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En la calle

Kevin, una herida abierta

El 7 de septiembre se cumplió un año del asesinato de Kevin Molina en el barrio Zavaleta, en Pompeya. Mientras la causa por "homicidio simple" avanza a pasos agigantados, la que inculpa a las fuerzas de seguridad por liberar abiertamente la zona duerme en un cajón que protegen jueces y fiscales. Y mientras, su madre nos abre las puertas de su casa para recordar a Kevin y dar pelea cada día para que esa muerte absurda no quede impune.

Roxana Benegas es la mamá de Kevin Molina. A pesar de que con el esfuerzo de mucho tiempo de trabajo van remodelando la casa en la que viven desde hace siete años, el vidrio con un agujero en la ventana de su casa sigue siendo testigo de la balacera a la que asistieron meses atrás. De las 105 balas que se dispararon durante tres horas, una de las que ingresó a la casa alcanzó a Kevin, quien se encontraba acurrucado bajo la mesada para protegerse.

Mientras ceba mates y ofrece unos panes que ella misma horneó, los hijos entran y salen, manotean panes, piden que les peine el pelo o sólo escuchan. A uno de ellos un titular en la tele le llama la atención: el domingo próximo se jugará el clásico entre River y Boca y puede leerse: "Superclásico: 1650 efectivos policiales y más de un millón de pesos invertidos en seguridad". La palabra "(in)seguridad" atrae a los pibes, acostumbrados a ser el blanco de culpas y de estigmatizaciones; la millonada invertida en policías indigna a Roxana: "Nunca se le bajó un sueldo a un prefecto, a pesar de que liberaron la zona. Y de hecho, cuando ya me había llevado a Kevin al hospital, se quedaron en la casa y me robaron 100 pesos (100 pesos que me había dado mi hijo Fede para que se los guardara, los envolví en una sábana y los puse bien arriba, en un placard) y dos celulares en desuso... ni siquiera podía decir que los usábamos y los confiscaban para sacar información. Tampoco sé qué buscaban... quizá querían implicarnos en que éramos traficantes, y entonces ¿qué hubiesen dicho? 'Le mataron un hijo a los transa', porque mi hijo, con nueve años, no puede ser un transa...". También nos cuenta sobre las 20 horas que trabaja Claudio, el padre de Kevin, o el tiempo que ella dedica a sus hijos, o lo bien que les va a los chicos en el colegio. Todo lo que dice lleva la marca de quienes tienen que defenderse ante las acusaciones constantes de los grandes medios que no entran a su barrio para ver cómo viven, cómo es su cotidianeidad o cuánto los quieren sus vecinos. Es cierto. Si Kevin hubiera tenido más de 14 años, los motes de "soldadito de banda narco", "jefe de banda narco", "peligroso narco buscado", "ajuste de cuentas entre bandas narco", hubieran estado a la orden del día. Pero Kevin tenía 9 años, una sonrisa con ventanita, una familia y cientos de vecinos que lo extrañan.

Una triste mañana de lluvia

La mañana en que mataron a Kevin llovía. Y no era solo un telón de fondo para un hecho tristísimo, sino que fue también la excusa que encontraron a mano prefectos y gendarmes para argumentar que no se escucharon los disparos.

A la madrugada había comenzado la disputa por parte de dos bandas narco por una casa que servía de "kiosco". Militantes de la organización barrial La Poderosa afirman que se trataba de gente ajena al barrio, enterados de que ese lugar estaba vacío porque tiempo atrás había sido allanado por el Juzgado federal N° 7. Primero fueron unos 30 tiros, mientras los vecinos llamaban desesperados al 911. Entonces, cuenta Roxana: "Vino un patrullero de Prefectura, pasaron por el pasillo, miraron adentro, revolearon un carrito de juguete y se fueron; incluso una vecina escuchó que dijeron: 'que se maten entre ellos que después vamos a buscar el cuerpo'".

Esa fue toda la intervención de las fuerzas de seguridad; luego de que se retiraran, sonaron 75 disparos más. Uno de ellos dio en la cabeza de Kevin. Sin embargo, con la garita de Gendarmería a 50 metros y la de Prefectura a 100, es físicamente imposible que los disparos no fueran oídos por fuerza alguna, teniendo en cuenta que las armas que se usaron eran de guerra (una escopeta, una pistola 9 milímetros, una calibre 32, otra calibre 22, fragmentos encamisa-dos y numerosas vainas servidas de esos calibres y cartuchos de escopeta) y el sonido que emiten es el que escuchamos en cualquier película hollywoodense... no hay lluvia que pueda taparlos y menos a tan corta distancia.

Luciano Ortiz Almonacid es el abogado de la familia y se encarga de llevar adelante las dos causas, ambas a cargo de dos fiscales distritales de Pompeya: Adrián Giménez y Marcelo Munilla Lacasa, quienes arrastran el duro antecedente de haber sido los fiscales del caso Fernando Carrera (el del choque con el patrullero en Pompeya, con irregularidades tan obscenas que terminaron siendo una película de Enrique Piñeyro, The Ratti Horror Show).

La primera causa se inicia inmediatamente, y queda a cargo del juez subrogante Hernán López de juzgado de instrucción Nro 41, que investiga a las supuestas bandas narcos que mataron a Kevin. El 25 de septiembre de 2013, luego de tomarles declaraciones a gendarmes y prefectos que habían estado allí, vislumbra la posibilidad de que hubiera irregularidades en su accionar, por lo que se traslada al juzgado correccional Nro 14 de la fiscalía de Pompeya (los dos juzgados tienen juez subrogante) y el 25 de septiembre lo transfieren al Ministerio de Seguridad.

(La nota completa en Sudestada N° 134 - noviembre de 2014)

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Nadia Fink