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Entrevista

Black Amaya: el último baterista

Fue parte de Pescado Rabioso, de Billy Bond y la Pesada, y de Pappo's Blues, entre otras bandas, a lo largo de cuatro décadas. Dueño de una trayectoria de lujo, Black Amaya es uno de esos músicos que sigue trabajando, que no se resigna y que resiste las modas desde el fondo del escenario batiendo parches al ritmo del boggie-boggie. por Walter Marini Fotos: Julieta Gómez Bidondo

La historia del rock ya tiene un lugar especial para él. Su estilo y su paso por varias de las bandas más importantes que nutrieron a la escena local del género, marcaron a través del tiempo que no es un baterista más. Transitó el camino del rock y el blues, acompañó a muchos artistas; hasta que, a mediados de 2005, volvió a sentarse frente a la batería para darle forma a Concarán, primer disco que lo encontró como líder y letrista, una faceta que todavía no había descubierto.

Radicado en la ciudad que da título al disco, con 56 años a cuestas, y en medio de las presentaciones que viene realizando por el conurbano bonaerense y el resto del país; Black Amaya se tomó un respiro y, en esta entrevista con Sudestada, habló sobre la producción que grabó con el quinteto, su relación con Luis Alberto Spinetta y Pappo, sus orígenes, la hipocresía del ambiente del rock y las nuevas generaciones.

¿Cómo surgió la idea del disco?

Fue una idea que tenía en mente desde hace mucho tiempo. Quería formar una banda con un contrabajo y un piano acústico porque me gusta ese sonido. Entonces, una vez, escuchando el disco Johnny B. Bad, de Johnny Jonson, dije que quería tener una banda con ese sonido, ya que me gustaba cómo tocaba el blues y el boggie-boggie y, además, porque fue pianista de Chuck Berry durante veinte años. El disco fue grabado por Álvaro Villagra, y lo hicimos de un tirón, como lo hacían las viejas orquestas de tango o de jazz. Nada de computadoras, buscando un sonido de los sesenta. La selección de temas fue de clásicos como Rolling Stones, BB King, Manal, Spinetta. Lo titulé Concarán porque es el lugar donde vivo junto a mi mujer, en San Luis.

Siempre acompañaste a otros músicos, ¿cómo te sentís liderando una banda y escribiendo canciones?

Me siento un poco raro cuando tengo que poner la cara y saludar al público. Mi fuerte no es el micrófono sino la batería. Y esto de llevar las riendas surgió por estar acompañando mucho tiempo a distintos músicos. Siempre toqué lo que me gustó, pero acompañando a otras figuras. Ahora es distinto porque elijo los temas y, además, escribí por primera vez en mi vida para una banda. Tengo en claro qué sonido quiero, y hacia qué dirección musical voy. En este disco debuté como letrista, y lo que trato de decir es la verdad, y de no confundir a la gente más de lo que está. Hablo de mis sueños, de mis vivencias, de la actualidad. Me guío por la vertiente y el estilo que creó Javier Martinez, uno de los grandes letristas de blues. Siempre tratando de ser honesto, sincero, y de no caer en lo chabacano, porque es difícil escribir blues y rock and roll sin nombrar la birra, la puta y la policía.

¿Por qué le dedicaste el disco a Pappo?

Porque fue mi gran amigo. Con él grabé el primer disco. Fue toda una novedad cuando lo conocí, con todos esos pelos revueltos. Yo vivía en Villa Insuperable y Héctor Starc me llevó a la casa de él, en La Paternal. Conocí su lado íntimo, el del pibe de barrio. Dormí en su casa. Nos juntábamos las dos familias. En las giras, compartíamos la habitación. Yo me hice conocido gracias a él y a Spinetta. Siempre fui consciente de mi rol como baterista y músico. Me hubiese gustado mucho que me venga a felicitar por el disco como hizo "el flaco", que me dijo: "Genio, sos un genio. El quinteto es muy groso, el cantante es muy bueno, el guitarrista es muy fino, el pianista la rompe, dale para adelante"; y le dije que estaba loco, porque "el flaco" es muy detallista. Recuerdo que llegó a decirme que la versión que hicimos de "Me gusta ese tajo" fue la mejor que escuchó en su vida. La puso al mango en su consola y, te puedo asegurar, que la disfrutó al máximo. En cambio, Pappo no me hubiese dicho lo mismo, porque cuando sacamos el disco con Los Robertones, me dijo: "Es excelente, pero acá no va a andar porque son todos sordos".

