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El pucho en la oreja

Neoliberalismo, lubricidad y prostitución

Es necesario pensar en esto, en la acusación de corrupción. No en la corrupción sino en la acusación. En la extensión infinita que adquiere la acusación; en la máscara sagrada que se pone el acusador aunque sea un canalla; en la prepotencia moral que sólo circula y dice y no piensa y ataca e insiste y reproduce lo mismo: una acusación ciega y a repetición; ciega de tanto diario, de tanta red y de tanta pantalla al palo.

La acusación de corrupción
Es necesario pensar en esto, en la acusación de corrupción. No en la corrupción sino en la acusación. En la extensión infinita que adquiere la acusación; en la máscara sagrada que se pone el acusador aunque sea un canalla; en la prepotencia moral que sólo circula y dice y no piensa y ataca e insiste y reproduce lo mismo: una acusación ciega y a repetición; ciega de tanto diario, de tanta red y de tanta pantalla al palo.
Dos modos para acusar: singular, de a uno, caso por caso; o acusación plena, no a un sujeto sino a una entidad más amplia, de agrupación, de construcción colectiva. La historia argentina da cuenta de estos dos modos: de acusación casuística (desde Federico Pinedo en 1935 a María Julia Alsogaray en los noventa o José López con sus bolsos en 2016); y de acusación totalitaria (Hipólito Yrigoyen, Juan Perón y Néstor y Cristina Kirchner).
Totalitaria quiere decir que se acusa, no a un presidente, sino a un gobierno. A la totalidad de un gobierno: el presidente, sus ministros, los senadores, los diputados, los funcionarios de segunda. Todos. También a la gente, a toda la gente que votó a ese gobierno, que creyó y cree. Todos acusados, como si fueran portadores de una peste o cómplices de esa misma peste. Totalitaria es la acusación de corrupción y totalitario es el gesto de exclusión que produce. La acusación de corrupción totalitaria se convierte en un modo de proscripción política, en un destierro puertas adentro.
Hay perseguidores, hay comisiones de investigación, hay acusaciones vacías, hay manchas en las vidas de las personas sin ninguna razón. Dicen que hay instituciones corrompidas por gobiernos nefastos y hay gobiernos corrompidos que corrompen a las almas bellas. Esto, que se dice del gobierno de Yrigoyen en 1930, es lo mismo que se dice de Perón y lo mismo de Néstor y Cristina K. Exactamente lo mismo: "un régimen nefasto, que corrompía las instituciones todas de nuestro país" (1930); "se saqueó la hacienda pública y privada y se construyeron fortunas escandalosas" (1955); "se montó una organización criminal para la sustracción de fondos públicos" (2018). Además, en los tres casos, son acusados por la alteración del sistema republicano y por la intervención sobre los medios. Y en los tres casos, la obscenidad sin mediaciones: el destrozo de la casa de Yrigoyen, la exposición de vestidos y joyas de Eva Perón y el allanamiento judicial del mausoleo de Néstor Kirchner son la misma cosa. El mismo grado de violencia institucional.
¿Importan los nombres propios? No. Importa el procedimiento, la puesta en marcha de un dispositivo de intervención moral sobre los gobiernos. La acusación de corrupción expande todo su potencial de desprestigio, de descrédito. Divide entre el bien y el mal. Y el mal es siempre para los mismos.
A lo largo de casi un siglo se repiten las mismas palabras, los mismos gestos y la misma gente indignada ante tanta acusación de corrupción. A pesar de que hayan sido vidas distintas, épocas distintas, ideas distintas. A pesar de las diferencias, Yrigoyen, Perón y Néstor y Cristina K. hicieron lo mismo. Exactamente lo mismo: robar, saquear, corromper. ¿Tan necia es la historia? ¿Tan necios sus gobernantes para repetir lo mismo? (Aunque no de un modo totalitario, la acusación de corrupción también fue un ariete político contra Frondizi, contra Illia, contra Isabel. Y contra Alfonsín: "Había un estado de corrupción generalizada, que constituía una verdadera amenaza para las instituciones de la República". Todos ellos acusados de robar, saquear y corromper).
Frondizi, en 1964, escribe un plan de gobierno en su libro Estrategia y táctica del movimiento nacional. Uno de los capítulos se llama "La corrupción, pretexto para derribar gobiernos populares". Escribe Frondizi: "En todo tiempo, quienes quisieron empujar el país hacia adelante fueron acusados de mala conducta administrativa, de cohecho y malversación". O sea, corrupción (negociados, en el lenguaje de la época).
En los años sesenta y antes, mucho antes, en los comienzos de la argentina que hierve, en 1813, la misma acusación absurda: "Un testigo, llamado Pedro Giménez, dijo haber oído de su amigo Agustín Garrogós que este había oído en un café que don Bernardino Rivadavia había repuesto en su cargo al Obispo de Córdoba, Monseñor Orellana, mediante la percepción de unas onzas, unas hebillas, un sombrero y un espadín de oro". Como si fuera de ahora, el potencial en la tapa del diario y la marca moral sobre cualquiera, moral sucia leída por todos. Una condena sin fundamentos.
Una exhortación más encontrada en este libro de hace cincuenta años. Una exhortación, una alarma. Escribe Frondizi: "La calumnia organizada, publicitada profusamente, recogida y amplificada por los más caracterizados dirigentes de la oposición...


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Gustavo Varela