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Polémica: Juan Gelman, las Madres de Plaza de Mayo y los "comisarios del olvido"

El pasado 10 diciembre 2008, el Ministerio de Cultura español promovió el Primer Encuentro Internacional de Memoria Histórica en la Universidad de Salamanca.En esa reunión, de la que participaron delegaciones de Chile, Argentina, República Dominicana, Portugal y Alemania, el poeta y reciente ganador del Premio Cervantes, Juan Gelman, fue el encargado de realizar la conferencia inaugural sobre "el imperativo moral de la memoria colectiva". Por la importancia de sus dichos y por la polémica generado por algunos de sus comenatrios, desde Sudestada publicamos íntegramente ese texto y, además, la respuesta de la antropóloga Inés Vázquez, rectora de la Universidad Popular Madres de Plaza de Mayo.

Soy padre de un hijo de 20 años secuestrado, torturado, asesinado en 1976 por la más reciente dictadura militar argentina, que también desapareció sus restos. Fueron hallados, gracias a la infatigable labor del Equipo Argentino de Antropología Forense, 13 años después. Soy suegro de su esposa, secuestrada cuando tenía 19 años, trasladada de Buenos Aires a Montevideo encinta de ocho meses y medio y asesinada por la dictadura militar uruguaya dos meses después de dar a luz. Sigue desaparecida y su hija fue entregada a un policía de matrimonio estéril.

Soy abuelo de una nieta de la que me robaron sus primeros 23 años de vida y que mi mujer, Mara La Madrid, que no es la madre de mis hijos, y yo buscamos y encontramos al cabo de una larga investigación. Nada de esto hubiera sido posible sin el testimonio oral de sobrevivientes uruguayos y argentinos, sin expedientes judiciales y aun militares, sin ese archivo tan particular que es el Banco de Datos Sanguíneos de Familiares de Desaparecidos del Hospital Durand de Buenos Aires, sin una campaña internacional de denuncia que tuvo la solidaridad de decenas de miles de poetas, escritores, artistas y gente de a pie de 122 países, sin libros, sin documentos, sin Internet, sin videos y, sobre todo, sin la voluntad imperiosa de encontrar la verdad.

Hablo desde la experiencia argentina. ¿Por dónde empezar? ¿Por la madre de un desaparecido que año tras año y día tras día arreglaba el cuarto de su hijo y a la noche le preparaba la sopa que él solía tomar al regreso del trabajo? La sopa se enfriaba en la mesa sin remedio. ¿Por el sueño de la hija de una desaparecida? Este sueño: "Mamá vive en el departamento de la calle 47. Voy a visitarla. Tengo miedo de que me abrace y al hacerlo se convierta en fantasma".

Ha pasado mucho tiempo desde la desaparición de ese hijo y de esa madre, pero no hay final del duelo todavía.

No lo habrá mientras no se encuentren sus restos y descansen en un lugar de recuerdo y homenaje.

No lo habrá mientras esa madre y esa hija no sepan toda la verdad sobre su sufrimiento.

No lo habrá mientras esa verdad no conduzca a la Justicia.

El infierno no termina cuando se cierran las puertas del campo de concentración y los hornos se apagan: hace un cuarto de siglo que cesó el infierno militar en la Argentina y centenares de miles de personas -hijos, padres, hermanos, familiares, amigos de los desaparecidos- viven esa segunda parte del infierno que crepita en la memoria y no hay modo de apagar.

"Desde entonces, a una hora incierta/esa agonía vuelve/y hasta que mi cuento espantoso sea contado/mi corazón sigue quemándose en mí", dice el viejo marinero de un poema de Coleridge que recordó Primo Levi. Para muchos argentinos, uruguayos, chilenos, centroamericanos y nacionales de tantas otras latitudes del mundo esa estrofa poética es vida real y quema cada día.

"En nuestro país el olvido corre más ligero que la Historia", dijo el escritor Adolfo Bioy Casares. Pues no sólo en la Argentina. Desaparecen los dictadores de la escena y aparecen inmediatamente los organizadores del olvido.

"¿Para qué renovar las penas? -dice Ismene a Edipo-. El dolor se sufre al recibir las penas y se vuelve a sufrir al recordarlas."

El Día de Muertos, el pueblo mexicano acude a los cementerios, se sienta alrededor de sus difuntos, toca la guitarra y les canta, les pide que sigan muriendo en paz y que dejen en paz a los vivos para que los recuerden sin terrores.

