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Juan Pablo Rebella: Gracias por el cine

El jueves 6 de julio nos sorprendió con una noticia tan triste como inesperada: Juan Pablo Rebella se había suicidado. En los últimos años, junto a su compañero Pablo Stoll, se había convertido en uno de los nombres más importantes del cine rioplatense. Cuando buscar explicaciones parece inútil sólo resta celebrar lo que nos dejó, dos de las mejores películas de lo que va del siglo: 25 watts y Whisky.

"Después de todo/ la muerte es sólo un síntoma/ de que hubo vida"Mario Benedetti

"Hago cine porque soy un inútil, no sé hacer casi nada, y más o menos lo único que puedo hacer es esto. Aparte de porque me encanta" Juan Pablo Rebella

"Los libros que más me conmueven son los que, al terminar de leerlos, a uno le dan ganas de que el autor que los escribió fuera amigo suyo para poder llamarlo por teléfono en cualquier momento", nos confiaba Holden Caulfield desde las inolvidables páginas de El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger. Tras ver por primera -segunda, tercera o vigésima- vez 25 watts y Whisky es imposible no parafrasear a Holden: uno quisiera ser amigo de Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll, levantar el tubo e iniciar una conversación larga distancia con la vecina orilla.

En la historia del cine rioplatense se han visto pocas historias tan complicadamente sencillas, tan cercanas, tan entrañables, tan simpáticas, tan melancólicas y tan bien contadas como las que nos regalaron en estos últimos años Rebella y Stoll. Personajes tan distintos y a la vez tan parecidos como el Leche -un joven de pocas luces a punto de recibirse del liceo- y Jacobo Köller -un cincuentón tosco y gris, dispuesto a representar una mentira- forman parte del perfecto e inolvidable fresco de Montevideo que la dupla de directores presentó al mundo entero.

Hoy resulta difícil aceptar -tan siquiera comprender- la insoportable realidad: Juan Pablo Rebella ya no está, y nunca vamos a ver todas las películas que su sola presencia nos prometía. El consuelo -si tal cosa es posible- está en esas dos maravillas que, junto a Pablo Stoll, nos dejó para volver a ver, siempre con una sonrisa.

Mucho más que dos

El cine -un arte que por definición es colectivo, ya que involucra a infinidad de gente en las distintas etapas del proceso de producción- tiende a ser presentado como la obra de una sola persona: su director. Por eso la sorpresa cuando en 2001 se estrenó una película de Rebella - Stoll: "¿estamos hablando de dos personas o se trata de un apellido compuesto?" Eran dos y la pregunta obligada -que la dupla se hartó de contestar- tenía que ver con cómo realizaban el trabajo. "La clave es transar, ceder. Yo soy obsesivo y demasiado romántico y explicativo. A veces dejo que Pablo decida. A veces al revés. Además en el equipo somos mucho más que dos", contestó en una oportunidad Rebella.

Se conocieron mientras cursaban la carrera de comunicación audiovisual en la Universidad Católica de Montevideo. Comenzaron a trabajar juntos en la facultad y todo pareció encajar. Codirigieron algunos cortos en los que trabajaron con varios de los amigos que más tarde los acompañarían en el salto más grande de su carrera: el primer largometraje. A los 25 estaban rodando 25 watts, cuyo guión habían comenzado a escribir cinco años antes.

Dame luz

Dos jóvenes en una vereda montevideana, un sábado por la mañana. Uno recoge una bombita que yace en el cordón. Se la muestra al otro y le dice: "Mirá, se te cayó otra idea". "¿Sí? ¿Cómo sabés que es de las mías?". "Porque es de 25".

