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Quilpo

El paisaje de lo que queda

A 25 kilómetros de Cruz del Eje, la pequeña localidad de Quilpo se niega a transformarse en un pueblo fantasma. sus habitantes resisten una política extractivista de la calera que no detiene su voracidad. Pequeños relatos de quienes siguen apostando a la vida por encima de las corporaciones.

Lejos, el humo de las chimeneas decora un cielo que se enciende de a poco. En el aire los rastros de las canteras se deshacen en vapor. A 25 kilómetros al sur de la localidad de Cruz del Eje, Quilpo, un pequeño poblado del norte cordobés, se deja reconocer por sus montañas de cal apiladas entre un puñado de casas empolvadas de blanco. El camino de tierra bordea el dique Arturo Illia de la localidad de Cruz del Eje, atraviesa un vado, el río San Marcos, y después continúa hacia al sur hasta llegar al poblado. En la parte alta de este paraje rural se encuentra la zona de las caleras que lo caracterizan desde hace casi un siglo. Una seguidilla de casas derruidas zigzaguean las calles dejando ver sólo los escombros como rastro de lo que fueron. La empresa CEFAS SA, actual propietaria de la explotación de cal, es la principal fuente de trabajo, radicada en 1996 luego de que Canteras El Sauce quebró. Sin embargo, su presencia permea las vivencias de los pobladores con un dejo de indignación. Por el camino, un grupo de vecinos sube a paso lento de una temporalidad específica, envueltos por una brisa fresca que arrastra al sonido de una radio portátil, un poco más allá del silencio.
- Uf, tiempo es lo que me sobra -dice Víctor Cortés, un hombre alto y de manos grandes, que de inmediato deja la cuchilla y hace a un lado los trozos de un costillar de vaquillona recién cortados. Repasa sus manos en el delantal blanco y sale de la carnicería El Alba para conversar más cómodos, sobre los postigos de una ventana.
- La historia del pueblo es un poco la historia mía. Nací acá, en Quilpo, en 1937. Las familias criaban cabras y vacas, de eso vivía la gente. Hasta que se instalaron las caleras y comenzaron a trabajar ahí. Esto era de la empresa que fue a quiebra y la nueva firma compró todo -y extiende sus brazos largos como abrazando al pueblo- y quieren que acá no quede nadie. Están desalojando para demoler todas las casas...

(La nota completa en la edición gráfica de Sudestada)

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Autor

María Eugenia Marengo