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Batallas contra el olvido

La Corte Suprema de Justicia intentó garantizar la impunidad a los genocidas, dictando el 2x1. Ante la masiva movilización popular la medida tuvo que ser descartada. Pero... ¿qué significa beneficiar a genocidas y torturadores? ¿Qué pasa con las miles de historias de militantes que sufrieron en carne propia la represión ilegal? En esta crónica, el derrotero de Andrés Castillo, víctima del terrorismo de Estado, es apenas una mínima muestra del pasado que no conviene olvidar.

Lo primero que sintió Andrés Castillo cuando lo llevaron a "capuchita" fue el olor. El olor a vómito de los colchones, olor a miedo y a muerte. "Eso no se olvida nunca más, fue lo primero que percibí", recuerda. Andrés estuvo dos años desaparecido para su familia y amigos, dos años en el centro de exterminio en la Escuela Mecánica de la Armada (ESMA) durante la última dictadura militar. Él sobrevivió, pero el encuentro con la muerte, con aquel que quería verlo desaparecer de forma definitiva, no había terminado.
Andrés Ramón Castillo vivió de pequeño en el barrio de Saavedra, en el seno de una familia de clase media peronista. Su padre trabajaba en la Caja de Ahorro y Seguros, en ese momento Caja Nacional de Ahorros, y él iba al colegio Don Bosco. Cuando Andrés tenía doce años sintió un impacto fuerte, que construiría su carácter y forjaría su futuro: los bombardeos a Plaza de Mayo, los aviones, el humo. Los curas lo dejaron salir antes junto a sus compañeros, al grito de "¡hay revolución!", frase que luego dijo Andrés a su padre cuando lo fue a buscar a Congreso, donde trabajaba. Don Castillo no le creyó, pensó que su hijo estaba alterado por algo del colegio, hasta que vieron los aviones pasar. Pero lo más impactante fueron los camiones, pequeños camiones que pasaban por la esquina de Entre Ríos y Rivadavia, llenos de obreros, apiñados con palas en sus manos, gritando "¡La vida por Perón!".
Desde ese momento, Andrés vivió inquieto. Inició su militancia en la Juventud Peronista durante la proscripción, mientras trabajaba en la misma empresa que su padre. Como vivía en un barrio peronista, pasaban autos con adolescentes enardecidos con "esos peronchos" y les tiraban piedras, amenazando a los vecinos. "Les vamos a quemar las casas", decían. A los quince años, Castillo cayó preso por primera vez. Se enteró de una marcha a través de unos volantes hechos a mano, que invitaban a una movilización a Plaza de Mayo. Andrés les mintió a sus abuelos, dijo que se iba al cine, y en realidad fue a la marcha donde luego lo agarraron del brazo y lo metieron preso por unas horas.
En la oficina de Andrés hay fotos, libros, un banderín de River Plate y una taza. Su escritorio está debajo de una foto en blanco y negro, que muestra a tres jóvenes sosteniendo una bandera argentina y clavándola en la tierra. Esa tierra. Esas islas.
Fue Dardo Cabo, compañero militante de Andrés, quien le dijo en la mesa de un bar que quería recuperar la soberanía de las Islas Malvinas. Amigos desde la infancia, él confió su plan a Andrés, que logró llevarse a cabo pese a las dudas y contratiempos. Era una misión improbable, con resultado incierto. El objetivo era llegar a las Islas Malvinas, plantar la bandera y reivindicar la soberanía.
Ese día, Andrés no fue a trabajar, dio parte de enfermo y se reunió bien temprano en Aeroparque con quince compañeros de distintas agrupaciones y un periodista. En determinado momento, lograron secuestrar el avión, obligando a los pilotos a un aterrizaje imprevisto en medio del campo. Colocaron una soga para bajar y Andrés fue primero, lastimándose las manos con la soga, pisando finalmente esa tierra, esa isla. Sintieron frío, el viento helado del sur penetrando en la piel y en los huesos como mil cuchillos. Pero lo habían logrado.
Colocaron la bandera argentina con un mástil improvisado, cantaron el himno y esperaron. Llegaron las autoridades rápidamente, mercenarios entrenados en caso de guerra, que firmaron la promesa de no arrestarlos. Pero luego de varios días de incertidumbre, volvieron a Ushuaia en un buque, cayendo presos a su regreso. Como lo que había ocurrido no estaba previsto en el Código Penal, fueron juzgados por "privación ilegítima de la libertad" y "portación de armas de guerra". Durante su encarcelación, Andrés y su novia, Nora, decidieron casarse. No pudieron tener una ceremonia, y menos una luna de miel. Se casaron en la jefatura de policía y, luego de mucho pedir, un cura hizo la unión religiosa. Luego del beso, Andrés volvió tras las rejas...


Ilustración de Luciano Espeche


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Autor

Candelaria Domínguez Cossio