Pero los familiares de los desaparecidos no tienen dónde hablarles y ellos son fantasmas inciertos que vuelven a doler en la memoria.

"Los padres quedaron sin hijos y no terminan sus quejas. Conocen al fin cuál es el dolor total sin remedio", dice Esquilo.

¿Cada recuerdo trae un dolor que se amontona, capa sobre capa, y se convierte en una geología del dolor?

¿Es posible dialogar con el dolor, fingir que tiene rostro y que no es una potencia que viene y va y protesta contra la muerte del ser querido y le da cuerpo y la afirma negándola?

¿La locura sería la última puerta del dolor, una manera de convertirse en dolor para no padecerlo y desaparecer en el dolor? ¿No será ésa una forma de fundirse con la víctima y así morir con ella?

Los familiares de los desaparecidos están en otro lugar. "Un loco, solamente un loco que perdió la mente olvidar puede la muerte de su padre", dice Electra. O la muerte de un hijo. No es ésa la locura de los familiares: su única "locura" consiste en exigir verdad para las víctimas y justicia para los victimarios.

Es un camino lleno de obstáculos con los que se tropieza día a día. Los comisarios del olvido tienen recursos y conocen su trabajo.

Un pacto de silencio sella la boca de los militares argentinos, con pocas excepciones. Cuando sus camaradas conocen que alguno está dispuesto a hablar, lo callan con una buena dosis de cianuro: le ocurrió al prefecto naval Héctor Febres, a punto de ser condenado por los crímenes que cometió durante la dictadura militar. O desaparecen a testigos importantes de los juicios por delitos de lesa humanidad, como desaparecieron a Julio López, para agitar el miedo en las víctimas testimoniantes.

La policía facilita la huida del represor atrapado o quema archivos de sus operaciones.

La jerarquía de la Iglesia Católica argentina que, a diferencia de la chilena, santificó la matanza -un obispo del Vicariato llegó a decir "cuando hay derramamiento de sangre, hay redención"-, la jerarquía de la Iglesia Católica argentina, que ordenó tranquilizar a militares desasosegados porque venían de tirar prisioneros vivos al océano, se niega a abrir sus muy prolijos archivos de la época, que permitirían recuperar al menos los restos de numerosos desaparecidos.

Ciertos jueces, ciertos fiscales y ciertas instancias judiciales como la Corte de Casación argentina encajonan procesos contra los represores, quienes pueden quedar en libertad por la falta de sentencia.

Y lo peor, verdaderamente lo peor, es la perversión que mancha a sectores políticos y sociales que, de un modo o de otro, por acción o por omisión, fueron cómplices de la matanza y callan lo que saben y niegan al Otro lo que saben.

Y luego, por qué omitirlo, la actitud pasiva de ciertos familiares que, ante todo por falta de medios, y luego por desánimo, cansancio, resignación, desesperanza o temor, todavía temor, depositan su no hacer en los organismos de derechos humanos.

Y también, por qué omitirlo, ciertos organismos argentinos de derechos humanos que burocratizan el dolor o militan contra la búsqueda de los restos de los desaparecidos "para que sigan con sus compañeritos". Así hacen tabla rasa de la historia personal de las víctimas y del lugar que ocuparon en la historia. Es la continuidad civil, bajo otras formas, del pensamiento militar.

La voluntad de corregir la memoria, como es notorio, viene de muy lejos.

En el siglo V antes de Cristo, la sangrienta oligarquía de los Treinta prohibió en Atenas por decreto recordar la derrota militar que le infligiera Esparta. Cada ciudadano fue obligado a pronunciar el juramento "No recordaré las desgracias". Pasan los siglos y los vencedores siguen reorganizando el pasado a voluntad.

En el año de gracia de 1040 el monje Arnold von Saint Emmeram explicaba así el método que había elegido para escribir la historia del ducado de Baviera: "No sólo es pertinente que las nuevas cosas modifiquen las viejas; también es correcto, si las viejas son desordenadas, el de-secharlas por completo, e incluso, aunque estén bien ordenadas pero sean poco útiles, el enterrarlas con reverencia".

La voz de los vencidos es "desordenada y poco útil" en los manuales de historia al uso, cuyo marco de referencia esencial es el Estado. Numerosas víctimas de crímenes contra la humanidad fueron y son carne de olvido, "ese acuerdo con aquello que se oculta", al decir de Blanchot.

Los que falsifican la historia así, falsifican la vida y están presentes y activas las antiguas herencias de nuestra tan moderna, o posmoderna, civilización occidental, en la que los extraordinarios avances tecnológicos conviven o malviven codo a codo con genocidios nunca vistos.

