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El Salvador: Tres virajes paralelos

Presente, debates y perspectivas del Frente Farabundo Martì para la Liberación Nacional (FMLN) de El Salvador, que cuenta con importantes chances de ganar las elecciones presidenciales de 2009...

(I)

La guerra salvadoreña finalizó en enero de 1992, y el agrupamiento de fuerzas guerrilleras (el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional -FMLN-) que contribuyó a finiquitar la negociación estratégica con el Gobierno de aquel entonces, debió trocarse con premura, no sin titubeos, en un partido político. Este cambio de dispositivo organizativo modificó de forma drástica su fisonomía, su dinámica y su funcionamiento.

El FMLN, durante la guerra, puede decirse que fue una fuerza política compleja. Es decir, contó con un variado abanico de instrumentos que le permitió convertirse en una opción de poder.

Con frecuencia se hace referencia al período de la generalización de la guerra (1980-1992) y se señala que el FMLN es solo una fuerza militar. Esta manera de percibirlo, en aquellos años, obvia de facto el intrincado entramado político. Sin duda que el empeño militar (y los recursos concomitantes) constituyó una nota distintiva del proyecto político del FMLN, aunque esto no quiere decir que se redujo a esa caracterización.

El examen más o menos cuidadoso, entre 1979 y 1989, de la trayectoria de las instancias organizativas de masas, muestra con facilidad que aunque el factor militar se erigió en piedra de toque de la perspectiva de guerra, en ningún momento hizo que el FMLN dejara de preocuparse por desplegar sus otros instrumentos.

En 1979, la existencia de frentes de masas como el Bloque Popular Revolucionario (BPR) o el Frente de Acción Popular Unificada (FAPU), que habían sido gestados y articulados por las organizaciones guerrilleras (u organizaciones político-militares, como se autocalificaban), dejaba entrever que la plataforma guerrillera, a esas alturas, había adquirido un nivel de desarrollo significativo.

Para cuando tiene lugar la dislocación de las fuerzas guerrilleras hacia las zonas de montaña, sobre todo a partir del segundo semestre del año 1980, tuvo lugar una importante recomposición organizativa. En 1981, las organizaciones de masas habían perdido su carácter masivo en las ciudades, y en las denominadas zonas de control guerrillero el trabajo organizativo de masas había adquirido otras modalidades en el marco del proceso de guerra.

Entre 1983 y 1986, de nuevo en las ciudades, la movilización política de calle recuperó terreno y dio lugar a instancias como la Unión Nacional de los Trabajadores Salvadoreños (UNTS). Es decir, mientras en el terreno militar el ejército guerrillero del FMLN se desarrollaba, al mismo tiempo el trabajo político organizativo que influenciaba en las ciudades adoptaba nuevas modalidades.

De este modo, la acción militar y la acción política de masas formaban un constructo más o menos articulado. Y si a esto se suma el hecho de que el FMLN, en la década de 1980, debió habérselas con una sistemática y agresiva política exterior norteamericana, y que frente a esta hubo de darle forma a un sostenido esfuerzo de gestión político-diplomática, así como a un bien estructurado sistema de comunicaciones del que radio Venceremos era uno de sus vectores principales, pues visto esto, no puede menos que concluirse que el FMLN, en aquel entonces, era una fuerza política compleja.

(II)

Ahora, en 2008, el FMLN es una fuerza política simple. Solo es un partido político. Se dirá que la situación general del país es diferente. Y es cierto. Sin embargo, debe señalarse que la diversidad de instrumentos, de parte de una fuerza política concreta, no es un atributo de un proceso de guerra.

Desde 1992 hasta la fecha, el FMLN ha seguido casi una sola línea de acción: el derrotero de un partido político tradicional. Esto le ha reportado, en un sentido práctico, réditos electorales: diputaciones y alcaldías. Eso sí, aún no ha podido alcanzar un nivel de apoyo electoral como para superar de un modo contundente al partido Alianza Republicana Nacionalista (ARENA).

Este avatar electoral del FMLN, empero, ha terminado por desdibujar en este partido la perspectiva de transformación social que durante la guerra ostentó. Ahora no se trata de abrirle paso a un planteamiento innovador y flexible para intervenir sobre los apremiantes desequilibrios estructurales que un país como El Salvador padece, sino más pareciera que la cuestión cardinal se sitúa en la urgencia por acceder a una cuota (pequeña o grande) del poder político del Estado. Y más aún, todo indica que ganar por la vía electoral el Gobierno resultaría el punto máximo de su quehacer político.

El problema de este modo de entender la acción política reside en que es restrictivo y de corto alcance, porque pasa de largo por la realidad fáctica del sistema político salvadoreño.

Es inobjetable que desde 1994, cuando tuvieron lugar las primeras elecciones después del fin de la guerra, la sociedad salvadoreña ha experimentado una gradual distensión política. Pero este aspecto positivo se ha visto empañado por el desprestigio y la ilegitimidad creciente de la actuación de los partidos políticos que, por ejemplo, hasta el día de hoy carecen de una legislación específica que permita ejercer una contraloría social.

