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Malditos: Jorge Zabalza

Una estaca tupamara

Los silencios del Tambero también dicen cosas. No son pausas. Parecen parte del relato.

Y ese tono atado a lo popular, a lo entrañable y sencillo de las cicatrices que deja un tiempo de fuego, cautiva a los pibes jóvenes. Como cuando esa vez se le arrimó un gurí y le dijo, conmovido: "Qué emoción estar con una parte de la historia". Entonces, otra vez es el silencio el que irrumpe. No es una pausa, es parte del cuento. El Tambero arquea las cejas y evoca en tono confidente: "Me hizo sentir como una momia".

Si hay que elegir una imagen que defina a Jorge Zabalza hoy, sería la antítesis de este Uruguay que se acomoda detrás de una nueva gestión de Tabaré Vázquez. Si el nuevo-viejo Presidente propone moderación política, continuidad económica, pragmatismo ideológico y tibia retórica; Zabalza irrumpe con las herramientas opuestas: fue revolucionario y lo sigue siendo, es francotirador implacable ante cada injusticia, es inflexible y no renuncia a la perspectiva insureccional, critica un modelo que -después de una década de Frente Amplio en el gobierno- se muestra disciplinado a los parámetros capitalistas: intensificar la política del agronegocio y priorizar la concentración de la tierra en manos transnacionales. Después de todo, no es otra cosa que un tupamaro cimarrón, que poco tiene que ver con sus otros compañeros de armas, que a la hora de las definiciones prefieren seguir la sombra de Tabaré con un discurso que empacha de tanto pragmatismo. Y tampoco está mal señalar que el Tambero, desde su carnicería en el barrio de Santa Catalina, cerca del Cerro, mantuvo en alto las banderas de Sendic y de los compañeros que quedaron por el camino, y decidió hace ya bastantes años, clavar una estaca y no ceder. No negociar. No transar. Basta con repasar su historia personal para comprender por qué la voz del Tambero -y sus silencios- sigue ganando el interés de la gurisada.

La aventura tupamara

Resulta que el hijo mayor de una familia patricia, el heredero del caudillo del pueblo, el pibe que idolatraba a Obdulio Varela, el lector voraz que seguía las epopeyas de los caudillos orientales, un día descubrió que la aventura no terminaba en los campitos de Minas, que la rebeldía no pasaba por dejar atado a un policía contra un palo borracho y que la política iba más allá de la intendencia que ocupaba su padre. Entonces, ya en Montevideo y entre amigos de fierro y romances furtivos, descubrió los misterios de las barricadas, el murmullo de una facultad tomada y el vértigo de las corridas para zafar de la montada. Así fue arrimando su entusiasmo hasta que se juntó con los anarcos de la FAU, mientras intentaba reparar por carta el vínculo perdido con sus padres, procurando probarles que atrás habían quedado sus tiempos de tiro al aire y que había llegado el momento de madrugar para ir a trabajar. Para 1963, los diarios mencionaban un misterioso grupo llamado "El Coordinador", que había asaltado el Tiro Suizo de Colonia para llevarse algunas carabinas. Zabalza seguía las noticias que confirmaban que se trataba de los mismos que tiempo atrás habían defendido con armas las ocupaciones de tierras protagonizadas por los cañeros de Bella Unión. Un par de años más tarde, el Movimiento de Liberación Nacional- Tupamaros ya se había transformado en la principal amenaza para el régimen militar, y en un poderoso polo de atracción para los jóvenes rebeldes e inorgánicos, como Zabalza. Pero no, le negaron la entrada a la orga. "Ustedes son demasiado locos", le dijeron. Volvería a intentarlo tiempo después, de regreso de su viaje a Cuba y poco después de la caída del Che en Bolivia, y esta vez sí los tupas lo reclutaron.

No les quedaba otra, en realidad: el contacto que facilitó su ingreso era su hermano menor, Ricardo.

A partir de entonces, la aventura tupamara consumió su tiempo, curtió su espíritu y lo marcó para siempre. Como el resto de sus compañeros, hizo del ingenio, la astucia y el cuidado en los detalles la materia prima de cada acción propagandística; por eso en poco tiempo los pobres del país empatizaron con aquella guerrilla urbana que ridiculizaba al aparato represivo y defendía una perspectiva revolucionaria desde las sombras. Montevideo era su selva de asfalto, y en cada rincón los tupas siempre encontraban una puerta abierta: vestido de turista, con alpargatas y sombrero de pana, caminaba Raúl Sendic, el prófugo más buscado de todo Uruguay. En plena temporada veraniega, José Mujica cruzaba la playa ataviado con un short y una camiseta de Peñarol. Los tupas se mimetizaban con facilidad entre la gente porque eran populares en esencia, y con el tiempo fueron construyendo una simbiosis con los sectores más humildes, que los transformaron en una alternativa concreta. Eran capaces de asaltar un banco para financiar la organización, pero también estaban en condiciones operativas de interrumpir la transmisión radial de un partido de Nacional para leer un mensaje que llegó en vivo a todo el país. Los tupas eran el brazo justiciero del pueblo contra la burguesía; los que golpeaban a los poderosos y después se ocultaban en las sombras, los innombrables que pugnaban por una revolución socialista y ensayaban formas de doble poder, los guerrilleros que acumulaban fama fuera de las fronteras orientales y no paraban de crecer. Todo parecía al alcance de la mano para su ingenio operativo, y la realidad iba proponiendo desafíos cada vez mayores.

Pero la represión también perfeccionaba sus armas, y extendía sus brazos. En julio de 1969, Zabalza fue detenido. Tres meses más tarde, entre mates y planes de fuga, la radio difundió la noticia: un comando guerrillero había copado la localidad de Pando, a 32 kilómetros de Montevideo. Pese al éxito de la toma, en la retirada una veintena de tupas fueron apresados y tres de ellos, asesinados. El último de la lista era Ricardo, el hermano de Jorge. El asesinato de Ricardo, de apenas 20 años, fue un estigma que lo acompaña hasta hoy. Quizá todo lo que luchó y resistió desde entonces, en la clandestinidad y en la superficie, en prisión o en libertad, orgánico o disperso, tiene que ver con esa ausencia que lacera, como una herida abierta.

(La nota completa en Sudestada N° 134 - noviembre de 2014)

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Autor

Hugo Montero