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Efemérides Sudestada

12 de marzo- Adiós al Pájaro Charlie Parker

Dicen que cuando Juan Carlos Onetti terminó de leer “El perseguidor” guardó silencio, se encerró en el baño y rompió un espejo de un puñetazo. Media década atrás, Julio Cortázar publicaba uno de sus relatos paradigmáticos. El atormentado ocaso de un músico genial, Johnny Carter (de extraordinario parecido biográfico con el saxofonista Charlie Parker) sería el eje de un cuento inolvidable que actuaría incluso como bisagra para el escritor.

Edición Especial N° 1

12 de marzo- Adiós al Pájaro Charlie Parker

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50 años de "El Perseguidor"


"Esto lo estoy tocando mañana"


1. Son las tres de la mañana. El timbre suena una vez en el departamento de Dizzy. Nadie responde. El timbre suena otra vez. Y otra más. Por fin, Dizzy abandona el sueño desgarrado por el ruido y se acerca hacia la puerta como puede, a tientas casi. Dizzy no quiere ni pensar mientras se desliza por la penumbra de la casa. Mitad indignado y mitad dormido, sabe quién puede ser el desubicado que espera detrás de la puerta, en el pasillo negro. Sin sus anteojos, entreabre apenas la puerta para adivinar la silueta de Charlie, a contraluz, apenas perfilada por el hilo tibio de una lámpara que titila, que no termina de encenderse nunca.

–Charlie, por favor… son las tres de la mañana... –alcanza a murmurar.

–Dizzie, tengo algo para vos. Tenés que escuchar esto, lo tengo en la cabeza…

–Charlie, por favor…

Pero Charlie no espera a que la puerta se abra; sube el saxo hasta su boca gastada y sopla. Dizzy no puede creer lo que está pasando, se refriega la cara con una mano y anhela estar asistiendo al divague de un sueño espeso, roñoso, de esos que siempre llegaban después de una larga noche de trabajo en algún teatro. Pero no, los gritos de su esposa desde la cama rompen esa mínima esperanza.

–¡Dizzie! ¡Qué es todo ese ruido! ¡Quién llama a esta hora! ¡Cerrá esa puerta ahora! –grita Lorraine desde la habitación.

No es un sueño. No es mentira. Bajo una luz que amaga con encenderse, Charlie Parker, apoyado contra una de las paredes, apenas una sombra intermitente en el pasillo, sopla su saxo y dibuja en el aire los colores pegadizos de una melodía única.

–No es nada, mujer. Es Charlie… –intenta apaciguar Dizzie, pero los gritos de Lorraine ahora mutan en insultos e improperios que compiten en la atención de Dizzie con el punteo que Charlie borronea en el aire.

Algo busca, desesperado, Dizzie Gillespie en la mesa del comedor, en un estante de la biblioteca, a oscuras, en su casa. Hasta que encuentra lo que busca. En cuclillas, apoyado contra el umbral de la puerta entreabierta, con un lápiz, anota como puede en el pentagrama las notas que el saxo alto de Bird escupe del otro lado, con una belleza en estado puro.

Al otro día, sin los gritos de Lorraine de por medio, un poco más iluminado y menos borracho que en la víspera, Charlie Parker bautizará aquella pieza furtiva con el nombre "Now's the Time"…


2. Relato extenso, novela corta; eso no importa. No hay otro Julio Cortázar mejor que el que escribe "El perseguidor". Hipnótico como otros tantos de sus cuentos, perfecto en la construcción de los personajes principales (uno, el saxofonista Johnny Carter; dos, Bruno, el crítico de jazz), atrapante desde su primera escena (la llegada de Bruno a la habitación de un Carter enterrado en la miseria, devastado por sus adicciones, delirante en sus comentarios), "El perseguidor" es algo más que una historia que se hunde hasta la carne en el crepúsculo de un genio. El cuento es una máquina creativa; dispara emociones para todos lados: para quienes conocen la biografía de Charlie Parker e identifican de inmediato a Bird con el protagonista, para los que intuyen que el derrumbe del genio es irreversible, para quienes lo leen frágil, derruido, casi niño en el relato y también genial con su música, único, extraordinario.

