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Viñetas sueltas

MAUS: Sobrevivir para contarla

Precursora del espíritu que en 1986 invadió al cómic de superhéroes -y que le dio lugar a su adultez con las recordadas Watchmen y The Dark Knight Returns-. Editada como libro en ese preciso año, Maus de Art Spiegelman es la compleja y simple historia de Vladek, padre de Art, quien logró salir vivo del tristemente célebre campo de concentración de Auschwitz. A partir de los relatos que hace a su hijo, se genera una obra doblemente autobiográfica, en la línea negra (y blanca) de las historias que invadían el cómic under norteamericano. Escuchemos la voz de quien pudo volver del infierno.

La historia de Vladek, el sobreviviente, se inserta en el marco de la Generación beatnik, los derrotados. No es casual que el sufijo despectivo -nik provenga del yiddish, la lengua de los judíos, del propio Vladek: en esa generación que recorrió amargamente los finales de la década de los cuarenta y los años cincuenta se enmarca también la tétrica existencia de los sobrevivientes de los campos. El aullido del que habla Ginsberg es el mismo aullido que le oímos a Vladek por las noches y el que muchos prisioneros no podían contener en las terribles barracas que habitaban antes de ir hacia los hornos. Esta generación que no encontraba salidas pero sí muchas entradas al dolor tuvo que salir al camino para hacer de la experiencia una vida posible, una escritura posible. La diferencia entre ellos y un hombre como Vladek se presenta clara, evidente: a este, la vida (la muerte) se le puso en el camino; la experiencia fue una imposición de la Historia y la historia que le quedó por contar (que no le quedó otra que contar) venía escrita de antemano y era, sin matices, una historia de terror, la Historia del terror.

Doble vida

Como autobiografía, digamos que Maus resulta a simple vista rara: es la autobiografía de Vladek porque él le cuenta lo que ha vivido a su hijo, quien va tomando notas y grabando esas charlas, pero también es un intento de Art por encontrarle sentido a su propia vida. El libro arranca con lo que en apariencia va a ser el relato de vida de Art, con un episodio -a modo de prólogo- de su infancia, pero en medio del relato irrumpe la figura del padre para corregir las apreciaciones del hijo con respecto a lo que es una verdadera amistad y hace su aparición fantasmal la historia de la supervivencia de Vladek. En esa tensa relación, y a partir de ese primer desplazamiento, la voz de Vladek tiende a imponerse como la voz de la autoridad (la voz autoritaria) que borra sutilmente -o parece borrar pesadamente- esa otra poderosa voz, la del autor. Cuando en el capítulo primero, Art le pide a su padre que le cuente sobre Polonia y la guerra, Vladek le responde que nadie quiere oír esas historias. Y pese a sus palabras cede, como una Sherezade que no debe ya sobrevivir, sino que busca retener al hijo a su lado después de haber tenido con él una relación difícil durante casi toda su vida.

Animal Farm

Lo que nos llega sin embargo a nosotros, lectores privilegiados, es sin lugar a dudas la versión de Art, que en algún que otro pasaje se muestra duro e inflexible con su padre, tratando de que le dé fechas exactas y de que cuente el relato cronológicamente, para no perder nada pero también como forma de imponerle una forma, valga la redundancia, al material recibido (el orden es una obsesión paterna, su otra herencia). Es su decisión también la de representar a los personajes como animales (los judíos como ratones, los alemanes como gatos, un juego perverso) en la ardua tradición de los fabulistas y de los funny animals de los comics. Y si bien las entrevistas fueron reales (las grabaciones existen), no podemos saber cuánto o qué parte de lo que cuenta Art verdaderamente fue vivido por Vladek (ni, claro, cuánto de lo que cuenta Vladek fue verdaderamente así)...

(La nota completa en la edición gráfica de Sudestada)

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Autor

Hernán Martignone