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La corta vida feliz de Federico Moura

El viernes 20 y el sábado 21 de noviembre de 1987, Virus presentó en el estadio Obras Sanitarias –por entonces “la catedral del rock”– su séptimo disco. Sería el último con su vocalista original; una enfermedad fulminante y entonces casi desconocida, el VIH, no le permitiría más. Sólo en la primera semana se vendieron alrededor de 30 mil copias. No fue un amor de primavera sino el cierre de un ciclo. ¿Qué hace de aquel Virus un clásico, qué tiene para cantarnos hoy?

Existe una historia oficial del rock en Argentina, o acaso corresponda llamarla vulgata, según la cual corresponde a Virus ser los abanderados del hedonismo tras el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional. Los hermanos Federico, Marcelo y Julio Moura, junto a Ricardo Serra (luego Daniel Sbarra), Enrique Mugetti y Mario Serra serían quienes, en el contexto de la restauración democrática tras el genocidio, habrían impuesto el culto a la primacía del cuerpo, al goce, al baile, a la liviandad, al descompromiso. Características, salvo el descompromiso, presentes en Virus, pero que no alcanzan para definir su originalidad y su importancia. De aceptar este planteo, la banda nacida en La Plata tendría el dudoso privilegio de ser una especie de lejana antecesora de Mambrú, Miranda, Leo García o Babasónicos. Pese a las inadmisibles pretensiones vanguardistas de los dos últimos ("¡Por qué no se buscan un trabajo decente!", podría renegar Pappo desde su tumba), se trata de productos pop bailables de un sentimentalismo chirle (o líquido), sin ninguna densidad cultural, con músicas tan elementales como olvidables, que a lo sumo pueden aspirar a cierta prolijidad de hechura industrial, y con letras pueriles que pusieron al día un pasatismo a la manera del Club del Clan cuando no hacen gala de un cinismo canchero y básico. Tampoco le hace justicia pensar a Virus como entertainers cínicos, irónicos y algo sofisticados, coordenadas que se corresponden más con Los Twist, cuyo nombre es toda una declaración de principios acerca de la vuelta al rock inicial: bailable, divertido, juvenilista. O con los chetos de Los Helicópteros. "Guitarra rítmica en corcheas con el bajo, arpegios y la batería haciendo twist", definió en un reportaje el periodista y escritor Uki Goñi, líder de la banda. Su disco debut de 1982 fue otra declaración de principios: Música pep, o sea movida, un concepto similar al de otro disco que hizo época: el primero de Los Twist, La dicha en movimiento (1983), que era además una alusión velada y jocosa a la cocaína que circulaba por el under porteño.
Ninguna de las simplificaciones que se siguen repitiendo hoy como verdades reveladas y terminantes logran abarcar a Virus. Un grupo capaz, por ejemplo, de una obra tan sutil, tan filosa y tan profundamente política como es Recrudece, su segundo disco. Una de las grandes creaciones malditas del rock argentino, Recrudece fue grabado un tanto a los apurones, y con un sonido que jamás conformó, en plena guerra de Malvinas. Si el Artaud del Flaco Spinetta no entraba por la forma de su sobre en ninguna batea, Recrudece escapaba a las clasificaciones. ¿Música de protesta, pop bufonesco, punk furioso, campaña antiargentina, invitación al baile más desatado? Sí. Y mucho más: un artefacto cultural multifacético, mutante, peligroso. Por realizaciones como esa conviene pensar la ambigüedad de Federico Moura de una manera no restringida a lo sexual, y también explorar el rol de Roberto Jacoby como un integrante pleno de la banda, por más que no saliera al escenario.



Éramos tan pop
Al momento de aparición de Superficies de placer gobernaba, ya a los tumbos, el radical Raúl Alfonsín. Su equipo económico no daba pie con bola y se sucedían planes drásticos de ajuste que incluyeron el cambio de moneda del peso al austral. Los capitanes de la industria, la burocracia sindical, los militares y la iglesia ponían lo suyo para empujar el país hacia el abismo de la hiper inflación, el desabastecimiento y el desempleo. Los tenues fulgores socialdemócratas del guitarrero de Chascomús, así como su inicial prestigio como defensor de los derechos humanos a partir del juicio a las juntas de comandantes de la dictadura, se fueron auto esmerilando con la debacle económica, el dictado de leyes de impunidad para los represores, y la rendición ante los militares carapintada que se alzaron durante la semana santa. La sensación de fin de ciclo pesaba sobre el país.
Fue el año de la primera visita de Los Ramones, con un recital en Obras, y de la segunda visita del Papa, el rabioso anticomunista Juan Pablo ii, que había hecho un touch&go poco antes de la capitulación incondicional en Malvinas. Fue también el año de la muerte de Luca Prodan (al año siguiente lo harían Miguel Abuelo y Federico Moura). Fue el año de disolución de Los Helicópteros, una banda a la que puede mirarse en espejo con Virus para entender las diferencias entre una de las bandas que hicieron época y una que trasciende su época...


Ilustración de Diego Parpaglione


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Autor

Juan Bautista Duizeide