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Los días de Trotsky en México

El romance del demonio y la paloma

Secreto a voces, vínculo clandestino y peligroso, amorío furtivo y abrasador, Frida Kahlo y León Trotsky se vieron enredados en una relación marcada por un tiempo de urgencias, riesgos y excesos. Para él,podía tratarse de una despedida de su juventud en mitad de una biografía a punto de truncarse por la mano asesina de Stalin. Para ella, definitivamente era una provocación, una búsqueda, un desafío y hasta una revancha personal contra Diego Rivera. Crónica de aquellas agitadas tardes bajo el sol de Coyoacán.

Frida, la paloma


Quizá intrigados uno con el otro, sus miradas se cruzaban cada tarde en el espacioso patio de la casa. Ella, joven y extrovertida, se preocupaba por mejorar cada detalle en la estancia de su famoso huésped. Audaz, interrumpía reuniones con su presencia magnética, y trataba al Viejo con una cercanía que nadie en la casa podía imitar. Él, fascinado por la belleza exótica de aquella mágica mujer, inquieto por su pertinaz rechazo por todo lo formal, cayó en sus redes...


¿Existió una relación sentimental entre Trotsky y Frida? Mucho se ha conjeturado sobre ello, pero, a decir verdad, la única fuente fiable que confirma su amorío es el relato de Van Heijenoort, secretario del Viejo y único testigo de una relación que, consolidada a espaldas de Diego y de Natalia por obvias razones, se fue tornando cada vez más peligrosa: "Frida era una mujer notable por su belleza, temperamento e inteligencia. Muy pronto, en sus relaciones con Trotsky, comenzó a tener maneras bastantes libres. Su francés era pobre, pero hablaba bien inglés, pues había vivido largo tiempo en los Estados Unidos, cuando Diego pintaba allí sus murales. Con Trotsky, por lo tanto, hablaba muy a menudo en inglés y Natalia, que no entendía para nada ese idioma, se veía así excluida de la conversación. Frida no vacilaba, un poco a la manera norteamericana, en esgrimir la palabra 'love'. 'All my love' decía a Trotsky cuando se despedía de él. Trotsky, aparentemente, cayó en el juego. Empezó a escribirle cartas. Deslizaba la carta en un libro y se lo daba a Frida, a menudo delante de otras personas, incluso frente a Natalia o Diego, recomendándole que lo leyera. Yo no sabía nada, por supuesto, de esas astucias en ese momento, fue Frida quien me las contó tiempo después".


Sobre el mismo episodio, vale la pena detenerse a registrar algunas de las variadas voces que, que desde la historiografía, dieron cuenta de aquel romance furtivo que encendió las alarmas en la casa azul. El historiador español Antonio Liz sintetiza el vínculo de esta manera: "Para ella Trotski no debió ser sólo ese eslavo maduro de ojos azules de mirada profunda y porte viril, sino también el mítico tribuno de la Revolución de Octubre y el férreo creador del Ejército Rojo. Para él Frida debió suponer las renovadas ganas de vivir, de sentirse aún joven y deseado… ¿Consumaron sexualmente su pasión? No lo sabemos, pero ojalá por ellos, ya que el amor apasionado es la forma suprema del goce". Para el escritor venezolano Freddy Yépez, en cambio, "tal vez, el amor de Frida por Trotsky fue mucho más surrealista que su pintura. Quizá, el amor de Trotsky por Frida haya sido un desliz de juventud en la vejez". Por otro lado, una de las biógrafas de Frida pone el acento en el tortuoso contexto en que fue germinando aquel peligroso vínculo afectivo: "No se puede atribuir a la 'debilidad' el juego amoroso que empezó a tramarse entre León Davidovich y Frida, sino más bien a la vida misma, a sus impulsos, a su oculta fuerza. El mundo de Trotsky era un mundo difícil; el de Frida, en un orden diferente, también. Dos personalidades que se encontraron y se dieron por un momento la una a la otra algo de sí mismas, ese es quizá el espacio en que se anudó esa relación… Era primavera. Pero todo sucedía principalmente en interiores, en forma sumamente política, aun con riesgo de asfixia. La relación entre Trotsky y Frida era cada vez más visible: llegaron a reunirse en casa de Cristina, y los visitantes habituales de la Casa Azul estaban inquietos: cualquier gesto podía ser comprometedor. A pesar del calor y del placer que los dos protagonistas debían hallar en sus relaciones, en realidad estaban acosados. Había que resolver la situación antes de que tuviera consecuencias políticas".


Lo cierto es que su fugaz relación no podía durar. Había demasiado en juego y, por otra parte, suponer la reacción de Diego frente al descubrimiento de la infidelidad de su mujer generaba en el entorno de Trotsky una certeza que trasladaron al ruso: "Todo esto sucedía unas semanas después del final de las audiencias de la comisión Dewey. A fines de junio, la situación fue tal que los que se encontraban más cerca de Trotsky comenzaron a inquietarse. Natalia sufría. En cuanto a Diego, no se daba cuenta de nada. Era un hombre de unos celos enfermizos y la menor sospecha de su parte hubiera provocado una explosión. Uno puede imaginarse el escándalo y sus graves repercusiones políticas. Jan Frankel, si mis recuerdos no me engañan, se atrevió a hablar a Trotsky de los peligros que presentaba la situación –detalla Van Heijenoort–. El 11 de julio Frida fue a ver a Trotsky a la hacienda. Tengo buenas razones para creer que luego de esa visita Trotsky y Frida decidieron poner fin a sus relaciones amorosas. Hasta ese momento se habían dejado deslizar por la pendiente resbaladiza del flirt. De ahora en adelante no se podía seguir más lejos sin comprometerse a fondo. El desafío era demasiado grande. Los dos dieron marcha atrás. Frida estaba muy ligada a Diego y Trotsky a Natalia. Por otro lado, las consecuencias de un escándalo podrían ir demasiado lejos"...


(La nota completa en la edición gráfica de Sudestada)

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Autor

Hugo Montero