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Universos de Frida

Golpes de luz y dolor

No resulta ocioso reflexionar sobre aquello que le permite a un objeto cruzar el umbral de un arte menor o el de la mera artesanía para ser considerado una obra de arte. ¿Qué variables intervienen? Quienes se dedican a historiar y dictaminar sobre aquello que logra traspasar esa frontera y situarse como producción artística...

Estrellas y estrellados


No resulta ocioso reflexionar sobre aquello que le permite a un objeto cruzar el umbral de un arte menor o el de la mera artesanía para ser considerado una obra de arte. ¿Qué variables intervienen? Quienes se dedican a historiar y dictaminar sobre aquello que logra traspasar esa frontera y situarse como producción artística agotan volúmenes enteros intentando explicarlo con éxito relativo. Sintetizando, podríamos decir que la artesanía surge como una producción más o menos seriada y lo oportunista o pasatista no califica. En cambio, una obra de arte es perdurable, única y debe reunir originalidad y excelencia. En esa singularidad y altura tiene mucho que ver la existencia del artista. ¿Qué acontece para que su obra llegue al gran público? ¿Acaso su vida forma parte indisoluble de su producción? ¿Existen casos en que la totalidad de la vida es la obra? Partiendo desde tales interrogantes, trataré de compartir algunos pensamientos sobre la mexicana Frida Kahlo que habitó este mundo durante la primera mitad del siglo xx y que, desde el vamos, tuvo que franquear barreras complejas. En principio, era una mujer en una sociedad extremadamente machista, y para colmo de males, como ella misma afirmó, "en lugar de nacer con estrella, había nacido estrellada" y en medio de una avalancha de murales, era una pintora de caballete.


La revolución mexicana que había acabado con el Porfiriato (1876/1910) seguía convulsionada. Para 1920, con la asunción de Álvaro Obregón, el país era un hervidero, Zapata había sido asesinado en 1919 y Pancho Villa en 1923. Para contrabalancear, el presidente había nombrado a José Vasconcelos como Ministro de Educación, quien produjo un movimiento tan inesperado como formidable. Sus políticas educativas buscaron una integración cultural de la población indígena y provocaron una reorientación artística que dejó de lado el arte académico de influencia europea e integró las temáticas de arte popular. Para ello contrató a José Orozco, David Siqueiros y Diego Rivera, a quienes les encargó diversas comisiones en instituciones estatales como la Secretaría de Educación Pública, Escuela Nacional Preparatoria, Palacio Nacional, Palacio de Bellas Artes. Si bien dicen que Obregón hacía trabajar a los muralistas "por salarios de fontaneros", éstos buscaron con entusiasmo la conexión entre el arte y la sociedad, contrapuesta a la funcionalidad aristocrática del arte que siempre estuvo desvinculado del pueblo.

Cuando faltaban todavía cinco años para que Kahlo se animara a hablar con Rivera, el 9 de diciembre de 1923 se publicó el célebre Manifiesto del sindicato de Pintores y Escultores, donde argumentaban: "Repudiamos la llamada pintura de caballete y todo el arte de cenáculo ultra-intelectual aristocrático y exaltamos las manifestaciones de arte monumental por ser de utilidad pública (…). Proclamamos que siendo nuestro momento social de transición entre el aniquilamiento de un orden social envejecido y la implementación de un orden nuevo, los creadores de belleza deben esforzarse porque su labor presente un aspecto claro de propaganda ideológica en bien del pueblo, haciendo del arte, que actualmente es una manifestación de masturbación individualista, una finalidad de belleza para todos, de educación y de combate".


Con semejante panorama, ¿cómo trascendió la pintora de caballete en aquel círculo? La misma que más tarde escribiría: "Las mujeres han estado siempre infravaloradas. Es muy duro ser pintora"...


(La nota completa en la edición gráfica de Sudestada)

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Autor

Marcelo Valko