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Efemérides Sudestada

4 de abril. Al maestro Carlos Fuentealba, con cariño

A nueve años del fusilamiento del docente Carlos Fuentealba en el sur argentino, un repaso por su vida, su militancia y un reclamo de justicia que no cesa. Su paso por las aulas, su compromiso con la lucha gremial, su ilusión de protagonizar un tiempo más justo y solidario.

Edición N° 1

4 de abril- Asesinato del maestro Carlos Fuentealba

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CARLOS FUENTEALBA

AL MAESTRO, CON CARIÑO


1. Era septiembre y el viento bajaba de la cordillera, acariciaba las aguas del gran lago y golpeaba las ventanas de la casa. Hacía algunos años que Gilberto Fuentealba había llegado desde Chile con esperanzas de conchabarse en el campo y vivía con Berta en la Estancia Coyunco cerca de Junín de los Andes. Era 1966, y Berta paría otro varón. Otro varón a este mundo, otro varón a esta nieve, otro varón al río y al silencio de la noche, otro varón a confundirse en el humo de los fogones. Era septiembre y nacía Carlos.

En ese ambiente, fue creciendo. Entre montañas y bosques compañeros de correrías, de escondite y refugio. Los juguetes y los juegos nacían de sus propias manos. En compañía de su hermano Ricardo -que años más tarde sería carpintero-, construía un mundo aventura, un mundo magia, un mundo niño. Ahora un auto de madera con estos palos para correr como un rayo, ahora un barrilete para que llegue hasta las nubes. Y cuando el calor volvía después del invierno que congela las aguas cristalinas de los lagos del sur, el río Chimehuin, patria de percas nativas y de truchas foráneas, era el recreo del día.

La Escuela Hogar Ceferino Namuncurá lo recibió como alumno. Los compañeros de banco eran los hijos de los peones, los descendientes mapuches; otros paisa como él, como sus viejos. Los maestros, curas. En la escuela los curas enseñaban palabras y de vez en cuando repartían un tirón de orejas. Cuando leyó, cuando por primera vez las letras dejaron de ser dibujos y tuvieron sonido y sentido las palabras escritas, Carlos fue diferente; fue otro. Las mismas letras que su madre no necesitaba para saber cómo era el mundo y para leer ojos preocupados y narices de resfrío, en Carlos abrían puertas. Las letras eran llaves y él, un cerrajero sonriente. La mujer del administrador de la estancia lo llevaba en camioneta hasta la escuela. Cuando la camioneta no estaba, el camino era de tierra, y el frío era el frío y la lluvia mojaba como moja en el campo.

En esa educación religiosa uno se lleva dos caras. La conducta del buen samaritano y el castigo arbitrario. Carlos sabía que hay dos relatos. Sabía que no todos son iguales, que hay unos más iguales que otros -como lo puede decir un viejo personaje de una vieja novela-, que el mundo está partido al medio, pero que las mitades no son parejas. Así se fue forjando este niño, que terminó con las mejores notas y una beca para ir de pupilo a estudiar a la capital de la provincia.

Lejos. Lejos la cordillera y los viejos. Lejos la lluvia, el bosque; lejos la infancia también. Carlos llegó a los 13 años a Neuquén para entrar como pupilo en la escuela técnica, la ENET nº 1 (actualmente EPET nº 8). Le iba bien, salvo la distancia. En tercer año, cambió la estrategia. Si quería salir de allí, lo mejor era bajar las notas. Su hermano se había venido para la capital y aprovechó el envión para salirse de pupilo. Repetir era un costo que estaba dispuesto a pagar con tal de ganar la ansiada libertad. Carlos dejó esa escuela e ingresó a la ENET nº 2 (hoy EPET nº 14), donde terminó sus estudios secundarios.

El Negro le decían. Y a juzgar por las fotos, y por los recuerdos de sus propios compañeros, el Negro era de fierro. Era amigo de sus amigos, un compañero de los buenos. En ese campamento estudiantil se probaron los primeros versos, los vinos jóvenes, las bromas. Ahí quedaron, en la íntima sonrisa de unos muchachos, las historias del fogón junto al lago. Estaban egresando como técnicos químicos. La primera camada de esa escuela. En las fotos, el Negro está sonriendo. Se ve su sonrisa antes que nada. Y está entre ellos, en todas las grupales está el Negro, que es amigo de sus amigos.