En el caso del FMLN esto es muy grave, porque si bien es cierto se trata del caso de una fuerza guerrillera que, gracias a un proceso de negociación estratégica, muda a partido político y logra posicionarse de forma relevante en el tinglado electoral, y esto es, sin duda, una excepción en América Latina. De ahí que la escasa imaginación política que ha mostrado hasta este momento el FMLN (donde la intolerancia y las expulsiones han marcado su dinámica) lo ha llevado a adoptar posiciones rígidas y en algunos casos inconsistentes.

Decir que el FMLN es una fuerza política simple es apuntar que ya no puede ser el agrupamiento político capaz de catapultar la transformación social en El Salvador.

(III)

En una sociedad como la salvadoreña la mera mención adjetivada del concepto de democracia no significa mayor cosa. De hecho, todos los partidos políticos salvadoreños, día a día, se desgañitan propalando su filiación democrática. La verdad es que quizá lo que quieren decir es que son partidarios de la celebración periódica de elecciones. Y claro, eso forma parte del imaginario de la democracia. Pero para un pequeño país periférico (como El Salvador) esto quizá sea muy poco. Sobre todo porque el déficit de participación marca de forma indeleble la convivencia social.

Lo cierto es que el FMLN ha reducido su accionar político al hecho de participar en elecciones y esto limita su perspectiva estratégica y drena la aquiescencia popular a la que aspira.

Y no se trata de desestimar lo decisivo que sería para El Salvador que la democracia encarnara. Lo que sucede es que mientras no se conciba como un ámbito y solo se la vea como un mecanismo electoral, siempre se estará caminando en arena movediza.

La teoría social contemporánea facilita está discusión, porque sitúa la posibilidad del contraste de experiencias de convivencia humana y, bien entendida, debería formar parte de la agenda de las fuerzas políticas de cuño transformativo

El FMLN, pues, no solo es un partido político más, también se encuentra al margen de las discusiones teóricas sustantivas, y por eso es poco lo que dice y menos lo que introduce como novedad en el proceso político salvadoreño. Si en el pasado el instrumento militar resultó decisivo en su planteamiento estratégico, en la hora presente la auscultación exhaustiva de la realidad social debería ser su equivalente.

(IV)

El empeño político del FMLN es, desde 1992, exclusivamente electoral. Su actual dirección cree que para 2009 es posible acceder al Gobierno. Y aún más: parte del presupuesto que si se ostenta esa cuota de poder político se generarán cambios decisivos para El Salvador.

Que solo se trate de una línea de trabajo exclusivamente electoral resulta, de entrada, sorprendente. ¿Es que toda la acción política puede condensarse en el acto de votar? ¿Cómo es que una fuerza política que antaño pudo habérselas en escenarios mucho más turbios ahora solo atina a posicionarse de forma electoral?

En El FMLN ha tenido lugar, quizás, un proceso de involución política. Un abandono de la perspectiva crítica y un sensible adelgazamiento de su voluntad transformadora. Y todo esto es lo que explica que no quiera mudar la piel y se niegue a comprender que una nueva propuesta de transformación social debe tener como punto de partida la idea de que hay diversos y complejos ámbitos de poder, y que esto acarrea consecuencias inevitables en lo que respecta a la acción política. De ahí que seguir pensando en una siempre endeble toma del poder político, dadas las circunstancias actuales y los marcos legales prefijados, resulta una aseveración endeble. ¿Se puede tomar el poder político, al acceder al Gobierno, cunado en un país como El Salvador el aparato estatal (que sería administrado por ese supuesto Gobierno) se encuentra prácticamente desmantelado en lo que respecta a la incidencia en los procesos económicos?

Y esto no quiere decir que sea irrelevante ganar unas elecciones presidenciales, no, pero se trata de situar en su justa dimensión esto.

Si el FMLN ganara las elecciones de marzo de 2009 (situación que no puede descartarse sin más), dada su actual andamiaje conceptual ¿podría configurar un escenario que favorezca una significativa recomposición estructural?

Dada la evidencia empírica actual, es muy difícil imaginar un escenario donde el FMLN deje, por mucho, atrás a ARENA. Porque eso querría decir que ARENA se habría adelgazado como fuerza política con casi 20 años de gestión gubernamental ininterrumpida. Y esto no es así, ARENA se ha desgatado, claro que sí, pero no al punto de hallarse en una situación de deterioro irreversible. De este modo, el escenario más realista de una posible victoria electoral del FMLN bien puede nombrarse como precario. Sin mayoría absoluta en la Asamblea Legislativa y con una cerrada puja en la elección presidencial, es quizás el techo máximo -si no ocurre algo extraordinario- que puede alcanzar el FMLN para 2009.

