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Luca. Un ciego guiando a los ciegos

Un día cualquiera se desliza hacia la noche en la redacción del entonces gran diario argentino. El periodista que escribe sobre rock atiende el teléfono con cierta displicencia. Te busca un tipo raro, dice desde dos pisos abajo el pelado Núñez.

El periodista baja por una escalera oscura. En la pequeña recepción, la bragueta desprendida, la remera sucia y la campera negra de Luca Prodan desentonan como un poeta en la Bolsa de Valores.

En la cafetería del entonces gran diario argentino, Luca quiere ginebra, pero no hay. Toma té, entonces. Está borracho. "Vine a verte porque sí", dice el Pelado que hace como que no ve que todos lo miran mal en ese lugar de casi oficinistas.

El periodista comprende y no. Vagamente, Luca le da a entender que le ha gustado una nota suya sobre Sumo, pero enseguida lo agrede: "De cuánta mierda tendrás que escribir para ganarte la vida", le dice. Conversa un largo rato de cualquier cosa. Ahora ya es de noche. Una noche más de la primavera de 1987. La cafetería se ha ido despoblando. "Vos solamente podrías entender si conocieras la heroína", dice Luca. El periodista lo mira en silencio. Tiene la impresión de que el Pelado sufre enormemente, y a la vez no.

Mientras se para a buscar otro café y otro té, un gerente del gran diario argentino se ha detenido ante la mesa de Luca mirándolo como a un intruso. Luca le hace el gesto de fuck you y el hombre del tercer piso concreta un veloz mutis por el foro. Unos minutos después, de Seguridad vienen a constatar si está todo bien. "Está todo bien", contesta el cronista.

"Yo no soy artista: si fuese artista escribiría un libro", remarca Luca un rato después. Enseguida, no aguanta más y se va. El periodista sube los dos pisos, conversa un rato, hace alguna llamada por teléfono y finalmente baja para irse.

Núñez le avisa que el tipo raro está en la esquina, se lo ha informado alguien de vigilancia externa, que ¿para eso está? El periodista camina esquivando baches y colectivos embalados hacia la nada. Comprueba lo que intuía: en el viejo y sucio boliche de Tacuarí e Ituzaingó sí venden ginebra.

Luca está sentado en una mesa que da a una ventana, tratando de convencer a dos manyines de que es karateca. Cuando ve al periodista se ríe tontamente, y simultáneamente tiene un brillo inteligente en los ojos. "En realidad, solamente podrías entender si conocieras la ginebra", le despacha ahora en broma y se hace acompañar en la risotada por esos dos compañeros de trago, que lo miran como a un loco raro.

El periodista entra y se sienta, pero está incómodo, tal vez por la distancia entre su tarde de trabajo leve y la estética que le propone el alcohol al trío de la mesa. "Bueno, me voy", anuncia. "En realidad... podrías entender si quisieras, Argentina mata más que la heroína", le contesta el Pelado.

"¿Te quedás acá...?", insiste, un rato después -mientras los manyines lo miran como a una mujer molesta- el periodista que tiene una cita doméstica.

"Sí -termina Luca-, los muchachos dicen que acá venden una lengua a la vinagreta buenísima".

***

Tal vez en 1950, quizás en 1949, pero seguro en Cincinnati, Charlie Parker está ensayando en un estudio de grabación, preso de todos sus vicios de droga, pero bastante antes de morirse en 1955 de un plop de corazón viendo un programa cómico en la tele estadounidense. La escena está magistralmente reconstruida por el escritor argentino Julio Cortázar en su cuento "El perseguidor", y hasta pudo ser inventada, y eso no importa, porque si no ocurrió así debió ocu-rrir así. Parker está ensayando, y está en el estudio el joven Miles Davis, y todo va bien porque es uno de esos días en que la inspiración lo convierte en genio. Todos están espléndidos en la sala, incluso el técnico de sonido, que hace señales de placer desde su pecera. Y justamente en ese momento, cuando Parker está "como perdido en su alegría", narra Cortázar, deja de tocar, le tira un puñetazo a alguien cuyo nombre es un detalle que no importa y exclama "esto lo estoy tocando mañana".

Treinta y ocho o treinta y siete años después, en realidad no es eso lo importante, el grupo Sumo está en los estudios Panda de Buenos Aires, intentando dejar terminado su tercer disco. Luca Prodan, que ha llegado a la grabación después de meses y meses sin ensayar, se obstina en la discusión de un acorde. Enojado, le dice a uno de sus compañeros "yo hablo de lo que va a pasar, pero tres años antes". Zanja así una polémica doméstica en que no se entendía muy bien qué cosa estaba defendiendo al querer oscurecer la música del grupo. Y cuando el guitarrista Ricardo Mollo en esas mismas sesiones se prende en una conversación sobre eso, Luca le deja claro que sabe que mañana no estará. "Yo estoy hablando de que me voy a morir", dice Luca, y se hace como un silencio emocionado.

Tres años después de eso, es decir en mayo de 1990, el periodista que está escribiendo este libro sobre Prodan escucha nuevamente la letra de "Hola Frank", el tema que en ese tercer disco de Sumo está después de "Mañana en el Abasto", y asume el mensaje cifrado.

"Me voy a poner azul/ me voy a cortar el cuello/ me voy a reventar la cabeza/ me voy a meter en el baño/ me voy a tirar en la cama", cantaba en 1987 Luca, siete meses antes de morirse en diciembre, y tres años después del momento mágico en Panda casi todo está claro.

El cruce en el tiempo y la ficción de los elementos, ese mágico rompecabezas intangible que sólo por azar se corporiza en este momento y tal vez luego desaparezca, esta simetría de tiempos y personas asimétricas, tiene otros detalles, susurra la maleable realidad.

(La nota completa en la Sudestada N° 135 - diciembre de 2014)

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Carlos Polimeni