Proliferan las teorías sobre la historia como relato y otras sobre todo lo contrario. De lo primero hay pruebas más que suficientes, algunas francamente ridículas. La historia del Partido Comunista soviético ha sufrido continuos liftings con el correr del tiempo y se convirtió en un acto de predicción del pasado. Es famosa la fotografía del estado mayor bolchevique tomada días después del triunfo de la Revolución Rusa, con Lenin en el centro, a su derecha una escalera y luego Stalin. El lugar de la escalera lo ocupaba Trotski, excomulgado por el Termidor stalinista. El acto tiene pretensiones mágicas y la voluntad de abolir la historia. De ahí la importancia fundamental de los archivos de la memoria. De ahí la importancia fundamental de esta reunión. La pretensión de mutilar la memoria cívica de todos los días corrompe su salud y despeja el camino a nuevos autoritarismos.

El imperativo moral de la memoria colectiva tiene hoy más urgencia que nunca y no faltaron en la Argentina y en otros países quienes entendieron esto muy temprano y crearon y ordenaron personalmente, sin apoyo oficial alguno y movidos por su moral ciudadana, informaciones utilísimas que se pueden ver por Internet.

Estos archivos contribuyen a deshacer las artimañas de los asesinos de la memoria, como ésas que pretenden que no hubo cámaras de gas y que el primer pueblo ocupado por el nazismo fue el pueblo alemán.

Si queremos que la barbarie no se repita y pase al reino del nunca más, no deberían, creo, ser archivos mudos para la sociedad civil y viceversa: habría que acercar sus contenidos a sectores sociales y políticos en los que hay no poco a despejar todavía.

¿Y se podrá alguna vez despejar mentes en el estamento militar para que obedezcan a lo ético y opongan la desobediencia debida a órdenes criminales?

El capitán de navío Juan Carlos Rolón, miembro de un grupo de tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada de Buenos Aires donde la marina desapareció a 5000 personas, declaró impávido: "Nos enseñaron que la tortura era una forma moral de combatir al enemigo".

Se recuerda el diálogo que Hannah Arendt sostuvo con un oficial nazi que admitió haber gaseado y enterrado a prisioneros con vida en el campo de concentración de Maidanek. La pregunta de la filósofa: "¿Se da cuenta de que los rusos lo van a colgar!". La respuesta del nazi: "¿Por qué? ¿Yo qué hice?".

Las dictaduras suprimen el testimonio de las víctimas, pero llevan sus propios archivos.

En Auschwitz hay gruesos volúmenes que registran la muerte de los prisioneros gaseados. En la primera columna de cada página figuran el nombre, la edad y la nacionalidad de la víctima; en las dos restantes, hora y causa de la muerte. La hora es la misma a lo largo de páginas enteras, las 8.15, o las 8.30 o las 9.00 de la mañana. También se repite la causa de la muerte, "influenza" casi siempre. Este no es sólo un acto burocrático; sustituye la vida por una mentira de papel y muestra abismos de la condición humana.

Se impone abrir esa clase de archivos. Pero ésta es una decisión de Estado y, lamentablemente, todavía hay gobiernos democráticos que no se atreven a disponer que se dé ese paso indispensable.

Los familiares de los desaparecidos sólo conocen la dolorosa mitad del crimen. La otra yace oculta, custodiada por centinelas militares, policiales, eclesiásticos. Jacques Derrida habló del "mal de archivo", pero ésos son los archivos del mal.

Que se me perdone la insistencia en subrayar la importancia de los testimonios orales, vehículos de una memoria que en ocasiones se transmite de generación en generación.

Frente a Panamá -narra el periodista José María Pasquini Durán- hay una isla llamada San Blas en la que vive una etnia indígena. Una vez al año todos se reúnen y los ancianos cuentan a los jóvenes la historia de la etnia, que arranca del casamiento del Sol con la Luna, para que su memoria perdure. Los jóvenes comenzaron a emigrar y a quedarse en Panamá, pero mandan grabadoras a la isla para registrar el relato de los ancianos. Ahora la maravillosa historia que comienza con el Sol y la Luna está en casete y los jóvenes lo tienen en su casa entre los discos más recientes de pop norteamericano. Menciono esto porque en muchas sociedades del mundo no hay casete todavía.

