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El ojo blindado

La vida del miedo

Un fantasma recorre nuestra sociedad: es el fantasma de los pibes chorros. Los resultados que arrojan todas las famosas encuestas de la hegemonía cultural ubican al problema de la inseguridad a la cabeza de todos los males. El espectro de estos jóvenes faunos ya no sólo atemoriza sino que ha modificado la vida misma de nuestras sociedades. La gente vive con miedo real. Todas sus conductas y costumbres pasaron a estar organizadas en torno a ese miedo. Las familias se gastan fortunas en adquirir equipos de seguridad, tanto tecnológicos (cámaras, alarmas) como humanos; es decir, los vigilantes, guardianes, etc. Pero ese miedo no se agota en la definición clásica del diccionario que habla de una "sensación de angustia provocada por la presencia de un peligro real o imaginario". No es un miedo pasivo, que se queda a la espera del arribo de las bestias; es un miedo activo, que hace vivir, que fecunda motivos de conversación, que junta a las personas, que las ayuda a encontrar rápidamente un sentido existencial. Encuentran una razón para justificar sus días remodelando los cuidados para que no les roben. El peligro latente del "caco" los mantiene alertas, los hace pensar y, sobre todo, les ayuda a expresar y liberar emociones. Se manifiesta un odio visceral que se corresponde con un amor cada vez más grande hacia la propiedad y los objetos de consumo. A más amor hacia las cosas, más odio hacia quien pretenda quitárselas. Por eso podemos hallar todos los días en los muros de Facebook el relato de quienes, a través de insultos y maldiciones, cuentan que les fue robado su celular. Marcando su furia, exigiendo venganza.
Siempre se considera robo al robo directo de los objetos, pero pocos tienen en cuenta la planetaria administración delictiva que tutelan esos objetos. Pocos asignan con el mismo rótulo de robo a las cifras que debemos abonar cada mes a las compañías multinacionales que administran nuestros teléfonos, los aumentos repentinos, los precios de servicios que supuestamente iban a ser unos y terminan siendo otros. No, la gente común no puede ni quiere aceptar que eso es un robo; le busca otro nombre, a veces corrupción, otras avaricia o ambición. Se justifica de mil maneras diferentes el hecho de que no podemos equiparar a los sujetos dueños de compañías, o al empresariado en general, con los pibes chorros. Quien escribe sabe que al plantear este tema se somete al peligro de la malinterpretación nerviosa, y a ese grito ridículo de la ira ciudadana que inmediatamente, si uno habla de estas problemáticas, te bendice con frases del estilo de "Eso porque a vos no te robaron, esperá que te roben y vamos a ver si seguís pensando lo mismo"; "¿Qué, estás haciendo apología del delito?". El rechazo, el silencio y la violencia que genera remarca su actualidad, afirma su urgencia y la profunda necesidad que tiene el campo intelectual de engordar el tamaño y la calidad de la bibliografía al respecto. Es un problema para nuestra sociedad que pocos puedan abordar este problema desde un lugar original. El sentido común y la dinastía mediática nos empujan a odiar a esos pibes, y es un odio ni siquiera productivo: es un odio que transforma todos los análisis en balbuceos llenos de ira.



Hipocresías y varas dobles
Es un dato importante aclarar que la mayoría de los llamados pibes chorros son aquellos que cometen delitos contra la propiedad y nunca, o casi nunca, cometen ataques del orden sexual. Se busca sobre todo sustraer el bien material. La mayoría de ellos se declaran delincuentes y el violador, para sus códigos marginales, es digno de desprecio y muerte. En cambio, en el ámbito público el criterio moral de las masas frente al violador no suele ser el mismo con el que se juzga a los pibes chorros. Por dar un ejemplo: en el vagón de un tren una chica empieza a gritar que un hombre la acosa; es muy probable que muchas de las personas que viajan en ese momento no intervengan y, si lo hacen, lo harán muy tímidamente. Muchas mujeres, conscientes de esta indiferencia, no se animan a estallar de furia cuando sufren todos los días estas aberraciones. En cambio, si alguien grita que le robaron el celular, todo el vagón, el tren (y los que esperan en la estación también), harán lo posible e imposible para capturar, linchar y, si pueden, despedazar al ladrón. El mismo ejemplo se puede encontrar en los comentarios que reciben muchas mujeres en Facebook cuando se atreven a denunciar algún hecho de violencia de género. Pero si publican que les acaban de robar, es muy factible que les lluevan mensajes de solidaridad. Resumiendo: para nuestra sociedad son peores los pibes chorros que los violadores...


(La nota completa en la edición gráfica de Sudestada... ¿Por qué publicamos apenas un fragmento de cada artículo? Porque la subsistencia de Sudestada depende en un 100 por ciento de la venta y de la confianza con sus lectores, no recibimos subsidios ni pauta alguna, de modo que la venta directa garantiza que nuestra publicación siga en las calles. Gracias por comprender)

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Autor

César González (*)