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Juan Forn: "Contar una historia es el artefacto perfecto de transmisión"

Autor de crónicas que saltan sobre las barreras de los géneros sin detenerse demasiado en las discusiones de forma, Juan Forn generó desde las contratapas de Página/12 un mundo mestizo: un poco de periodismo, bastante de literatura, mucha sensibilidad y una fuerte dosis de curiosidad se mezclan para generar algunos de los “cuentitos” (como los llama él), que hoy componen la serie de libros Los viernes. En esta charla con Sudestada, el creador del suplemento Radar da cuenta del camino elegido para ejercitar el músculo de contar historias.

Ese lector voraz que pudo construir su conocimiento simplemente a través de la lectura. Ese autodidacta, contador de historias nato, que probó las realidades de lo académico pero se dio media vuelta y se mandó a mudar de allí para salir a buscar en la ficción, primero, y en la realidad, después, lo que se gana viviendo y poniendo bien el ojo: la experiencia para poder contar. Ese apasionado lector y escritor, al que refiero, se llama Juan Forn: un hombre que se nutrió de grandes autores para luego meterse en los lugares más inhóspitos de la literatura, con ese afán de buscar claves o subrayados que se tradujeron luego en decenas de notas portadoras de una prosa inigualable, inquieta, transmisora y, muchas veces, deudora de capítulos enteros. Es que la forma de relatar y contar a ciertos personajes, muchas veces, no alcanza con el perimetraje de la contratapa de los viernes en el matutino Página/12. Los caracteres en el periodismo no permiten la digresión ni contar bien el "cuentito": por eso, para combatir los límites, terminó ampliando y corrigiendo esos textos que desembocaron en el formato que mejor le sienta: el libro. Así vieron la luz tres tomos (el tercero de salida reciente) que llevan por nombre Los viernes y el sello de la editorial Emecé. Después de leerlos todos juntos, cada uno como capítulos que pueden ser una biografía, novela o libro de historia, se obtiene la fuerza mayor. El poder de llevar adelante los cruces de géneros que le hacen frente al férreo mandato que trae arraigada la literatura más anquilosada, donde sobrevuela un destierro cabal a esa caja de instrucciones de tal cosa se escribe así o tal otra asá, para dar lugar a textos de unas voces originales, mestizos y creíbles.


"Mario Gianluzi Puzo se mudó de Nueva York a la Costa Oeste en 1967, cansado de su mala suerte. Había publicado dos novelas sobre sus orígenes italoamericanos sin pena ni gloria, su agente le aceptó a regañadientes una tercera, que logró vender por monedas a una editorial pero, inesperadamente, los estudios Paramount compraron por doce mil dólares los derechos cinematográficos del libro antes de que se publicara. En cuanto recibió la noticia, Puzo partió a Las Vegas a celebrar en las mesas de juego. Menos de dos semanas después, su novela El Padrino llegaba a librerías y casi en simultáneo a las listas de best-sellers, donde permanecería trescientas semanas seguidas, desde 1969 hasta 1974. Puzo se enteró de la noticia por el diario, más precisamente por un ejemplar del Los Angeles Times que compró a la salida de un casino en Las Vegas, de madrugada, con los últimos veinticinco centavos que le quedaban en el bolsillo de aquellos doce mil dólares por los que regaló su novela a la Paramount. Puzo dice que se amargó durante más o menos un segundo y medio y, a continuación, entendió que ese diario que tenía en la mano le garantizaba crédito sin límites en las mesas de juego, así que dio media vuelta y siguió dilapidando dinero en las mesas de blackjack", escribe Forn en uno de los pasajes del tomo tres de Los viernes, para poner al lector en estado de situación y sentir que las luces de Las Vegas están a la vuelta de la esquina. Sin perder de vista al personaje, con ese poco de información ya se tiene al alcance algo de la vida de un escritor que después Francis Ford Coppola llevó a la pantalla grande.


De ese mismo pasaje, por si quedaba alguna duda de su mestizaje literario, agrega Forn: "A Francis Ford Coppola, el libro de Puzo le pareció una basura cuando lo leyó. Su padre Carmine y su socio George Lucas tuvieron que convencerlo para que aceptara escribir el guión y dirigir la película. "¡Yo quiero hacer arte!", gritaba Coppola. Incluso cuando se estaba vistiendo para el estreno seguía lamentándose de que 'por culpa de nimiedades como esa estúpida cabeza sangrante de caballo, no me quedó lugar para decir la mitad de las cosas que quería decir'. En El Padrino hay veintitrés asesinatos pero el revuelo mayor lo armó aquella cabeza de caballo: la Paramount tuvo que ir a juicio con la Sociedad Protectora de Animales para que la escena quedara en la película, y ese fue sólo uno de los mil obstáculos que hubo que sortear para llegar al estreno".


En sus comienzos como editor, Forn pudo acceder a una mayor lectura, corregir a tipos como Rodolfo Fogwill o Tomás Eloy Martínez para luego, ya con el traje de periodista, como excusa, crear el suplemento Radar del diario Página/12. Allí pudo volcar la mirada de esos escritores que andaban pululando por el cuarto de atrás de la industria y ubicarlos como voces principales de la literatura argentina. Fue a través de esos textos largos que la vida de los suplementos culturales empezó a cambiar. Esa búsqueda intensa por darle un giro a lo que se llamaba o se entendía que debía ser un suplemento fue lo que hizo florecer y ganar terreno para que se empezara a desmitificar la figura del especialista en tal tema o tal otro...


(La nota completa en la edición gráfica de Sudestada)

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Autor

Gustavo Grazioli