Establecidos estos límites, la pregunta que salta de inmediato es la relacionada con el sistema de alianzas que soporta la perspectiva electoral del FMLN. Y es aquí donde comienzan los problemas, porque el núcleo dirigente actual del FMLN, en un afán por garantizar un máximo de cohesión interna, decidió seleccionar por unanimidad como candidato presidencial a una persona externa pero de reconocida trayectoria progresista, y cerrándole el paso así a toda deliberación dentro de su variopinta militancia y a toda especulación pública.

(V)

En el quehacer electoral la formalidad de una fórmula presidencial muestra apoyaturas y evidencia intencionalidades. El FMLN no es la excepción.

El concepto que rige el discurso de Mauricio Funes, como candidato presidencial del FMLN, es el de viraje. En otro momento quizás hubiese primado el concepto de ruptura. Viraje en las condiciones actuales significa que un gobierno del FMLN no puede romper de facto los amarres con la ya dilatada gestión estatal de ARENA. Y esto, por razones estrictas de funcionamiento.

Por mucho que un gobierno del FMLN esté en desacuerdo con el modo peculiar de gestión económica que ha desplegado ARENA, resultaría una temeridad pretender un desacople drástico.

¿Desdolarizar la economía es un paso en firme? No, claro que no, y ya Mauricio Funes lo ha señalado: no es posible, tal y como están las cosas en este momento.

¿Modificar los aspectos esenciales del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos puede tener réditos económicos -no ya políticos- para un gobierno del FMLN? Es obvio que un gobierno de este tipio no puede aceptar como una verdad revelada las inocultables asimetrías de las plataformas económicas de los dos países. ¿Pero el rechazo al Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos es sensato y viable? El candidato presidencial del FMLN también ha dicho que deberá asumirse, no sin observaciones, por supuesto.

¿Con un aparato estatal tan debilitado en lo institucional y sin herramientas significativas para hacer sentir su peso específico en los procesos económicos (no como inversor ni como gestor, sino como articulador) puede un gobierno del FMLN facilitar un escenario de transformación estructural? Es muy difícil pensar en algo así.

Si a todo esto se agregan otras cuestiones no menos importantes como por ejemplo que con la dolarización no hay posibilidad de política monetaria o el grave desequilibrio en la balanza comercial (donde las importaciones doblan a las exportaciones) o que para dentro de un par de años tendrá lugar un «pico» de deuda (pago de capital de la deuda externa, compromiso de pensiones, etc.) que hará tambalear la economía salvadoreña, pues es difícil pensar en un drástico viraje económico de parte de un posible gobierno del FMLN. Sin embargo, en el discurso público este partido político insiste e insistirá en la necesidad y urgencia de un viraje de este tipo.

Un viraje económico, drástico, como en algún momento lo ha anunciado el FMLN, solo podría intentarse (sin un elevado pronóstico de éxito) si el sistema de alianzas construido por el FMLN fuese de amplio espectro. Esto no es así. Y no parece que será así.

Un gobierno del FMLN tendrá, de entrada, tres férreos y poderosos opositores: el partido ARENA, las cámaras y asociaciones empresariales -que son regidas por los intereses de los grandes empresarios- y los grandes medios de comunicación.

Este cuadro adverso no puede desestimarse si quiere hacerse de un gobierno del FMLN un momento de cambio. No obstante, pareciera que la dirigencia del FMLN se ha cerrado a esto y prefiere apostar a la ruleta rusa al dejar en manos de la volatilidad electoral la posibilidad de una relevante victoria electoral.

¿Es que no puede hacerse nada entonces? En lo económico lo que hay es un pequeño margen de maniobra; el respiro lo daría la concreción de un pacto fiscal. Pero de nuevo, el FMLN muestra su debilidad más acuciante: la inexistencia de un diversificado sistema de alianzas, donde debería incluirse un segmento importante de empresarios con capacidad de acompañar este pacto fiscal.

Para un gobierno del FMLN la mayor complicación es la comprensión general del tipo de sociedad que históricamente se ha constituido en El Salvador.

En el orden económico-social, pocas dudas hay de que se está en presencia de una sociedad capitalista. Pero solo asumir esta generalidad da pocos réditos al momento de plantearse un esfuerzo de recomposición estructural.

Asumir sin rubor que El Salvador es un pequeño país periférico comporta una perspectiva diferente a la que en la actualidad asume el FMLN. Es ilusorio creer que con una victoria electoral este país hallará un nuevo rumbo.

Sí, no es descabellado pensar en una victoria electoral del FMLN. Sin embargo, un viraje drástico en materia económica no es algo viable. Más bien, debería pensarse en un viraje en el terreno político, donde el eje principal sea la despartidización del sistema político. Pero el principal viraje debería centrarse en el ámbito de la estructura social: revertir el deterioro acelerado de diversos sectores de la sociedad (productores campesinos de granos básicos en pequeña escala, por ejemplo), que son garantía de estabilidad política y social.

Es decir, se trata de emprender tres virajes paralelos.

En San Salvador,
a marzo 10 de 2008

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Autor

Jaime Barba, desde El Salvador