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Entrevista a Eduardo Galeano

"Soy un cazador de palabras"

Eterno caminante de tradiciones y ritos latinoamericanos, voz desesperada de los olvidados, creador de relatos infinitos dispersos en cientos de voces desconocidas, poeta de la memoria. Fragmentos, pistas, sensaciones que permiten identificar al escritor Eduardo Galeano, que repasa en esta entrevista sus orígenes, la religión, el marxismo y otros sonidos de un universo sin fronteras.

La historia se reescribe todo el tiempo, muchas veces transcripta idéntica desde miles de años, otras, readaptada para que todos puedan reconocerse en su significado. Por esa senda caminan los relatos del escritor uruguayo Eduardo Galeano. Uno se sienta frente a él para charlar o realizar una entrevista e inmediatamente percibe que su atención no es forzada, es consecuencia de su modo de vivir y escribir. Uno comprende que lo sustancioso y concreto de sus respuestas se conecta con la búsqueda de palabras exactas para construir un mundo distinto, pero sin permitir que uno sepa quién sostiene ese mundo. El escenario para esta charla-viaje literario fue el concurrido café Nuevo Sportman. Desde Bocas del tiempo, su último libro editado, pasando por su infancia y la pasión por la plástica, nos disponemos a entrar en una caminata repleta de figuras precolombinas y sueños inquebrantables.

Es extraño que viniendo de una familia católica, le hayan permitido desde joven iniciarse en la militancia de izquierda y en el arte...

Yo tampoco sé muy bien por qué. Uno corre el peligro de inventar su propio pasado. No por mala fe sino porque tu memoria camina contigo y contigo cambia. Ella es tu mejor amiga, pero también, una peligrosa enemiga: puede seducirte ofreciéndote lo que querés. Pero por lo que creo recordar, sí, tuve una infancia muy católica, lo que no me impedía ese misticismo de la infancia, ni querer ser jugador de fútbol. Quería ser jugador de fútbol y santo a la vez, en toda la primera etapa. Pero jugador de fútbol no podía ser porque era un pata de palo, un imposible. Y santo tampoco: no tardé mucho en darme cuenta de que tenía ciertas tendencias al pecado. La iglesia se salvó. Incluso, en algún momento de mi infancia, hasta pensé en hacerme cura. Yo creo que hay un punto de inflexión posterior ahí que puede ser en la adolescencia donde uno empieza a descubrir todo a la vez, se te embarulla la vida y a cada uno le pasa lo que le pasa. Por caso, al morir Franco, España en una semana descubrió todo: el psicoanálisis, el marxismo, el sexo, la democracia, todo junto. Si uno tuviera una vida de varios siglos, ¡qué dios nos libre y guarde! Vivir tanto haría que la vida fuera aburridísima. Probablemente estas etapas que se atropellan en los albores de la adolescencia, quizás uno pudiera vivirlas de un modo menos agotador. Así como vienen, vienen. Son muy incomprensibles mientras las estás viviendo. A mí se me cayó dios por un agujerito del bolsillo, tempranamente, cuando era muy chico. Empecé a buscarlo en los demás y a ejercer la militancia y la solidaridad, y fue en aquel tiempo que quise ser dibujante y pintor. Se me da por ahí hoy también, hago dibujitos cada vez que puedo.

Lo que me llevó al mundo de las letras es que en aquel tiempo creía que podía hacer algo más que cartas a los amigos y dibujitos en las paredes (en el frente de su casa reelaboró pinturas indígenas mexicanas). Tardé demasiado en advertir que no era una falsa impresión, que había un espacio demasiado ancho y hondo, un abismo entre lo que quería y lo que podía, entre el deseo y el mundo. Ahí es que empecé a intentar con palabras, a decirme con palabras. Creo que empecé dibujando en periódicos muy temprano, tenía trece o catorce años. Un poco después, empecé a publicar articulitos sobre pintura, fútbol y otro del movimiento sindical, todo en el semanario socialista El Sol, que generosamente abrió sus páginas a mis disparates. A partir de eso, seguí intentando escribir y en eso ando. Me cuesta ahora tanto como me costó la primera vez, siento el mismo pánico que sentí la primera vez cuando vi la hoja en blanco, la hoja desnuda.

¿Por qué?

No sé por qué. Supongo que será porque no me jubilé de escritor, porque no me convertí en lo que Arguedas muy despectivamente llamaba un "escritor profesional". Arguedas, el gran novelista peruano, el que se suicidó, el que se mató a sí mismo, el que murió de Perú. Él encarnó la tensión insoportable entre las dos culturas; era blanco en Perú, no pudo soportar esa contradicción y se mató. Te decía antes que él despreciaba a los escritores profesionales, no en un sentido literal, ya que nadie es culpable de vivir de lo que hace con ganas y con amor. Vivo de lo que escribo y no me avergüenzo de eso. Pero él lo decía en otro sentido, lo decía en referencia a quien vive la literatura como una suerte de impostura que ocupa el lugar de la vida viva y que se convierte en una suerte de perpetuo artificio. Eso es lo que él llamaba un "escritor profesional". Yo no soy un escritor profesional en este sentido; lo soy en el sentido de que me gano la vida escribiendo, pero no en el sentido de que me crea el cuento de que por escribir estoy demostrando que fui besado por las hadas, no me lo creo para nada. Supongo que de ahí me viene ese temblor en las rodillas, esa inseguridad que es una prueba de que estoy de veras vivo, de que dudo, de que tengo miedo, de que escribir para mí es como el primer día, como la primera vez, un peligroso salto al vacío.

Usted dice que es escritor. Pero no es un "escritor-linotipista de palabras" sino que reescribe las que afinan con su música, su propia voz, y las transforma en su obra.

Yo hago lo que hacen todos, que es recibir de la realidad imágenes, voces, sueños, pesadillas que devuelvo porque creo que vale la pena contagiarlas, y eso es lo que hacen todos. En realidad, las fronteras que separan los diferentes géneros literarios o los modos de ficción o los documentos son bastante dudosas. Es muy difícil establecer una frontera de la realidad; que es real cuando vive sus vigilias, camina por las calles, trabaja, conversa y que también es real cuando duerme o cuando se hace la dormida. O sea: los sueños son parte de la realidad. No es factible trazar límites. Yo trato de escribir sin ninguna restricción, y lo que hago proviene de todas partes, de episodios pasados, que me parecen que valen la pena transmitirlos, comunicarlos, perpetuarlos. Leyendas, mitos, cuentos pasados o presentes de historias que me siguen a la vera de los caminos, en mis andares. Palabras que provienen de las cosas que recojo en los cafés, en las calles, del ahora que también es historia. La historia la estamos haciendo aunque no sepamos. Sí, está bien, soy un recogedor, un cazador de palabras. Las encuentro por ahí y las devuelvo a los lectores. Pero no las devuelvo como las recibí, porque sería un estafador. Como me cuesta mucho escribir, lo hago diez, veinte, treinta, cuarenta veces cada cosa, cada texto; o sea que no es fácil: a veces, los textos tienen originariamente veinte páginas y se reducen a un sólo párrafo...

La nota completa en la edición gráfica de Sudestada Nº65-Diciembre 2007

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Autor

Amalia Gieschen