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Sin frontera

Los mas solos de California

En la última década, Slab City ha ganado fama de mito: en pleno Desierto de Sonora, en una base militar abandonada, habita una comunidad donde cualquiera es bienvenido. Allí, rodeados de chatarra y al margen de la sociedad, un grupo de outsiders ha levantado un supuesto refugio. A pocos días de cerrar el 2017, un año que ha sido duro para los migrantes en Estados Unidos, dos chilenos de allegados en California nos internamos en la ruta en busca de esta Tierra Prometida.

Frente a nosotros, en la habitación que aquí llaman "La Sala de Música" ("The Music Room"), la fotografía, de unos 80 por 50 centímetros y enmarcada en madera tallada, proyecta la divinidad de una estatuilla religiosa. Ubicada estratégicamente sobre un piano de cola, cuelgan a su alrededor: guitarras eléctricas, cables enrollados, tapas de neumáticos, calcomanías pegadas a muros y estantes, figuritas y trofeos cubiertos de polvo. Ese polvo que aquí, en el Desierto de Sonora, California, lo devora todo.
"Y el de la foto, ¿quién es?" le pregunto al Mago, lo más parecido a un guía turístico en este museo de chatarra llamado "East Jesus". Desde la imagen descolorida, un hombre joven, de unos treinta y tantos, gafas de cristal rojo, torso desnudo y panzón, sonríe asomado por la puerta de una combi. El anciano da un sorbo a su copa de vino y me muestra los dientes negros: "Oh, ese es Charlie".
"Charlie" es Charlie Russel, el difunto fundador de East Jesus. Sus cenizas se guardan aquí, en La Sala de Música, sitial apropiado para tan célebre personaje. Apenas unos minutos antes, Christopher, uno de los artistas que residen temporalmente en el museo, me ha contado la leyenda.
Russel fue la piedra angular. En 2007, renunció a su empleo y se mudó a Slab City, una toma de casas rodantes en mitad de la nada, mismo terreno que el artista Leonard Knight eligió en los ochenta como sede para su famoso monumento"Salvation Mountain". Por aquel entonces, Knight ya había empezado ganarrenombre gracias a su obra: una montaña de adobe, basura y miles de litros de pintura látex con la que buscaba profesar su amor por Dios. La intención de Charlie era unir fuerzas con Leonard, pero las cosas no habrían resultado como él esperaba. Aparentemente, habrían tenido visiones diferentes. Fue así que Russel decidió levantar su propio monumento, un jardín de arte chatarra que bautizó "East Jesus"; coloquialismo que significa "tierra de nadie".
Pero si Salvation Mountain, con sus senderos multicolores y su "GOD IS LOVE" en letras de un metro de alto, simula un Paraíso en la Tierra, East Jesus es todo lo contrario; un Jardín de los Lamentos habitado por maniquíes desmembrados, cadáveres de automóviles, figuras humanas ensambladas con piezas de electrodomésticos. Cables, clavos, vidrio roto, hojalata oxidada. Es como si todo aquí fuera, al menos en potencia, peligroso.
La más llamativa de las esculturas del museo se llama "TV Wall" y consiste en una muralla de aproximadamente tres metros de alto, veinte de largo, fabricada con carcasas de televisores viejos. En sus pantallas pintadas de blanco,se leen frases irónicas que cuestionan el rol de la televisión en la sociedad norteamericana ("don't be yourself", "free thought *only $89.99", "you need more stuff", etc). Su autor es Flip Cassidy.
Para nuestra suerte, Flip está hoy aquí. Lleva tres meses viviendo en East Jesus. "Estoy seguro de que a Flip le encantaría hablar sobre su trabajo. Vamos, vamos a buscarlo", dice el Mago mientras da golpecitos con su bastón en la alfombra persa que cubre el suelo de tierra.
"¿De verdad?", pregunto, incrédula. Me cuesta creer que un artista "famoso" acceda, así como así, a hablar con desconocidos. "¿No estarás riéndote de mí? ¿Me harás hacer el ridículo…?"
El Mago frunce el entrecejo. Veo deformarse el ying-yang que lleva tatuado en la frente."¿Por qué habría de engañarte? ¿Por qué haría algo así?", me pregunta.
Por un momento, siento que he cometido un error terrible: lo he ofendido en lo profundo de su ser. Gesticulo. Intento explicarle que, a veces, las personas hacen esas cosas. "Tranquila. Aquí no somos así," sonríe, esos dientes negros otra vez. "Pero sé que algunos pueden ser verdaderos imbéciles, cuando quieren serlo. Entiendo el mundo del que mundo vienes."
Pero el Mago no tiene idea de qué mundo vengo. O que mi mundo ha cambiado más en los últimos doce meses que en una vida completa. A mediados de 2016, mi esposo y yo aterrizamos en California, a bordo de un avión proveniente de Chile, con sólo tres bolsos y dos visas: una de estudiante, la otra de cónyuge. Los primeros meses nos desenvolvimos como lo haría un turista, cautivados por lo limpio de las calles, lo puntual del transporte del público, lo cordial de los locales. Pero la fachada sólo puede sostenerse por un margen de tiempo. En eso se diferencian turista y migrante: el primero regresa a casa antes de que la ilusión se venga abajo; el segundo, a menudo, debe hacer lo posible para no quedar atrapado bajo los escombros.
En poco tiempo descubrí que, para el norteamericano promedio, Sudamérica es como una masa densa y homogénea, cuyos habitantes se agrupan todos bajo una misma etiqueta: "latinos" –quienes, por lo demás, no somos particularmente apreciados–. Con el paso de los meses, la experiencia cotidiana fue mutando, trajo consigo un nuevo trato: insultos en la calle, miradas incómodas al entrar a una tienda, la indiferencia de la mesera en el restaurant, la sensación de ser bicho raro. Como resultado, es difícil no volverse en extremo consciente de tu persona, como si te sintieras obligado a caer bien,a demostrar que eres digna de estar aquí. Tampoco ayudó que tres meses después de nuestra llegada saliera electo presidente Donald Trump, ni que su primer año de gobierno estuviera marcado por discursos y medidas anti migratorias aplaudidas por muchos. En octubre pasado, el gobernador de California firmó un decreto que declaró el estado "santuario" para los inmigrantes. Así y todo, hay días en que te levantas y debes desviar la mirada del espejo para no preguntarte a ti mismo: "¿Qué estoy esperando para volver a mi país?"
Poco después del triunfo de Trump, leí un artículo online que hablaba sobre Slab City y la describía como "el último lugar libre de América". Una comunidad para rezagados, levantada en los sesenta sobre los restos de una base militar abandonada, adonde habían emigrado hippies de antaño y subversivos de hoy. En el último año, mi mente ha viajado una y otra vez hasta este lugar buscando alivio –la ilusión de un mundo de iguales, donde hombres y naturaleza viven en comunión–. Donde el ser "distinto" es un punto a favor.
Hoy, un año más tarde, estoy aquí, cubierta en polvo, de pie frente a un anciano de barba canosa y nombre místico que me recuerda, sin quererlo, mi condición de forastera...


Fotos de Boris Yaikin C.


(La nota completa en la edición gráfica de Sudestada... ¿Por qué publicamos apenas un fragmento de cada artículo? Porque la subsistencia de Sudestada depende en un 100 por ciento de la venta y de la confianza con sus lectores, no recibimos subsidios ni pauta alguna, de modo que la venta directa garantiza que nuestra publicación siga en las calles. Gracias por comprender)

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Autor

Bernardita García J.