De todas las semillas que Julio sembró por esas páginas, tomemos apenas una. Detengámonos por un momento en la imagen de ese músico negro que asombra por un talento excesivo, descontrolado, inasible a los ojos del crítico de jazz, correcto, "puritano", medido, normal. Los ojos de Bruno no se engañan: ven en Johnny Carter a un sujeto vulgar, enfermo, irresponsable ("Nadie sabe ya cuántos instrumentos lleva perdidos, empeñados o rotos. Y en todos ellos tocaba como yo creo que solamente un dios puede tocar un saxo alto, suponiendo que hayan renunciado a las liras y las flautas"), drogón, perdido en su laberinto, casi un lumpen sin destino. Pero cuando Bruno cierra los ojos y escucha, la música que su oído sensible alcanza a comprender lo enamora, lo conmueve, lo lleva de viaje a lugares imposibles. El contraste es violento; el efecto en quien asiste al espectáculo de la previsible autodestrucción de Johnny es una mezcla irregular entre la desesperación de quien puede anticipar con precisión el epílogo de la historia y la resignación de quien sabe que no hay nada por hacer para evitarlo. Pero no hay en Bruno una mirada piadosa ante Johnny, por el contrario. El crítico, incómodo ante las extravagancias del músico, molesto incluso por todo aquello que Johnny tiene para dar y nunca nadie podrá conocer, intenta sacar ventaja de toda aquella belleza en bruto en vías de apagarse para siempre. Para su propio regocijo, para cimentar su prestigio como observador de jazz, para cerrar sus teorías musicales sobre la música de Johnny sin contar con la opinión del propio Johnny, para todo eso Bruno observa y escucha la debacle ("En el fondo somos una banda de egoístas, so pretexto de cuidar a Johnny lo que hacemos es salvar nuestra idea de él, prepararnos a los nuevos placeres que va a darnos Johnny, sacarle brillo a la estatua de bronce que hemos erigido entre todos y defenderla cueste lo que cueste").

Bruno no es el Salieri de Mozart; si bien brota la envidia en Bruno, carece de un sentido destructivo, aunque la comparación no es del todo errada ("Pienso melancólicamente que él está al principio de su saxo mientras yo vivo obligado a conformarme con el final él es la boca y yo la oreja, por no decir que él es la boca y yo…"). Lo que Bruno no puede es entender, le cuesta asimilar de una vez por todas cómo carajo tanta belleza puede brotar de ese vulgar sujeto, sin capacidad siquiera para comprender qué es todo aquel encanto que sus labios transmiten con el saxo contra su carne, la de un músico singular sin posibilidades de poner en palabras todo aquello que siente en lo más profundo de su humanidad cuando toca y se deja llevar. No lo entiende, no puede entenderlo nunca ("Envidio a Johnny y al mismo tiempo me da rabia que se esté destruyendo por el mal empleo de sus dones, por la estúpida acumulación de insensatez que requiere su presión de vida"). Elige como escape escuchar la música de Johnny y sólo su música; elige ignorar el camino absurdo de una vida a contramano porque no logra articular, en un mismo hombre, al genio que ejecuta un solo increíble en un estado lamentable y al imbécil que desperdicia toda una vida de grandeza y maravilla por la madeja de sus adicciones. Pero el genio y el imbécil son Johnny Carter: "Un pobre diablo de inteligencia apenas mediocre, dotado como tanto músico, tanto ajedrecista y tanto poeta del don de crear cosas estupendas sin tener la menor conciencia (a lo sumo un orgullo de boxeador que se sabe fuerte) de las dimensiones de su obra".


3. "No lo conocí personalmente, aunque sí estéticamente, porque me tocó vivir en el momento en que Charlie Parker renovó completamente la estética del jazz y después de un período en que nadie creía y la gente estaba desconcertada por un sistema de sonidos que no tenía nada que ver con lo habitual, se dieron cuenta de que allí había un genio de la música. Y entonces la anécdota de ese cuento es la siguiente: a mí me perseguía desde hacía varios meses una historia, un cuento largo, en el que por primera vez yo me enfrentaba con un semejante. Porque la verdad es que hay una ruptura en 'El perseguidor'.

En todos los cuentos precedentes, los personajes pueden estar vivos, pueden comunicarle algo al lector, pero si se analiza bien –es como en los cuentos de Borges– los personajes son marionetas al servicio de una acción fantástica. ¿Por qué fue Charlie Parker? Primero porque yo acababa de descubrirlo como músico, había ido comprando sus discos, lo escuchaba con un infinito amor, pero nunca lo conocí personalmente. Me perseguía la idea de ese cuento y al principio con la típica deformación profesional, me dije: 'Bueno, el personaje tendría que ser un escritor, un escritor es un tipo problemático'. Pero no me decidía porque me parecía aburrido, me parecía un poco tópico tomar un escritor. En ese momento murió Charlie Parker. Yo leí en un diario una pequeña biografía suya –creo que era de Charles Delonnay– en la que se daba una serie de detalles que yo no conocía. Por ejemplo, los períodos de locura que había tenido, cómo había estado internado en Estados Unidos, sus problemas de familia, la muerte de su hija, todo eso. Fue una iluminación. Terminé de leer ese artículo y al otro día o ese mismo día, no me acuerdo, empecé a escribir el cuento. Porque de inmediato sentí que el personaje era él; porque su forma de ser, las anécdotas que yo conocía de él, su música, su inocencia, su ignorancia, toda la complejidad del personaje, era lo que yo había estado buscando".

Julio Cortázar, entrevistado por Omar Prego (1983).


4. Charlie Parker no había nacido para anotar una línea de puntos sobre ninguna frontera. El tipo iba y derribaba los muros, pero no andaba detrás definiendo con palabras sus hallazgos; no buscaba el destino del pionero que descubre tierras vírgenes y luego da cuenta de la revelación, del subversivo que rompe el molde con talento y después explica su derrotero con lujo de detalles. No. Charlie Parker humedecía sus labios, cerraba los ojos y acariciaba a esa mujer plateada con voz fresca o nocturna entre sus manos, y rompía porque estaba cansado de los lugares comunes en el jazz, porque quería viajar, y para el viaje hay que saber arriesgar y quedarse solo.

