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Entrevista con Gabo Ferro y Luciana Jury

"Venimos de algún lugar perdido y milenario"

Gabo Ferro y Luciana Jury son dos voces en espejo. El cantautor, historiador y poeta halló junto a la voz y la intensidad interpretativa de ella una identidad y una misma fuente de interrogación acerca de la entrega estética sin freno y de emociones plenas para tradiciones sin añoranza, raíces y canciones en territorios del futuro. El fruto del encuentro es El veneno de los milagros, el disco de guitarra y dos voces, con temas de él, que grabaron en una semana de invierno. Una obra doliente, un imán poético y melódico que desafía convenciones del marketing musical y trasciende todo casillero sonoro.

"Ha de ser un cortocircuito", piensa Gabo Ferro al oír la vibración metálica en la caja de luz del patio mientras traen sus voces los pájaros al viento del mediodía. Un árbol, un patio, y el mate para los dos: Gabo Ferro y Luciana Jury rastrean la calma para seguir, ya sin el quiebre eléctrico, ni las bocinas allá afuera, en el barrio porteño de Belgrano. Y la sintonía está en los mapas que unen sus ojos. Dos médiums de la canción, dirá luego Gabo Ferro para captarse y espejarla. ¿A dónde se ven juntos, aquí?

En las geografías del disco que grabaron en El Calafate, Santa Cruz, en el invierno, y que presentarán el 8 de noviembre en el ND/ Teatro (Paraguay 918) de Buenos Aires. Se llama El veneno de los milagros, lo editaron por el sello Oui Oui Records y activa preguntas hacia los surcos, las guitarras y las voces de ambos en las canciones del cantautor en el ojo contemporáneo de la música argentina más allá de la raíz folklórica y la canción independiente. En las frases a piel, a espejo del uno en la otra, del amor y las existencias, los miedos, el cuerpo, la violencia instalada desde el poder circulante y el futuro mejor. El veneno de los milagros desmonta varios lugares cómplices, liviandades y efectos de mercado a la par. Las dos voces se buscan, se hallan y salvan juntas cantando.

¿En qué mapas estuvo cada uno primero? La cantora, guitarrista y compositora bonaerense Luciana Jury (hija de Jorge Zuhair Jury, sobrina de Leonardo Favio: ya el lugar común aclararlo) es una de las voces sin adjetivos en la cultura popular argentina de los últimos años. Conjunción, La Jury, de canto criollo, flamenco y rockero en paisajes de alma vertical y rugosidades a tierra. Encuadres apenas: con un disco junto al guitarrista Carlos Moscardini, Maldita Huella y dos sola, Canciones brotadas de mi raíz y En desmesura, entre clásicos del folklore, coplas y espejos de tradición horadados en su voz (más una versión de "Post-crucifixión" de Spinetta y Carlos Cutaia en clave de chacarera), ella capta nortes sonoros y avanza.

Y luego está Gabo Ferro: él es un mapa de las trovas siglo XXI, con ocho discos detrás, en trances de raíz folklórica y vestigios de rock, o reinstalación de rock en guitarra y cuerpo solo; con una profusa historia creativa que construye, él, a la par de su voz más reciente como historiador: editó Barbarie y civilización: sangre, monstruos y vampiros durante el segundo gobierno de Rosas (1835-1852) y Degenerados, anormales y delincuentes. Gestos entre ciencia, política y representaciones en el caso argentino. Como poeta, con su reciente antología Costurera carpintero, con prólogo de Diana Bellesi. Un creador sin especulaciones ni cánones (declarados). Y cuerpo-voz en diversos territorios: trabaja junto a Emilio García Wehbi en una versión escénica de "Para terminar con el juicio de Dios", de Artaud, y, como solista, en una ópera de Gabriel Valverde que estrena en diciembre.

En El veneno de los milagros, Gabo Ferro y Luciana Jury contemplan voces -y colores- en austeridad, al fondo de sus historias de raíces conurbanas. De "Una deuda del bien", que abre el disco, a "Mirar o ver", no hay instante que se pierda en lejanía. Hay un territorio dramático que sigue abriéndose. "Yo no quiero -dice Gabo- un lenguaje diferente al de las personas que están escuchando. No me gusta pararme ni arriba ni abajo, sino la horizontalidad".

Cuando se conocieron, hace apenas dos años, hubo magia. Ella cantó con él, él con ella, y él luego, pensando en su nuevo disco, la invitó a El Calafate y compuso todo el repertorio (en los dos). Y lo grabaron en una semana en el estudio Solo Artis, propiedad de Coqui Ariztizábal: por la ventana veían el Lago Argentino y las montañas. "Fue una idea de Coqui y dijimos: 'Vamos con Luciana a grabarlo'. Alejandro Pugliese operó y mezcló, y estuvimos los cuatro internados una semana. Pero hubo algo que trascendía el disco: mi respeto y amor a Luciana. Yo quería que ella estuviera contenta con el viaje, con la grabación, con las canciones. Se tenían que hacer carne en los dos".

-¿Qué tiene la voz de Luciana que es tan inspirador para vos?

G: -Al origen de su voz lo siento el mismo que el de mi voz. El tránsito de la interpretación de ella es idéntico al mío: venimos de un mismo lugar viejísimo, perdido en algún fondo histórico. Milenario, me animaría a decir. Y por eso somos hermanos. Yo en su voz reconocí mi voz. Lo primero que surge cuando reconocés a una hermana es querer regalarle lo que tenés a mano. Pero algo nuevo, no algo usado. Yo le presenté y canté alguna canción y fue un momento tiernísimo, porque ella estaba amamantando a su beba. Ya estábamos los dos cantando y ahí empecé a buscar la materia. Luego empezamos a querernos profundamente".

(La nota completa en Sudestada N° 134 - noviembre de 2014)

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Autor

Patricio Féminis