25 watts, la opera prima de Rebella y Stoll, que contaba la historia de tres jóvenes a lo largo de un sábado gris en un barrio de Montevideo, revolucionó al cine charrúa. Premiada en Rótterdam, Buenos Aires, La Habana, Bogotá, Valencia, Lima y Barcelona, no sólo le abrió puertas a sus jóvenes directores sino que ubicó al cine uruguayo en el mapa de la cinematografía mundial. Sin ser pretensiosa, la película jugaba desde lo formal. Las apuestas estéticas eran muchas. Rodarla en blanco y negro, en la era del technicolor, no era la menor. Planos inusuales, alteración de la velocidad de las voces, metáforas visuales (uno de los personajes se ahoga -literalmente- en un vaso de agua) y otras exquisitas originalidades (alguien pone un disco y durante toda la escena la cámara gira, como si estuviera ubicada sobre la bandeja del winco), hacen de 25 watts una película única y fresca, en la que cada plano y cada elección formal tiene una razón de ser. La pregunta se repetía en cuanto país la dupla de directores pusiera el pie: ¿para cuándo la segunda?

Digan "whiskyyy..."

Un hombre excesivamente alto y una mujer pequeña posan delante de un fondo celeste. Podrían parecer un matrimonio, pero hay algo en el espacio que se impone entre los dos, en la incomodidad de sus poses, en el silencio que los domina, que nos dice que no lo son. Una voz en off le pide al hombre que se agache un poco, para componer la imagen. Al rato se oye esa frase que precede a la sonrisa falsa y un poco incómoda: "digan whiskyyy...". Tras lo que se escucha un flash.

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"El cine pierde un valor muy grande"

Por Raúl Perrone (*)

Sería muy triste que 25 watts y Whisky cobraran notoriedad porque Juan Pablo se murió. A mí me parece que las dos películas fueron interesantes. Personalmente me gustaron porque tienen que ver con la misma manera de pensar y de sentir el cine que tengo yo.

Los conocí porque Fernando Martín Peña en un momento me dijo "hay unos chicos uruguayos que te dedicaron una película". Yo no conocía nada de ellos. Después, por declaraciones suyas me enteré que fueron influenciados por mis películas, especialmente por Labios de churrasco, a la cual prácticamente le dedicaban 25 watts.

Cuando vinieron a Buenos Aires, al Festival de Cine Independiente, pidieron conocerme. Los conocí, y me parecieron sumamente encantadores. Después, cuando se estrenó la película acá, los invité a mi programa Cara de perro. Siempre tuvieron un afecto muy especial hacia mí, y yo se los retribuí. No nos veíamos asiduamente pero cada vez que me los encontraba, cuando venían a Buenos Aires para el festival y me los cruzaba, siempre había admiración y cariño mutuo. Pero no tuve una relación muy estrecha con ellos, simplemente me enteré de su existencia porque me habían dedicado una película. Siempre los puse como ejemplo, me pareció que fue muy lindo que dos chicos en Rótterdam le dedicaran la película a un argentino, cuando a veces directores argentinos hablan de influencias de otro lado.

El cine se renueva todo el tiempo. No sigo mucho el cine uruguayo, pero me da la impresión de que hay muchos nuevos cineastas que están yendo por ese camino. Sería terrible que el cine uruguayo se detuviera ahí. Supongo que ellos, con el reconocimiento que adquirieron en el exterior, pudieron haber abierto puertas para nuevos cineastas. Siempre suelen pasar esas cosas, que con algunas películas pasan cosas afuera y abren puertas a nuevos cineastas para que puedan seguir camino.

Lamento mucho todo esto que ha pasado. Cuando me enteré lo sentí mucho, porque era alguien a quien realmente quería. Cuesta mucho entender la decisión que tomó, era una persona que tenía todo un futuro por delante. Me pareció terrible. No compartí muchas cosas con él, pero las pocas veces que nos vimos han sido de un cariño muy intenso, porque era de esa gente con la que pegás onda enseguida. Me puso muy triste la noticia y me parece que el cine pierde un valor muy grande.

(*) Es director y guionista. Algunos de sus títulos son Labios de churrasco, Graciadió, 5 pa'l peso, Ocho años después y Tarde de verano.

(La nota completa en la edición gráfica de Sudestada Nº51-Agosto 2006)

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Autor

Anabella Castro Avelleyra