¿Cómo quién era Bird, tan original, tan ingenuo, tan irreverente? Puede parecer una locura, pero vamos a comparar a Bird con Mané Garrincha, un cronopio de aquellos. Sí, el wing derecho brasileño, a quien apodaban "La alegría del pueblo", ese pibe que nació y murió en la miseria, que a los 5 años padeció una poliomielitis que casi le impide volver a caminar y que le dejó una pierna más corta que la otra a causa de una operación mal practicada. "El ángel de las piernas torcidas"; ese Garrincha. El que amagaba y dejaba a todos los centrales pateando el aire, el que despistaba con sus cambios de ritmo, el que recibiole diagnóstico lapidario del psicólogo del seleccionado brasileño, el profesor Joao de Carvalahaes: "Es un débil mental no apto para desenvolverse en un juego colectivo" (dice Bruno, acerca de Johnny: "No me voy a poner a decirle que su edad mental no le permite comprender que ese inocente juego de palabras encubre un sistema de ideas bastante profundo…"). Garrincha era un pibe, pero un pibe en serio. Sus compañeros insisten en señalar que razonaba como un nene de 8 años, que nunca sabía contra quién jugaba ni tampoco le importaba; que a todos los marcadores rivales los llamaba del mismo modo ("Hoy me marca Joao", decía), que jugaba –en el más lúdico sentido de esa palabra– con una libertad extrema aun acotado por la línea de cal, por las patadas de los defensores muertos de vergüenza por sus fintas indescifrables, por las limitaciones físicas, por sus adicciones.

Hay una anécdota que es pura digresión, pero vale la pena anotarla: cuando el árbitro terminó con un silbatazo la final del mundial de 1958, en Suecia, Mané preguntó qué pasaba, por qué tanto festejo, por qué la alegría desbordante de sus compañeros. Dicen que cuando le avisaron que el mundial había terminado y que eran campeones se enojó porque quería seguir jugando. Vaya a saber uno qué grado de veracidad tiene esta historia, pero dibuja con precisión el contorno infantil de Garrincha. A Mané, el fútbol lo rescató por algunos años de una vida de pobreza y marginalidad. A Bird, el jazz lo rescató de algo parecido. El fútbol para los pibes de las favelas de Brasil, el jazz para los negros de los guetos en Estados Unidos: una oportunidad única para salir de la oscuridad y asomarse a la luz, al menos por unos años, al menos por un ratito. Pero la luz es ajena; pero las raíces siempre tiran. Ni Charlie ni Garrincha se preocupaban demasiado por reflexionar sobre lo que estaban haciendo y lo que su talento desbordante cortaba por la mitad como una filosa daga. Ellos iban y hacían lo único que sabían hacer mejor que nadie: divertirse, jugar como pibes, con esa inocencia singular que los motivaba a arriesgar hasta correr los límites sin pensarlo dos veces ni andar especulando con lo oportuno o lo políticamente correcto de sus actos, con un saxo soplado desde el alma o una pelota atada al pie. ¿Por qué? Porque "…los creadores, desde el inventor de la música hasta Johnny pasando por toda la condenada serie, son incapaces de extraer las consecuencias dialécticas de su obra, postular los fundamentos y la trascendencia de lo que están escribiendo o improvisando". ¿Cómo era posible? ¿Qué hacía tanta belleza encerrada en esos cuerpos imposibles, en esas vidas oxidadas, marchitas de heroína y de vino tinto, sin futuro alguno? ¿Qué enigmático capricho de la naturaleza les otorgaba el privilegio del talento y les quitaba la capacidad para razonar sobre sus hallazgos? Justo a ellos dos, tan niños, tan libres, tan imprudentes y con tantos fantasmas a cuestas…


5. "Cualquier músico que dice que toca mejor porreado, picado o cuando está borracho es un perfecto mentiroso. Cuando tomo mucho no puedo ni siquiera mover los dedos, y las ideas decentes para tocar me dejan solo. Y en los días que estaba en la droga podía pensar que estaba tocando mejor, pero escuchando alguno de los discos ahora sé que no era así.

Algunos de estos vivos que piensan que tenés que estar completamente de la cabeza para ser un buen saxofonista están simplemente locos. No es cierto. Lo sé, créanme".

Charlie Parker, a la revista Downbeat.


6. Cuando un agudo crítico de una de esas revistas jazzeras de indigerible redacción (por lo barroco de sus formas, por lo erudito de sus argumentos) encaró a Bird para disfrazar una pregunta con una ardua teoría acerca de las fronteras que dejaba atrás su música, con una síntesis intelectual de elaboración cuidada que pretendía acotar las pulsiones del saxo a una hilera de palabras rebuscadas; el tipo esperó unos segundos, buscó las palabras justas y con precisión de goleador pateó al arco: "Hey man, es sólo música. Hay que tocar limpito y buscar las notas lindas".


por Hugo Montero

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