En el año 1987 seguía yo exiliado en Francia y el diario recién nacido entonces para el que trabajo, Página/12, me pidió que cubriera el proceso a Klaus Barbie, el ex jefe de la Gestapo en Lyon, bautizado "El carnicero". A una víctima que le detallaba sus crímenes, Barbie dijo: "Yo no me acuerdo de nada. Si se acuerdan ustedes, el problema es de ustedes".

Efectivamente: recordar y denunciar los crímenes contra la humanidad y exigir su castigo es un problema nuestro.

Juan Gelman, 9 de diciembre de 2008.

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¿QUIÉN VA A TIRARLES LA ÚLTIMA PIEDRA?

Por Inés Vázquez*

A propósito del discurso de Juan Gelman en el Primer Encuentro Internacional de Centros de Memoria Histórica, organizado por la Universidad de Salamanca, y su referencia a la lucha de las Madres.

Juan Gelman ha caído en la repetida trampa en que suele caer el intelectualismo burgués frente a la irreductible presencia política de las Madres de Plaza de Mayo en la sociedad argentina.

Hace algo más de treinta años que ellas rechazan la lógica que iguala a las desapariciones forzadas de personas con la muerte a secas, a través de una consigna medular y certera del movimiento: aparición con vida. Y hace algo más de veinticinco años que las mismas luchadoras cuestionan, a través de documentos públicos y firmados con el nombre colectivo de la Asociación, las exhumaciones de cadáveres.

La traza de años vale para señalar que cada posicionamiento de las Madres ha sido respaldado con fundamentos que van desde la crítica al individualismo propiciado por la cultura occidental y, más específicamente, por el sistema capitalista, hasta el repudio a fijar la práctica revolucionaria de sus miles de hijos e hijas en el instante horroroso del sufrimiento extremo y la destrucción masiva. Por este motivo, Gelman, en lugar de citar mal, con inoportuna ironía, uno de los argumentos defendidos por las Madres contra las exhumaciones, a saber, que sus hijos permanezcan con sus compañeros (y no "compañeritos" como escribe Gelman, frivolizando la idea de las Madres), pudo recurrir a cualquiera de esos documentos y plantear su debate con el respeto debido a quienes piensan de otro modo y construyen caminos permanentes de solidaridad y emancipación.

Se entiende que no todos puedan compartir y menos aún asumir, las exigentes posiciones de las Madres, pero una mínima honestidad militante señala códigos de franqueza, de investigación esmerada antes de arriesgar impugnaciones, de mediano tino frente a una trayectoria de acción y pensamiento que ha sido única en la propuesta de ocupar colectivamente la Plaza de Mayo, tan única que señala en derredor un vacío social histórico imborrable y todavía punzante. A ningún compañero, ningún intelectual crítico, ningún revolucionario de antes, de ahora o de siempre se le puede escapar, ni por un segundo, esa realidad que funda una praxis distintiva en el proceso histórico nacional: las Madres solas, en la Plaza, frente a los genocidas.

Las Madres de Plaza de Mayo protagonizan una ruptura político-cultural extraordinaria en nuestra sociedad. No se trata sólo de su inusual valentía, aunque ya con eso fuera suficiente, sino de la amalgama de lucidez, creatividad y permanencia en la acción que brinda a las luchas de nuestro pueblo y de otros pueblos hermanos, caminos liberadores y originales en la construcción del socialismo.

Cierto es, sin embargo, que sus pasos están siempre un poco más adelante que los del resto, por eso poseen el don renovado de marcar caminos, que luego, antes o después, recorren los pueblos. Por ejemplo, la Plaza de Mayo cuando nadie creía en la lucha abierta contra la dictadura genocida.

El rechazo histórico a las exhumaciones de cadáveres constituye, sin duda, una de las posiciones más revolucionarias de las Madres porque implica una ruptura política con el sistema genocida y una ruptura cultural con la sociedad que genera y renueva el genocidio como parte inseparable de su estructura. Gelman coloca la postura de las Madres, vaciada de su rica base argumentativa, dentro de la serie "organizadores del olvido". Qué poco conoce al movimiento. Ni el trabajo se ha tomado de leer "Nuestras Consignas", un documento clave del armazón teórico que sustenta la práctica de las Madres y que ocupa dos carillas de una hoja tamaño oficio.

Allí, las Madres fijan su posición innovadora que, precisamente por eso y porque la innovación no es ajena al sujeto político que la gesta, merecería curiosidad intelectual, análisis comparativo, discusión llana, si cabe, y no al biés.

