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Las puertas de la tierra, de Carlos María Domínguez

Fragmento del libro Las puertas de la tierra. La escena de acero de los puertos y los marinos uruguayos, del narrador argentino Carlos María Domínguez. Publicado por el sello montevideano Ediciones de la Banda Oriental, Domínguez describe con belleza y precisión el universo que rodea un oficio desconocido: los prácticos en el Río de la Plata. Ilustraciones: Nicolás Arispe

En la madrugada del 11 de mayo de 1972 dos buques se cruzaron en el Codillo del Canal del Indio, 65 kilómetros al SW de Montevideo. El carguero inglés Royston Grange, de 7.100 toneladas, había partido del puerto de Buenos Aires rumbo a Londres con carnes refrigeradas, 63 tripulantes y 10 pasajeros en gira turística. El petrolero de bandera liberiana Tien Chee, con 42 tripulantes chinos y veinte mil toneladas de petróleo, entraba al río desde el puerto de Bahía Blanca, con destino a Buenos Aires. Los noventa metros en el fondo del trapecio fueron su ruina. Aunque ambos buques eran conducidos por prácticos argentinos, el del Royston Grange quiso abrirse del cruce del petrolero, el casco golpeó contra el veril (borde) del canal, rebotó y no hubo golpe de timón que impidiera la embestida al Tien Chee. Le incrustó la proa en el puente de mando. Inmediatamente reventó el tanque de amoníaco que llevaba el carguero para refrigerar sus carnes, el petrolero lanzó chorros de petróleo encendido sobre las cubiertas del Royston, cuya sala de máquinas explotó, y el agua se convirtió en una hoguera.

Un día después los bomberos y rescatistas que acudieron en auxilio todavía combatían las llamas, pero pudieron abordar la masa de hierros fundidos y deformes en que se había convertido el buque inglés. En el puente de mando hallaron las cenizas humeantes de cuatro individuos y en los camarotes y demás dependencias los restos calcinados de los 63 tripulantes y los diez pasajeros, todos ubicados en sus respectivos sitios, como si hubiesen muerto de un modo súbito. Durante años se presumió que el amoníaco los asfixió antes de ser devorados por el fuego, pero un juicio llevado en Inglaterra comprobó que el Royston Grange llevaba un cargamento no declarado de fósforo blanco con destino a Brasil, causante de la muerte masiva. A las víctimas del carguero inglés se sumaron nueve marineros chinos que ardieron en el agua, al intentar abandonar su barco.

La tragedia del Royston y el Tien Chee es una de las muchas que se cobró este río de gargantas estrechas como desfiladeros sobre el horizonte de cielo y agua. Si con las cartas, boyados, radares y navegadores satelitales que existen en la actualidad, su navegación es delicada y peligrosa, cabe ponderar las dificultades que hallaron los marinos españoles en el siglo XVI, cuando lo descubrían y conquistaban en barcos a vela que sólo podían navegar con viento de popa, sin cartas náuticas y con rudimentarias sondas.

Se ignora cuál fue el primer buque en naufragar en el Río de la Plata, pero a mediados de 1516 una de las tres carabelas de Francisco Torres, segundo de Juan Díaz de Solís, naufragó en medio de una sudestada a la altura de la isla de Lobos, cuando regresaba a España luego de que los indios cenaran al adelantado. Los cronistas de Magallanes ya hablaban con temor del Río de Solís y desde los viajes de Sebastián Gaboto las cartas señalan un banco que bloqueaba el ingreso al río, denominado Bajo de los Castellanos, con una proporción genérica que se extendía del meridiano de Montevideo hacia el Oeste.

Lo que poco a poco fueron descubriendo los marinos es la existencia de un banco de piedra y arena ubicado a pocas millas de la costa montevideana, con un perímetro de 79 kilómetros y diecisiete mil hectáreas de extensión, a oscilantes cinco metros de profundidad. En días de calma lo descubre la visión de blancas rompientes alzadas en el horizonte y el oído por su rugido. En la cabecera norte, frente a la isla de Flores, hay un metro de profundidad, pero hacia el N.O. forma un acantilado que pasa de cuatro a diez metros de hondura. Ha sido la pesadilla de incontables marinos y por empezar, del que le dio el nombre de Banco Inglés.

