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¿Por qué estalló Brasil?

En ocasiones, basta con una mínima chispa para encender la hoguera. Lejos de la agenda del gobierno o de los medios opositores, una multitud salió a las calles en todo Brasil a exigir cambios y reformas. Sin dirección, sin programa, sin control, la política hoy está marcada por la presencia de muchedumbres que protestan. Para intentar comprender este proceso, el informe de un cronista de Sudestada desde el ojo del huracán.

"No es por 20 centavos". La frase que ha ilustrado tantos carteles hasta transformarse en un mantra en las protestas que convulsionaron en junio las calles y plazas de Brasil, gana mucho más significado de lo que su primera lectura permite aparentar. Iniciada en la última semana de mayo por protestas en contra del aumento de la tarifa de buses en la ciudad más grande de América Latina, la llamada "Revuelta del Vinagre" ganó dimensión nacional, fue sumando un sin número de reivindicaciones e hizo surgir una indignación nunca vista en la historia del país vecino.

Las primeras manifestaciones fueron convocadas por el Movimiento Pase Libre (MPL) en San Pablo. La demanda: la reducción del pasaje de bus urbano -principal medio de transporte de la ciudad-, que había sido aumentado de 3 reales a 3,20 en la primera semana de junio. El "Movimento Passe Livre" nació hace cerca de diez años, primero en Florianópolis y pronto se expandió por las principales ciudades del país. Lo componen jóvenes estudiantes universitarios y trabajadores urbanos relacionados con las corrientes anarquistas o con algunos partidos de la izquierda socialista. MPL considera la cuestión del transporte público y la movilidad urbana -en un país donde el 85 por ciento de la población vive en esas zonas- estratégica en Brasil y tiene como objetivo central la aplicación de la "tarifa cero". "Sólo tendremos transporte público y de calidad cuando sea controlado por sus trabajadores y usuarios, y no por empresas privadas", afirmó Mayara Vivian del MPL, revelando el horizonte político del movimiento. Sus miembros tienen una formación política coherente y mantienen la autonomía del movimiento intacta en relación con los gobiernos y los partidos de turno.

Desde aquella convocatoria, miles de personas salieron a las calles y obstruyeron las principales avenidas de San Pablo, como la Paulista, donde tienen sede los más importantes bancos y asociaciones industriales y comerciales de Brasil. Pero el principal motivo que despertó la atención y la solidaridad de quienes no estaban en el Movimiento fue la brutal violencia -inicialmente, apoyada por la mayoría de la prensa corporativa- desatada por la policía en esas primeras manifestaciones. Más de trescientas personas fueron arrestadas solamente en San Pablo, algunas bajo las más absurdas acusaciones. El reportero de la revista Carta Capital, Piero Locatelli, fue detenido por llevar en su mochila una botella de vinagre, como otras setenta personas el 13 de junio, durante el cuarto día de protestas en esa ciudad. "Ir y venir con botellas de vinagre debería ser un derecho de cada ciudadano", se justificó un sarcástico Locatelli.

La violencia desmesurada recayó también sobre los periodistas: el fotógrafo Sérgio Silva, de la agencia Futura Press, fue alcanzado por una bala de goma en el ojo izquierdo y tiene pocas posibilidades de recuperar la visión por esa herida.
Según Salvador Raza, analista de seguridad de la National Defense University, anoticiado por la BBC sobre lo que ocurría en Brasil, la orientación general para la utilización de balas de goma es que siempre se debe apuntar a las piernas y que dichas armas no deben ser empleadas a menos de veinte metros de distancia. Giuliana Valone, reportera del periódico Folha de São Paulo constató que la orientación no fue seguida por la Policía Militar. La joven de 26 años recibió un disparo de un policía mientras tomaba apuntes en su cuaderno. Giuliana dijo que vio al policía apuntando en su dirección. "Ellos ya me habían apuntado con sus armas otras veces. Jamás imaginé que me dispararían", dijo ya en el hospital, sin mayores daños, gracias a los anteojos que usaba en el momento en el que fue alcanzada por una bala de goma.

Con respecto a los medios, al inicio de la jornada de protestas la mayoría solicitaba que los gobernantes fuesen rigurosos en el mantenimiento del orden. "De hecho, lo que quiere la población es el fin del desorden, y eso depende del rigor de las autoridades", pidió en su editorial "Es hora de decir basta" el periódico O Estado de São Paulo aquel 13 de junio. Y el diario Folha de São Paulo utilizó un tono semejante: "Es hora de poner un punto final en esto. En lo que se refiere al vandalismo, sólo hay una forma de combatirlo: la fuerza de la ley". Pero cuando advirtió que podría utilizar políticamente las protestas para desgastar al gobierno de Dilma Roussef, la prensa corporativa cambió rápidamente de opinión. Un famoso comentarista de TV Globo, Arnaldo Jabor, vociferó: "En el fondo, todo es una mezcla de ignorancia y rencor sin rumbo. Ellos son la caricatura violenta de la caricatura del socialismo de los años 50 que la vieja izquierda todavía defiende aquí. Realmente esos revoltosos de clase media no valen ni veinte centavos". Pocos días después volvía al tema con otro tono, extrañamento opuesto: "De pronto, surgió el pueblo. Una juventud que estaba callada desde 1992 despertó y abrió sus ojos. Si todo resulta bien, estamos viviendo un momento histórico lindo y nuevo", dijo, contando con la amnesia colectiva y la predisposición de sus seguidores para olvidar lo que había dicho antes.

La población común, acostumbrada a recibir el abordaje tradicional de la prensa, siempre enfocando protestas sociales como actos "organizados por personas desocupadas" que, solamente "perjudican a la vida cotidiana", tuvo por primera vez un enorme abanico de alternativas para informarse respecto de lo que ocurría en las calles y plazas del país. Centenas de blogs y sitios independientes o de izquierda, miles de usuarios del twitter, de Facebook, Tumblr, Youtube y otras redes sociales a las que se unieron las radios libres, radios y TVs comunitarias pasaron a ofrecer visiones alternativas al monólogo de la vieja prensa.

(La nota completa en Sudestada nº 121, agosto de 2013)

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Autor

Rogério Tomaz