moscú (1984). Actualmente es Investigador Titular del Instituto de Filosofía de La Habana y Profesor-Investigador Titular de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Puebla. Se ha dedicado al estudio de la Axiología, del Pensamiento Latinoamericano y de la Estética.

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José Ramón Fabelo Corzo