Habiendo partido de Plymouth el 13 de diciembre de 1577, el pirata Francis Drake circunnavegó el planeta esquilmando las arcas de los buques españoles. Un año después de partir pasó quince días en el Río de la Plata y desembarcó en la bahía de Montevideo, según el diario de su sobrino John Drake, quien lo acompañaba. El tío ya no habría de regresar, pero sí el sobrino, que en febrero de 1583 naufragó cuando un temporal deshizo su nave contra las rocas de Gorriti o Lobos, y se hundió en la posición que actualmente se conoce como Laja del inglés. Al llegar a tierra con dieciocho sobrevivientes, fue capturado por los charrúas. Trece meses pasó la tripulación en cautiverio de los indígenas, hasta que John Drake y dos compañeros consiguieron huir en una canoa. Cruzaron el río en busca de su libertad y lograron alcanzar la orilla bonaerense, pero sólo para cambiar de verdugos. Hallados por los españoles en una playa cercana a Buenos Aires y obligados a ocultar su condición de piratas, dijeron ser los únicos sobrevivientes de un barco mercante naufragado en el Bajo de los Castellanos. La mentira tuvo dos consecuencias: los enviaron al Santo Oficio de Lima para ser juzgados por piratas y herejes, y el Bajo de los Castellanos quedó rebautizado hasta nuestros días como Banco Inglés.

Sus arenas y rocas hundieron más barcos a vela que ninguna armada conocida en la historia de las batallas navales. La fuerza de los vientos y las corrientes convirtieron sus cabeceras Este y Norte en una siniestra tumba durante varios siglos. Con semejante recibimiento, se comprende que entre los navegantes, pronto se conociera el río como "el infierno de los marineros" y nadie se confiara al cruzar sus aguas, al grado que el costo de los seguros marítimos de los barcos que entraban al estuario equiparaba el de la travesía entre Europa y su embocadura.

Gran parte del problema consistió, en los orígenes, en hallar buenos puertos y reparos dentro del estuario. En 1536 Pedro de Mendoza fundó Buenos Aires sobre la costa occidental por haber hallado un riachuelo donde proteger sus naves. Se lo conoció como Riachuelo de los Navíos, pero como al cabo de pocos años la fortificación fue destruida por los indígenas, su ubicación exacta sigue siendo incierta. Unos creen que nombra al actual Riachuelo que limita el sur de la Capital Federal, y otros que se levantó sobre la margen de un río a la altura de Escobar, puesto que las crónicas hablan de una laguna cercana donde vivían los aborígenes y varias descripciones coinciden. Donde estuviera, lo cierto es que poco después de inaugurado, el fondeadero se tapó de barro y los barcos debieron anclar afuera, sin reparo y expuestos a toda clase de accidentes.

Un episodio refleja los duros precios que debió pagar, desde sus inicios, el comercio marítimo en el estuario. En abril de 1538 arribó al Río de la Plata la nave Santa María, cargada de mercaderías para vender en el puerto de Callao, una vez que cruzara el estrecho de Magallanes. Buscaba Buenos Aires, pero no hallándola, fondeó junto a la isla San Gabriel (frente a la actual ciudad de Colonia), y su capitán y mercader, el genovés León Pancaldo, embarcó en un bote para ir en busca de la ciudad y hallar un práctico que ingresara su barco. Ya de regreso, sin encontrar ninguna de ambas cosas, halló dos galeones, "Santa Catalina" y "Marañona", dispuestos a guiar su nave, pero lo hicieron con tan mala fortuna que al entrar al fondeadero la Santa María y la Marañona encallaron en un banco y se perdieron. Fue el primer practicaje efectuado a un buque mercante en el primitivo puerto de Buenos Aires. Hubo un juicio ordenado por la Corona de España, los protagonistas se acusaron mutuamente y el jurado falló en contra del genovés, que debió maldecir al río y a todas sus criaturas hasta el fin de sus horas porque las mercaderías que pudo salvar del naufragio y se proponía vender en Lima, debió ofrecerlas a los insolventes pobladores de Buenos Aires, quienes se comprometieron a pagarle cuando hallaran el oro y la plata que esperaban descubrir. No sólo nunca encontraron oro, poco después el poblado fue arrasado por la indiada y Pancaldo siguió a sus deudores en su larga fuga hasta la ciudad de Asunción, donde falleció sin recuperar un cobre...

La nota completa en la edición gráfica de Sudestada nº62-Septiembre 2007

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Carlos María Domínguez