2. En la UOCRA, como administrativo, trabajaba Carlos: un laburo estable. No se ganaba muy bien, pero paraba la olla. También pasó por una juguera, un supermercado, una inmobiliaria. En San Martín de los Andes trabajó en el viejo Hotel del Sol, desde donde se puede ver el Lacar. Carlos fue un trabajador y fue un militante, y un padre y un compañero. En los ochenta, ingresó en el MAS (Movimiento al Socialismo) y militaba en las obras. Se lo veía de charla con los obreros dando una pelea por la conciencia de su clase, entre andamios y ladrillos. En el gremio de la construcción, hizo sus primeras experiencias sindicales. Se sabe que en una obra de la empresa Riva, Carlos le paró la mano a los delegados de la burocracia y que ganó la conducción de una nueva comisión interna. Junto a la base, desde la base. Desde donde venía él mismo, el Negro, el chato del interior.


(La nota completa en la edición gráfica de Sudestada Nº 107 - abril 2012)

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Entrevista a Sandra Rodríguez, compañera de vida de Carlos Fuentealba

"TODA LA VIDA PUSO EL CUERPO"


El sol se ensaña con todo lo quieto. A la sombra se soporta, es incluso agradable. Mientras buscamos reparo bajo los toldos de unos negocios, en una esquina céntrica de la ciudad de Neuquén, la vemos llegar. Carpeta y libros en mano, menuda y firme, nos saluda y sonríe Sandra.

La misma ciudad que vivió el fusilamiento de su esposo y compañero, las movilizaciones masivas por el pedido de justicia, ahora en las plazas reúne jóvenes alrededor de un mate. Dentro del bar, la voz de Sandra cuenta y reconstruye la historia de vida de Carlos y su propio peregrinaje de mujer buscando justicia. La emoción está a flor de piel en cada palabra porque el compañero está presente. Y perduran su mirada y su sonrisa reflejadas en miles de stenciles callejeros que hoy se beben todo el sol del Comahue.

¿Quién fue Carlos, cómo se conocen ustedes?

–Nosotros nos conocimos en el viejo MAS. Carlos estaba trabajando en la UOCRA. Él era administrativo. Ese sindicato se había logrado independizar de la lista más burocrática a través de la participación del partido. Con un trabajo terrible de base, de delegados, ganando obras. Ahí lo conocí. Tuvimos muchas experiencias en lo sindical, desde que teníamos 20 años. Y los sueldos en la UOCRA eran mínimos. Yo siempre cuento que mi comida base con Carlos era una flauta de pan, un pedazo de queso, y cada tanto en la semana un churrasco. Era así… Cuando Carlos y yo comenzamos a salir, le pregunté qué le gustaba de mí (y una espera que le digan: el pelo, los ojos): "Que sos maestra", me dijo. Y yo creo que fui su maestra en la docencia y él fue mi maestro de vida, de vida filosófica, general. Fue, como digo, una pareja compatiblemente ideológica. Y eso pocas veces se da. Pero lo que rescato mucho de la militancia de él es que era un tipo que ponía el cuerpo. Toda la vida puso el cuerpo. Evidentemente en Arroyito también puso el cuerpo. Fue muy coherente, muy consecuente con él mismo en lo que defendía. Él iba a las obras a charlar con los obreros; los viejos, y les decía: "los viejos piensan esto, los viejos quieren tal cosa". También iba a militar a los barrios de los policías para la democratización de las fuerzas armadas. Pavada de cosa que nadie quería hacer. Era muy entrador en eso. Con decirte que cuando llegó el juicio a Darío Poblete, el autor material, hubo policías que se acercaron a mí para decirme: "Yo lo conocí a Carlos y mi mujer es maestra". Con eso te decían todo. Y mirá que estuvieron custodiando un juicio que era un juicio a la institución policial. A mí me sorprendió eso: que tuviera tanto impacto todo lo que había hecho en su vida. Que hubiera llegado a tanta gente. Era un hombre carismático, un hombre bueno, un hombre bueno de campo, digo yo.