¿Cómo era tu relación con Pappo?

Es un hermano de la música. En una de las giras que hicimos, nos habíamos prometido dos cosas: que si yo me moría primero, él se hacía un tatuaje con mi nombre y si no, al revés. Entonces, como yo siempre pensé que me iba a cagar, al final no me lo hice. Pero creo que me lo voy a hacer porque se lo prometí. Y la otra, fue cuando en una gira estábamos en la habitación del hotel con la luz apagada y en una de esas charlas me dijo: "Negro, cuando tengamos sesenta años vamos a tocar en esos boliches de blues, vestidos de frac, y vamos a cobrar la entrada a cien mangos y vamos a darle cátedra a todos esos". Y le faltó poco. Yo lo tengo ahí arriba. Cuando grabé Concarán, en la pared que daba frente a mi batería, estaba el poster con Pappo tocando la viola y con un pucho en la boca. Y, al final, grabé el disco mirándolo a él. Y siempre le pido a él, sobre todo cuando tengo algunos mieditos que me agarran. Lo respeté y lo quise, y aprendí mucho de él. Y siempre le dije la verdad: que se alejara de cierta gente que lo rodeaba y lo adulaba, y que lo engañaba, que podía estar con nosotros, con los amigos; pero, lamentablemente, la noche tiene estos buitres que andan alrededor y se agarran de los más débiles. En España, vi una película sobre la vida de Jimmy Hendrix que acá nunca pasaron, en la que habla el padre, la gente del barrio, sus novias, y todos coincidían en que era un tipo tímido y muy inseguro, muy niño y débil. Y que se encontró con gente pesada que lo fue arrastrando por un camino equivocado. Y con el Carpo fue algo parecido. Me acuerdo que cuando lo velaron y se llevaban el ataúd -yo no fui al cementerio porque estaba lleno de caretas y de cámaras- me quedé abrazado a mi señora junto con Pomo, y lo terminé despidiendo donde lo conocí, en su casa. Me da bronca cuando hacen tributos baratos y ni siquiera a la hermana, que está sola, le dan un mango. El rock es muy hipócrita.

Volviendo a la composición de las letras, ¿no creés que el género ya parece agotado?

Nunca va a estar agotado. Yo trato de abordar otras cosas. Me cuesta mucho; primero, porque no soy escritor y segundo, porque después de haber tocado con Spinetta, ¿qué puedo llegar a escribir? Pappo, por ejemplo, era muy divertido para escribir letras. Pero yo no soy divertido como él, ni tengo el intelecto del "flaco". Tengo que ser un poco de todo eso que fui escuchando a lo largo de los años, y de esos maestros que, para mí, siguen siéndolo. La idea es tratar de que me entiendan, porque yo no escribo para traer gente a mis presentaciones porque sí. Yo no consumo drogas ni alcohol desde hace quince años. Entonces no puedo hacer una letra que diga "entregá la bolsa" o "me tomo tres birras de rock and roll y pizza", porque además es mentira, ya que no consumo. Aunque yo conozco lugares bajos, viví allí, toqué en barrios denominados "pesados", no puedo hacer como que soy uno más de ellos, y muchos lo hacen, por la simple razón de que eso vende. Si yo hablo de la miseria del otro descaradamente y me tomo una birra arriba del escenario o me fumo un porro, seguro voy a tener más pendejos que me van a seguir. Todo eso a mí no me interesa. Por eso hay que tener cuidado con los mensajes que ciertos músicos tiran desde arriba, con esa onda del reviente. No lo digo desde un lugar moralista, yo lo viví. Porque vos estás tocando arriba del escenario y si tenés una adicción, te vas a internar; pero el pibe que está abajo, aspira Poxirán; no toma champán ni whisky etiqueta negra, toma tetrabrik: así que no es verdad que somos todos iguales, que no mientan...

La nota completa en la edición gráfica de Sudestada Nº58 - mayo 2007

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Walter Marini