"Nuestros hijos viven

Las Madres de Plaza de Mayo sabemos que nuestros hijos no están muertos; ellos viven en la lucha, los sueños y el compromiso revolucionarios de otros jóvenes. Las Madres de Plaza de Mayo encontramos a nuestros hijos en cada hombre o mujer que se levanta para liberar a sus pueblos. Los 30.000 desaparecidos viven en cada uno que entrega su vida para que otros vivan.

Rechazamos las exhumaciones

Las Madres de Plaza de Mayo rechazamos las exhumaciones porque nuestros hijos no son cadáveres. Nuestros hijos están físicamente desaparecidos pero viven en la lucha, los ideales y el compromiso de todos los que luchan por la justicia y la libertad de sus pueblos. Los restos de nuestros hijos deben quedar allí dónde cayeron. No hay tumba que encierre a un revolucionario. Un puñado de huesos no los identifica porque ellos son sueños, esperanzas y un ejemplo para las generaciones que vendrán."

Quienes no somos las Madres, pero caminamos junto a ellas, creemos que su consolidado vitalismo ofrece sustentos necesarios e inago s para la lucha revolucionaria. Un movimiento de mujeres madres que se ha desprendido políticamente de los atavismos funerarios y ha acuñado, en palabras y en actos, la categoría pródiga de la "socialización de la maternidad", nos está brindando valiosos nudos conceptuales articulados a una práctica coherente y siempre generadora. Desde ese corte cultural no cesa de brotar vida, lazos sociales contra el terror, acciones de transformación, discusiones políticas centrales para el avance de las luchas populares. Y "memoria fértil". Un tópico de su praxis que, a la vista del texto leído por Gelman en Salamanca, difiere en el punto de partida tanto como en el de llegada respecto de la defendida por el escritor. Gelman confía la memoria histórica a lo que puedan aportar los restos, factibles de hallarse, de los desaparecidos. La Asociación Madres de Plaza de Mayo se ha situado, para su lucha política, en un momento anterior al crimen y el espanto: confía la memoria histórica a lo que puedan aportar esos miles de luchadores y luchadoras en plena posesión de sus convicciones, cuerpos y palabras. Es una memoria que parte desde la vida de aquéllos y aquéllas hacia nuestras propias vidas y las por venir. Allí, recogen la experiencia vital del poeta Basho: "No busco a los antepasados. Busco lo que ellos buscaron".

Gelman desconoce la no operación afectiva e intelectual realizada por las Madres, mediante la cual sus hijos e hijas son reconocidos como revolucionarios y revolucionarias; acción reivindicativa de la historia personal de cada hijo o hija, articulada al proceso socio-histórico -sumamente resistida, claro, por el intelectualismo burgués-, que logra una síntesis histórica no alcanzada todavía por otras fuerzas populares: la de no detenerse en las parcialidades políticas ni metodológicas ni personales de una generación de militantes para, recién entonces, valorarlos y tomar conceptos movilizantes para el presente; la de haber logrado un modo de nombrarlos a todos y todas que los honre sin mezquindades, sectarismos, terrores ni medias tintas: revolucionarios, revolucionarias.

No hay lazo argumentativo que justifique la calificación de la línea política de las Madres como una "continuidad del pensamiento militar". Esa Infeliz acusación, lanzada sin más en la sede de la Universidad de Salamanca, una de las universidades que ha acompañado, en abril de 2000, el nacimiento de la Universidad Popular Madres de Plaza de Mayo, donde el genocidio es condenado en todas sus manifestaciones y la vida de las y los 30.000 compañeros es saludada diariamente, con apertura de pensamiento, espíritu de aprendizaje y compromiso con la victoria de nuestro pueblo, se ve refutada por treinta años de vida venciendo a la muerte. Una lástima que a Gelman se le escape este modo vibrante de memoria.

Estar a la altura de las Madres resulta, para nosotros, un desafío cargado de honorabilidad y satisfacciones en el intento de merecerlas. Ese rumbo puede no compartirse, pero no descalifica por sí a quienes eligen transitar otros caminos en busca de justicia. En cambio, endosar "continuidad militar" a quienes no han cesado de mantener a salvo la armadura ética de nuestro pueblo y de movilizar los proyectos de transformación que nuestra sociedad requiere, rezuma descuido, confusionismo, superficialidad, actitud embozada al tirar la piedra y callar el nombre político de la agrupación lapidada. Huellas actuantes del intelectualismo burgués que nos hacen añorar las bellas páginas de la poesía y el combate.

*Inés Vázquez

Antropóloga Social, Rectora de la Universidad Popular Madres de Plaza de Mayo.

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