Todo el mundo dice que tenía un perfil bajo. No tenía un cargo representativo, pero tenía un perfil muy alto porque era un tipo callado, pero que hacía. Era un tipo de acción, pragmático. Nunca conocí a un tipo tan pragmático como él. Lo que pensaba lo hacía. Era un tipo muy político y muy científico. Si hubiera tenido las mayores de las posibilidades, habría sido un gran científico y un gran político. Siempre fue muy crítico. Él leía a Marx, a Trotsky, a Engels. No esperaba a que se lo contaran. Y era muy discutidor. Cuando se ponía a filosofar era insoportable (risas). Era de buscarle dos o tres a análisis a cualquier situación: cotidiana o no. Carlos era fundamentalmente marxista y pensaba fundamentalmente en la libertad de Latinoamérica. El Che fue una figura determinante en Carlos, formadora. Lo que a él más le interesaba del Che era la ética que había marcado. Y Carlos fue éticamente correcto con su ideología.

¿Qué cosas le pasaban a él en la escuela?

–Cuando él llega a ser maestro, llega con un bagaje de cosas. Con una experiencia laboral terrible, sindical enorme, con experiencia de vida. Se sintió muy feliz de recibirse. Estaba radiante. Había llegado a una plenitud. Él les decía a los chicos: "si yo pude ustedes también pueden". Por eso esta historia deberíamos llegar a contarla desde: "Lo que más me gusta de vos es que sos maestra" y el día que terminó mi vida, terminó como maestro. Y me siento orgullosa de haber sido su compañera.

¿Cómo ves desde el presente lo que significa la causa de Carlos, su imagen?

–Para nosotras lo más fuerte hoy es no tomar la imagen de Carlos como icono o como emblema, como imagen social fuerte. Porque desde el primer momento una vio el impacto social, que era histórico. Y siempre quisimos no iconificarlo. La lucha también había que sostenerla desde el lugar de poder seguir con nuestras vidas, lo más normal posible dentro de algo que nunca va a poder ser normal. Este duelo nos ha llevado, nos lleva, mucho tiempo. Y lo difícil que es sostener la causa con las idas y vueltas de lo político. Pensemos que en esta provincia está gobernando desde hace 51 años el mismo partido político: el MPN (Movimiento Popular Neuquino). Partido que a esta altura, podemos decir, tiene características totalmente feudales. Durante el gobierno de Sobisch fue uno de los momentos más difíciles puesto que se vivía una continuidad del neoliberalismo, de los 90. Sobisch sostuvo políticas neoliberales en la provincia. Tuvo entonces prioridad la seguridad y con eso la represión a las protestas sociales, a la política del no diálogo, a sostener sueldos miserables. Carlos tenía 36 horas, trabajaba en 7 escuelas y un sueldo miserable. Aunque muchos comparen el sueldo de la provincia de Neuquén con el de otras provincias y lo crean mayor, el costo de vida acá es a valor del petróleo. El costo de vida lo imponen el petróleo y el turismo. Sectores que cuando fue lo de Arroyito se pusieron en contra. Y en ese momento el enemigo político, los "demonios", éramos los docentes: todos, los que tenían una línea política, los que paraban y los que no paraban.

¿Cómo se abre, después del 4 de abril, todo el proceso de búsqueda de justicia, de encarcelamiento de los responsables?

