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Nota de tapa

Asterix, metáfora de la resistencia

"Estamos en el año 50 antes de Cristo. Toda la Galia está ocupada por los romanos... ¿Toda? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles galos resiste todavía al invasor...". Así comenzaba la aventura en cada entrega de Asterix, el cómic europeo más leído en nuestro país. Opinan dibujantes argentinos, escribe Pablo De Santis y, desde España, Manuel Velasco aporta un recorte histórico de la derrota de Vercingetorix.

El tipo tenía bigotes amarillos, apenas un metro veinte de estatura, un casco con alitas y una cantimplora con poción mágica. Aún así, era la pesadilla del César y sus legiones.

La historia comienza tras la conquista del ejército romano sobre tierras galas, y la aldea de Asterix (un pueblo de ficción cuyo nombre nunca conocemos) es el último bastión de resistencia: una afrenta minúscula, pero sobre todo simbólica, al magnánimo poder imperial. Como Atila, Cayo Julio César dejaba tierra arrasada a su paso, al menos hasta toparse con el pueblo del bravío jefe Abraracurcix, cuyo único temor era que el cielo cayese sobre su cabeza. Una inadmisible bofetada al orgullo de Roma: un puñado de galos liderados por un anciano druida y un guerrero diminuto se burlaba de la civilización más avanzada de Europa.

Cuando René Goscinny esbozó las primeras ideas de lo que luego se convertiría en "Asterix el galo", en 1959; la historieta buscaba un nuevo camino y el mundo se empezaba a dibujar con tinta roja. Iluminados por las viñetas, los superhéroes norteamericanos se imponían a fuerza de poderes sobrenaturales y por su lugar de salvadores individuales de las buenas costumbres. Pero en el mapa real, es posible que el joven guionista francés haya absorbido algo del clima de época; aquel matizado por la aparición de héroes colectivos, líderes de masas y batallas desiguales (vale recordar: una islita contra otro imperio, casi al mismo tiempo, se asomaba a la Historia). Goscinny nació en Francia, pero se crió en Argentina, donde devoró durante su infancia la historieta de estas tierras en la edad de oro del género. También se relacionó con el estilo de los historietistas del país del norte y más tarde, de regreso a su país natal, comenzó a hurgar en la cultura francesa. Iba tras una combinación explosiva. Pero la magia demoró en brotar, al menos hasta que conoció a Albert Uderzo, el dibujante, quien supo interpretar el particular humor de su compañero y graficó de manera impecable cada idea expresada en el guión. Había nacido un entrañable personaje.


El relato

En la tapa del álbum, está de nuevo el tipo con bigotes amarillos, pero esta vez se ríe mientras abofetea a unos soldados romanos con cara de sorpresa, y también de humillación. Disfruta el tipo con bigotes amarillos de su faena, mientras detrás, al trotecito, se acerca un gordo simpático que lleva una piedra enorme en su espalda. ¿Una historieta para adultos que consumen, con ojos fascinados, los más chicos? ¿Un relato anclado en la historia europea que llama la atención del otro lado del océano? ¿Qué pasa con este cómic que siembra en los chicos más conocimientos sobre Historia antigua que toda la escuela primaria junta? ¿De dónde viene ese hipnótico elixir de aventura que nos lleva a citar sin errores, décadas más tarde, nombres inconcebibles pero entrañables como Edadepiedrix, Asuranceturix y Ordenalfabetix? ¿Quién puede negar que las primeras nociones de latín se las debemos al malhumorado César en la saga y a sus clásicos "Alea jacta est" o "Vini, vidi, vinci"? Los personajes hacen su aparición en nuestra memoria, y los lectores nos sentimos, de algún modo, partícipes de la gesta. Todos queremos ver a los romanos ridiculizados. Queremos ver a Julio César enfurecido, a los gritos y con la cara violeta. Queremos ver a Roma ofendida, retrocediendo ante las risas de un guerrero diminuto. Creemos en este tipo de heroísmo, nos identifica. Y disfrutamos cada victoria como si fuéramos chicos. Algo respira en aquella historia que nos parece propia, un elemento inasible dibuja un perfil bien criollo cuando de rebelarse ante la opresión se trata, cuando de resistir al invasor y defender lo nuestro se lee. Los chicos que fuimos devoran aquellas páginas. ¿Es que acaso la historieta no apela siempre al niño que fuimos; no nos empuja con su máquina de globos y viñetas a un viaje interior, más ingenuo y lúdico?

Dejemos de lado las recientes experiencias fílmicas con la saga que flaco favor le hacen a todo lo construido por los autores desde hace casi medio siglo. Es en la historieta, en el relato gráfico con toda la fuerza del género, donde radica el secreto de Asterix.

Después de varias experiencias previas con cómics sin demasiado suceso (Dick Dicks, Oumpah-pah, Jehan Pistolet, entre otros), Goscinny encontró la fórmula ideal, incorporando los mejores elementos del género a una historia épica-cómica de armado artesanal, con datos históricos concretos y una mirada aventurera que no deja a nadie en tierra. ¿Quién puede osar aburrirse con Asterix? El picante de esta receta es el humor, una mezcla de ironía francesa condimentada con la eficacia del gag norteamericano. La historia está plagada de guiños, detalles inolvidables en arquitectura, vestuario, armamento; referencias a la actualidad, personajes contradictorios que escapan del chiste fácil para imponer un humor pleno de inteligencia y complicidad con el lector. Otro elemento clave: el lector cómplice.

El retrato de los pueblos "bárbaros" en contraposición con el estilo de vida romano genera un desfile de personajes tan queribles como inverosímiles. Así, la brutalidad de los vikingos, la mala suerte de los piratas, la parsimonia de los bretones (aún en mitad de la batalla), la placidez de los helvecios, la ferocidad de los temerarios normandos (que se descascara cuando descubren el miedo), la soberbia de los germanos, entre otros tantos retratos culturales, chocan con la personalidad ampulosa y decadente de los romanos. Porque, en definitiva, también aprendimos con Asterix que todos los caminos conducen a Roma: la vida imperial en las villas, los intereses mezquinos y superficiales de sus ciudadanos, la torpeza y cobardía de sus soldados, la ambición de sus funcionarios, entre otros atributos "civilizados", son presentados aquí como el contraste absurdo de la "barbarie". Incluso los lutecianos (parisinos) muestran la peor cara de las grandes urbes (basta repasar "El regalo del César") como un reflejo de la modernidad y el desarrollo. Sin embargo, en la historieta hay un personaje clave que se asoma de forma paradojal: el gran enemigo, Julio César, es presentado como un verdadero líder, pero también como un pobre hombre devorado por los nervios y la ineptitud de los suyos; que padece a los galos y, a la vez, los respeta; que tiene pesadillas con un pueblito que lo convierte en el hazmerreír de Roma.


Retrato de un héroe

Goscinny vivió en Argentina hasta los 19 años y, seguramente, pasaron por sus manos todas las historietas de moda, incluido el clásico nacional Patoruzú, creado por Dante Quinterno. Por esta razón, muchos observadores del cómic apuntan, sin demasiado análisis, un parecido notable entre héroe el galo y el indio patagónico. Sin embargo, si comparamos las dos sagas con un mínimo de atención, las diferencias sobran por los cuatro costados tanto en la historia, como en el estilo, los personajes, el dibujo y el humor. Y, fundamentalmente, en la riqueza de algo llamado trama...


(La nota completa en la edición gráfica de Sudestada Nº70 - Julio 2008)

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Autor

Martín Azcurra