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En la calle

Pergamino en llamas

En marzo de este año, siete pibes detenidos en la comisaría primera de Pergamino fueron víctimas de la desidia policial. Un pequeño incendio en una de las celdas desembocó en una de las más terribles masacres cometidas en el país. Los familiares y un grupo de vecinos de la ciudad llevan adelante una constante lucha en demanda de justicia y castigo a los responsables de la masacre.

"Esperando allí nomás,
en el camino,
la bella señora está desencarnada.
Cuando la noche es más oscura
se viene el día en tu corazón"
"Juguetes perdidos", Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota



Arde. Arde y quema. En los pulmones, en la piel y hasta en los huesos. El fuego va comiendo todo lo que se cruza. La desesperación, los gritos, el caos y los recuerdos se amontonan; como se acumularán, en apenas unos minutos, los cuerpos en el baño. Nadie hace nada, salvo los pibes devorados por las llamas que resplandecen y castigan. Gritan como pueden, tratan de esquivar el humo negro y denso que se acumula y se filtra por los poros. Caen tumbados. En esa escena dantesca, donde el mismísimo infierno se comprime a una celda de nueve metros cuadrados, en esa escena que es toda realidad y que les roba la vida a siete pibes, los policías miran y sonríen.
Es jueves 2 de marzo y Pergamino, ciudad del norte de la provincia de Buenos Aires, se arrastra despacio por el verano. El centro despierta después de las cinco de la tarde, los locales de la peatonal levantan sus persianas y recién entonces sus pobladores salen a las calles. Pero apenas pasadas las seis de la tarde algo estalla. El fuego se inicia en una de las celdas, la uno, de la Comisaría Primera, a pocos metros de la peatonal, a una cuadra de la iglesia Merced y a la vuelta de la Municipalidad.
Esa tarde, en medio del fragor de las llamadas y los cruces de mensajes de texto, los policías dicen que todo está controlado, que nadie se preocupe; cuando las personas se empiezan a agolpar en las puertas de la comisaría entre las seis y la siete, Fernando Latorre, Sergio Filiberto, Federico Perrotta, Franco Pizarro, Juan José Cabrera, Alan Córdoba y Jhon Mario Claros dejan sus últimos suspiros en un calabozo, sin que nadie los asista o intente rescatar; así dan inicio a una de las masacres más terribles, donde la policía, por supuesto, es la principal responsable.



Una justicia desigual
Tarde de julio en Pergamino, barrio de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM). Dos edificios se levantan sobre un cielo gris. Al costado, se despliegan las tiras con más departamentos, separados por un parque verde y arbolado. En ese barrio, donde en los días en que juega Douglas Haig se reúnen pibes y pibas para ir pateando hasta la cancha, el living de la casa de los Filiberto está atestado. Unos pasos más allá, sobre una pared blanca aparece retratada la cara del Fili, como le decían a Sergio. Su cara resplandece en una sonrisa junto a los colores rojo y negro de su club, el Douglas Haig.
Adentro del departamento hay rabia, calor, pero sobre todo sed de justicia. También unión. Férrea y constante, como el viento que todo lo empuja, así es esa unión. Son veinte personas más o menos. Son los familiares de los pibes y los vecinos de la ciudad que se sumaron a la campaña "Justicia x los 7". Una campaña que no se detiene, que se moviliza, que instala radios abiertas, que convoca a la solidaridad y que denuncia con la verdad que los policías responsables de la masacre gozan de buena salud. En el departamento también hay mates que van y vienen, pastafrola, un poco de nerviosismo, sonrisas y lágrimas que caen cuando la conversación de múltiples voces llega a su final.
Por estos días, el comisario Alberto Sebastián Donza, a cargo de la comisaría al momento del incendio, se encuentra prófugo. Sus subordinados, el teniente primero Sergio Ramón Rodas, los oficiales Alexis Miguel Eva y Matías Exequiel Guillieti, el sargento César Brian Carrizo y la ayudante de guardia Carolina Guevara, están presos, cuatro de ellos beneficiados con el arresto domiciliario; todos acusados por el delito de abandono de persona seguido de muerte. El beneficio brindado a los policías fue otorgado por el juez César Solazzi, y confirmado por los camaristas Mónica Guridi, Gabriela Jure y Martín Morales.
Andrea Filiberto, hermana de Sergio, dice que la domiciliaria es un "peligro" y habla de una corporación que "protege" a los policías, refiriéndose al comisario Donza que todavía está prófugo. Los familiares también apuntan las críticas contra el juez Solazzi, de quien sospechan por su decisión. "Se dio vuelta en dos meses, porque en abril les había dado la prisión preventiva en un penal, cosa que nunca se respetó porque quedaron detenidos en una comisaría de Rojas –explica Andrea–. A los dos meses, cuando piden la domiciliaria, se la concedió basándose en un informe socio-ambiental que a cualquier otro hijo de vecino no se lo dan. Eso es lo que nos indigna: la desigualdad ante la justicia".
"La misma policía se va cubriendo –agrega Silvia Rosito, madre de Fernando Latorre–. Cuando los trajeron a declarar fuimos a hablar con el juez para que nos de una explicación. Nos asomamos por una de las ventanas y vimos que los policías estaban tomando mate en el patio del juzgado. Estaban ellos y el portón que da a la calle, que se abre y se cierra continuamente". Lo que cuenta Silvia se puede confirmar en un video en Youtube, allí se los ve a los policías imputados charlando sin esposas en el tribunal de Pergamino. "¿Quién los va a controlar? ¿La misma policía que estaba tomando mate con ellos?"...


(La nota completa en la edición gráfica de Sudestada... ¿Por qué publicamos apenas un fragmento de cada artículo? Porque la subsistencia de Sudestada depende en un 100 por ciento de la venta y de la confianza con sus lectores, no recibimos subsidios ni pauta alguna, de modo que la venta directa garantiza que nuestra publicación siga en las calles. Gracias por comprender)

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Autor

Leandro Albani