–La causa se dividió desde el primer momento en las Causas Fuentealba I y II: la primera iba por los autores materiales y la segunda por los autores intelectuales e ideológicos o políticos. Esa división la plantea la justicia, el Juzgado nº 4 que llevó adelante toda la causa. Y actualmente la causa Fuentealba II está nuevamente en el Juzgado nº 4 con el mismo juez que es Piana. Cuando asesinan a Carlos, el único teléfono de un abogado que teníamos era el de Gustavo Palmieri, que lo conocíamos del viejo MAS. "Gustavo, ¿vos todavía seguís teniendo alguno de los principios que teníamos nosotros cuando nos conocimos?", le pregunté. Me miró a los ojos y me dijo: "Por supuesto, compañera", Entendí que él iba a saber y a orientarse en el lugar en que yo estaba. Gustavo me planteó que la causa era muy probable que la quisieran dividir. El preguntó: "Vos, Sandra, ¿qué esperás de todo esto, que peleemos por la unificación total de la causa y pongamos en riesgo el encarcelamiento del autor material?". Le contesté que lo otro también era importante, pero que primero fuéramos por el autor material. Desde lo estratégico nos convenía, desde lo político no. Eso entendí yo: qué era estratégico y qué era político dentro de lo legal. Para lograr objetivos en la causa. Cuando armamos el juicio durante un mes tuvimos la sala llena por representantes políticos de todo el país. Podríamos compararlo con los juicios de Lesa Humanidad. Testimonios de tantos compañeros y compañeras. Este juicio se hizo así para sentar las bases de la Causa Fuentealba II. En ese juicio quedó claro que esto había sido un operativo. Y lo que nosotros pedíamos eran tres cosas: que se hiciera un relevamiento de la red de llamadas de ese día –que nunca lo hicieron–, la llamada a indagatoria a Sobisch, y lo otro es la reconstrucción animada del hecho. El tribunal de justicia no aceptó el juicio oral, lo mandó a primera instancia. Porque la cuestión de fondo la debe resolver la Cámara. Esta causa está yendo y viniendo. Ahora sigue en la Cámara. Lo que salga de ahí es lo definitivo.

¿Eso implica que no puede pasar la causa a otra instancia judicial?

–En la provincia, no. Salvo que pase por la Corte Suprema de la Nación. En 2007 tuve una entrevista con (Néstor) Kirchner, con Ricardo y Germán, los hermanos de Carlos. Tuve una audiencia general de cuarenta minutos. Le pregunté por qué no había intervenido la provincia, y él me respondió que era responsabilidad del Estado y por eso (siempre hablando de la causa II) lo tenía que resolver la provincia. Yo le dije que el poder judicial de la provincia estaba colonizado por el sobischismo y que no teníamos garantías de tener un juicio justo. A ningún político le interesa que sea juzgado otro político.

¿Qué sucedió desde ese momento en la población?

–Desde un primer momento hubo una gran convocatoria. Los compañeros hicieron un acampe frente a la casa de Sobisch por más de 20 días. Una lucha que para mí debe ser escrita porque fue única. Hubo algo muy importante: un protagonismo de las compañeras de La Revuelta. Ellas son casi todas docentes. Ruth (Zurbriggen), una referente de este colectivo, lo conoció a Carlos cuando lo conocí yo. Fueron las que hicieron la mayoría de los escraches. Cuando Sobisch hizo su "campaña del bigote", ellas iban y le pintaban rejas. La actuación de ellas fue increíble. Y el 9 de abril (de 2007) fue la marcha más grande que hubo en la historia de Neuquén: 30.000 personas. Estaban todos: desde el maestro cura, Don Jaime, la maestra de Carlos, compañeros de los distintos trabajos. Se movió el pueblo entero. Para mí que se haga justicia es algo socialmente pendiente, incluso para el sector docente. Si no se llega a eso, es una derrota, porque si ya hubo un muerto ¿por qué no puede haber otros? Nunca le vi a la lucha otro sentido que ese, y siempre les dije a los compañeros que como primer punto debía estar el reclamo por justicia. Nos llevara el tiempo que nos lleve.

¿Qué esperás vos?

–Cuando fue la sentencia a Poblete dije: "Compañeros, llegamos hasta acá. Yo sola no puedo. Lo que viene es responsabilidad de todos: que se multipliquen las Sandras". Y hago todo esto y voy a hacer todo lo que pueda primero por ese amor que he tenido y tengo por Carlos, por las hijas de Carlos, por mis hijas y por todos los maestros que siempre hemos hecho de todo en la calle, y por esos alumnos que vieron morir a Carlos. Todo lo que vieron ellos, lo que vivimos, nadie lo va a poder borrar.

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El colectivo de Revista Sudestada esta integrado por Ignacio Portela, Hugo Montero, Walter Marini, Leandro Albani, Martín Latorraca, Pablo Fernández y Repo Bandini.

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